El alma duele —y no hay ciencia que pueda medir ese dolor ni arquitectura capaz de sostenerlo—. Es un dolor sin geografía precisa, una grieta que no figura en los mapas del cuerpo pero que, sin embargo, lo gobierna. A veces se presenta como una leve incomodidad, una sospecha; otras, como una certeza feroz de que algo en nosotros ha sido quebrado sin remedio.
He pensado —no sin cierta ironía— que el alma no es otra cosa que la memoria de lo que no pudo ser. No de lo que fue, que ya tiene su lugar en el pasado, sino de aquello que rozó la posibilidad y se retiró, como un huésped tímido, sin dejar siquiera su nombre. Ese inventario de ausencias, de gestos que no ocurrieron, de palabras que no fueron dichas, es tal vez lo que duele.
Hay quienes creen que el tiempo cura. Yo sospecho que el tiempo, más que curar, ordena. Coloca cada herida en una vitrina invisible, la nombra con una fecha, la vuelve tolerable por repetición. Pero no la disuelve. El alma —si existe— es obstinada: vuelve sobre los mismos corredores, repite las mismas escenas, como si buscara una variante que la redima.
Recuerdo (o imagino) que en alguna parte se dijo que cada hombre es todos los hombres. Si eso fuera cierto, entonces este dolor no es mío, o no del todo. Pertenece también a aquellos que amaron sin ser correspondidos, a los que eligieron el silencio por cobardía o por nobleza —dos formas que a veces se confunden—, a los que comprendieron demasiado tarde. El alma, entonces, no sería individual sino un vasto archivo compartido, donde cada pena es apenas una página más.
Y sin embargo, duele como si fuera única.
Quizá el verdadero enigma no sea el dolor, sino su persistencia. ¿Por qué el alma insiste en recordar lo que la hiere? ¿Por qué no se permite el olvido, esa forma menor de la felicidad? Tal vez porque en ese dolor reside una forma secreta de identidad. Somos, en parte, aquello que nos ha lastimado. Renunciar a ese dolor sería, de algún modo, renunciar a nosotros mismos.
Así, el alma duele no como una enfermedad, sino como una prueba. Una prueba de que hemos vivido —o creído vivir— con intensidad suficiente como para dejar marcas. Y aunque esas marcas nos condenen a una suerte de melancolía perpetua, también nos salvan del vacío absoluto.
Porque peor que el dolor del alma sería su silencio.
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