¿Quieres leerme?
¿De verdad quieres leerme?
Asintió moviendo levemente la cabeza.
Me desvestí y sus ojos me observaban como el demonio observa un alma que se puede corromper. Con su mirada recorría cada centímetro de mi piel. Caminó lentamente, se acercó, extendió su mano para tocar la cicatriz que recorría mi cuello. Sus dedos estaban helados, como la nieve que cae durante la tormenta, pero al contacto con mi carne ardían. Me tomó por las caderas y se aferró a mi cuerpo, besó la cicatriz de mi cuello.
-Esta marca – susurró, y su voz se quebró entre deseo, odio y reclamo, logrando que mis huesos vibrarán dentro de mi ser – no es de una herida causada. Esta marca representa el recuerdo de que en algún tiempo pasado ya eras mía. Es el mapa en el que enterré una parte de mi alma. Eres mía, no eres de carne, no eres de hueso, eres de obscuridad.
Inclinó su rostro y me besó, entonces miles de memorias invadieron mi ser. Sus ojos, pozos de una profunda obscuridad brillaron en algún punto lejano y me tomó con urgencia. Sus labios sabían a sangre y temor, un beso que no buscaba redención, sino devorar los restos de la mujer que yo solía ser. Al contacto con su boca, las memorias de aquel dolor se calcinaron.
Sus manos, grandes y gélidas, se arrastraron por mi cuerpo buscando quizá algún vestigio de lo que fui. Bajaron por mi espalda con una lentitud tortuosa, dibujando el rastro de mi propia rendición. Sentí la dureza de su pecho contra mis senos, un choque de realidades donde mi piel parecía fundirse con la suya. Me tomó por la cintura, elevándome apenas del suelo, y en ese vilo sentí cómo su respiración se acompasaba con los latidos de mi corazón, que lentamente se apagaban, así iba perdiendo mi humanidad.
—Eres mía —gruñó contra mi cuello, justo sobre la cicatriz, y sus dientes rozaron la piel con una amenaza deliciosa—
En el clímax de ese encuentro, olvidé lo que yo era, mi nombre, mis penas, mi alma y nací otra vez vibrante y perversa, en sus brazos.
…..
La fiebre, el dolor en el rostro y el dolor de cabeza retumbaban en mi ser, desperté como aquellos cadáveres que se atreven a sacudirse en la morgue ante las últimas estocadas de una autopsia. Cansancio, temor y quizá alguna leve inquietud de la razón de tal sueño es lo único que quedaba.
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