Me guardé tantas palabras que terminaron haciéndome ruido por dentro. Como si cada “estoy bien” fuera una mentira que aprendí a repetir sin que se me quebrara la voz. Nadie sospechaba que detrás de mis silencios había tormentas enteras pidiendo salir.
Callé cuando me doliste. Cuando tus acciones gritaban lo que nunca tuviste el valor de decir. Callé porque pensé que el amor también era eso: aguantar, resistir, esperar a que algo cambiara. Pero el tiempo no cambia a las personas, solo revela lo que siempre fueron.
Me callé el miedo de perderte, aunque al final me fui perdiendo yo. Me callé las noches en las que no dormía, repasando cada error como si pudiera reescribir la historia. Me callé el orgullo herido, las lágrimas escondidas, las ganas de gritarte que me estabas rompiendo poco a poco.
Y lo peor… me callé lo mucho que te necesitaba. Porque me enseñaron que sentir demasiado era debilidad, y yo quise ser fuerte incluso cuando por dentro ya estaba hecho pedazos.
Hoy entiendo que no fue valentía lo que me hizo guardar silencio, fue miedo. Miedo a no ser suficiente, miedo a quedarme solo, miedo a aceptar que había elegido mal. Y ese miedo me costó caro… me costó partes de mí que aún no logro recuperar.
Ahora cargo con todo lo que no dije. Con las palabras que nunca salieron, con las verdades que se pudrieron en mi pecho. Y aunque ya no estás, tus huellas siguen aquí… en cada cosa que me callé.
Porque el silencio también hiere. Y a veces… hiere más que cualquier palabra.
OPINIONES Y COMENTARIOS