Aún recuerdo el sonido de tus pasos alejándose aquella tarde gris. No fue un adiós, no hubo promesas rotas ni palabras que cerraran la herida. Solo te fuiste… como si nunca hubieras estado.
Desde entonces, el tiempo dejó de avanzar para mí.
Las mañanas se volvieron pesadas, como si el sol saliera solo por costumbre. Yo me sentaba en el mismo lugar, mirando la puerta, esperando algo que en el fondo sabía que no iba a pasar. Pero la esperanza es cruel… se disfraza de fe para mantenerte atado al dolor.
Decían que debía olvidarte, que la vida sigue. Pero nadie entiende lo que es vivir con tu ausencia respirando en cada rincón. Tu risa sigue en las paredes, tu voz se esconde en el silencio, y tu recuerdo… ese nunca se fue.
Pasaron los meses. Luego los años.
Yo seguía aquí.
Esperando.
Una parte de mí murió el día que te fuiste, pero la otra… la otra se quedó condenada a recordarte. A preguntarse qué hice mal, en qué momento dejé de ser suficiente, por qué no luchaste, por qué no volviste.
Nunca supe la respuesta.
Un día entendí que no eras tú quien me mantenía preso… era la versión de ti que yo me negaba a soltar. Porque aceptar que no volverías significaba aceptar que todo había terminado… y yo no estaba listo para ese final.
Así que me quedé.
Con tu ausencia.
Con tu recuerdo.
Con esta vida a medias.
Porque hay amores que no terminan… solo se quedan suspendidos en el tiempo, consumiéndote lentamente, hasta que un día te das cuenta de que no fue el destino quien te quitó a esa persona…
Fuiste tú quien decidió no dejarla ir.
OPINIONES Y COMENTARIOS