
«En estos lomeríos hay de todo.
Todo es testigo de algo…
La misma caminata.
Siempre el mismo rumbo.»
— Eraclio Zepeda
No quisiera decir que lo que pasó en ese viaje haya sido solamente una especie de remembranza del anecdotario de mi padre, aunque debo aclarar que, de alguna manera, parecería ser así. Sobre todo, en lo que a comidas se refiere; sin embargo, quitando de antemano algunos pasajes de mi viaje por ríos, arroyos y veredas, así como el ruidoso ir y venir de peas y chachalacas, hubo algo que considero una vivencia amen de inusual, extraordinaria; no solamente en este viaje, sino en todo el sentir de mi existencia.
Llegué a Yajalón, mi pueblo y el pueblo de mi padre, después de una larga travesía en desvencijados taxis y camionetas de redilas desde San Cristóbal. La tarde caía, no solamente colmada de neblina, sino con una lluvia pertinaz y cerrada que me acompañó justo al dejar la desviación hacia Palenque, encaminándome prácticamente a los cerros verdes y tupidos de cafetos, inequívocos de esta tierra mía. Debo aclarar, para puntualizar la geografía, que Yajalón está escondido entre la espesura y la humedad de la sierra al norte del estado de Chiapas: con un ojo mirando a la entrada de la selva Lacandona y con el otro apuntando hacia las tierras bajas y pantanosas de Tabasco, vigilado siempre por la mirada ardiente del Señor de Tila.
Llegué pues, como bien les dije al principio, entre la neblina y la lluvia, entre la humedad y el frío, a refugiarme —gracias a Dios— en la casa ofrecida por la tía María Elena, hermana, como de todos es sabido, de mi padre.
Yajalón en esos años no era un destino, era un confinamiento. La luz eléctrica era un lujo caprichoso que tiritaba en las esquinas antes de rendirse por completo a las nueve de la noche, dejando las calles de lodo negro a merced de lo que bajara de los cerros. Al entrar a la casa de la tía María Elena, el mundo exterior —ese de ríos crecidos y chachalacas gritonas— se quedaba suspendido tras la pesada puerta de madera.
Dentro, el aire pesaba de otra forma. Olía a café tostado en el comal y a la humedad persistente que se metía en los huesos y en las conciencias. Nos sentábamos a la luz de una lámpara de quinqué que proyectaba sombras alargadas, transformando los rostros de mis tíos en máscaras de una antigua tragedia. Allí, entre el humo del tabaco de mi abuelo y el murmullo de los rosarios, las leyendas no eran cuentos para asustar niños; eran advertencias geográficas. Se hablaba en susurros, como si pronunciar el nombre del Sombrerón o de la Xtabay fuera una invitación formal para que se sentaran a la mesa. ‘Puertas adentro’, decía mi padre, ‘la fe nos cuida; pero afuera, hijo, afuera la tierra tiene sus propios dueños.
Fuera, la lluvia llegaba con ráfagas que se mecían caprichosamente entre la calma y el aguacero, azotando los ventanales de madera que crujían como si quisieran ceder. Dentro de mí, el desasosiego crecía. Me hallaba en medio de personas que, aunque llevaban mi propia sangre, se sentían como extraños de otro siglo; el distanciamiento no era solo de años, sino de realidades, mediado por esa cortesía gélida de quienes solo se ven en festejos obligatorios.
Esta vez, sin embargo, me empujaba una querencia extraña por el terruño del que tanto hablaba mi padre. Escuché atento la plática, envuelto en el olor del tabaco de hoja y el café de olla. Mi intervención era escueta, lanzando dardos de duda para intentar resquebrajar esas creencias que los mantenían unidos en el miedo.
—Hijo, es que te puedo decir que a fulanito… —comenzaba el abuelo, citando nombres y apellidos de hombres que la tierra ya se había tragado hace décadas—. Iba un día a la finca y clarito escuchó el llanto de un niño, un lamento que no era de este mundo, y cuando vio hacia atrás…
En ese punto, yo dejaba de registrar las palabras. Me conformaba con seguir el movimiento de sus labios, hipnotizado por la convicción de su rostro bajo la luz mortecina del quinqué. El abuelo no narraba; él revivía. Para él, el lodo de las calles no solo atrapaba los zapatos, sino que guardaba las huellas de lo que no debe mencionarse. Yo sonreía para mis adentros con la soberbia del que cree que la luz eléctrica —por muy deficiente que fuera en Yajalón— bastaba para ahuyentar a los fantasmas. No sabía entonces que, en este pueblo, la oscuridad no está afuera, sino en los silencios que siguen a cada historia.
El sinsentido de mi escepticismo se dio un portazo de frente al descubrir, en una especie de altar-repisa iluminado por la vacilante llama de un cirio, una fotografía perfectamente conocida por mí. Era el retrato de familia: los abuelos jóvenes y sus cinco hijos. Sin embargo, algo en la emulsión de papel parecía vibrar con una verdad distinta. En la copia que mi padre guardaba en la ciudad, uno de los tíos simplemente se había evaporado, dejando un hueco que el tiempo y la memoria intentaron rellenar; pero aquí, en la humedad de Yajalón, los cinco hijos estaban presentes, nítidos, mirándome con ojos que parecían advertir algo que yo aún no alcanzaba a comprender.
Mis abuelos y mis tíos notaron el cambio en mi rostro; el temblor fino que recorrió mi espalda no pasó desapercibido bajo la mortecina luz eléctrica del salón.
—El tío Panchón se encontró una vez con el Sombrerón disfrazado de niño —dijo esta vez la abuela, con una voz que parecía venir de muy lejos—. Venía con unas copas de más, se lo encontró en el camino y le pidió que lo llevara a su casa. Lo subió a la grupa de su bestia y a media noche vinimos con tu abuelo Francisco a rescatarlo entre las espinas y las malezas.
Hizo una pausa para avivar el fuego del quinqué.
—El tío Panchón regresó lúcido, sin rastro de borrachera, pero rezaba con un arrepentimiento que le amargaba la conciencia. Nada pudimos hacer por él. Con el tiempo se le fue marchitando el ánimo…
—Hasta quedar en los puros huesos —remató la tía María Elena, mientras el sonido de la lluvia sobre las tejas parecía subrayar sus palabras con un ritmo implacable. Iba a preguntar por la diferencia entre las fotografías —por qué en la ciudad el tío era un hueco y aquí una presencia—, pero las palabras se me quedaron trabadas en la garganta. La tía María Elena, adivinando mi confusión, se acercó a la repisa con un respeto casi religioso.
—La veladora, hijo —susurró, mientras la llama vacilante proyectaba una sombra errática sobre el rostro del tío Panchón—. La mantenemos encendida para que no se nos termine de borrar. En la ciudad, donde la fe es de asfalto y las luces son de cable, tu padre dejó que la mecha se apagara. Por eso allá él ya no está, por eso allá es solo un espacio vacío en el cartón. Aquí, mientras haya cera y recuerdo, lo mantenemos vivo.
Un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Miré la llama: un punto naranja que luchaba contra la humedad que todo lo pudre en Yajalón. Entendí entonces que en este pueblo la existencia es una tregua frágil entre la luz y la selva. El tío Panchón no estaba muerto de la forma en que yo entendía la muerte; estaba suspendido, atrapado en ese brillo tenue, esperando a que el Sombrerón o el tiempo decidieran soplar la vela.
Aquella revelación, en lugar de espantarme, me sumió en un letargo extraño, una especie de paz densa y resignada. Me arrullé con el murmullo de los abuelos, cuyas voces se volvieron un zumbido indistinguible del crepitar de la leña y el goteo rítmico sobre las tejas. El miedo que me había erizado la nuca se transformó en una curiosidad somnolienta; me sentía protegido por el grosor de los muros de adobe y por esa pequeña flama que, contra todo pronóstico, mantenía a la familia completa sobre la repisa. Cerré los ojos convencido de que, dentro de aquella casa, el tiempo se había detenido para cuidarnos, y que el mundo de afuera —el de los ríos crecidos y las sombras que caminan— era solo una invención de la noche. Me dormí con la certeza de que nada malo podía ocurrir mientras el aroma a café y el rezo de la abuela tejieran ese escudo invisible a mi alrededor.
Por la mañana, visité el mercado. El Yajalón nocturno de los susurros parecía haberse disuelto con la primera luz. Quedaban solo las gotas de rocío o el colofón de la lluvia mojando las banquetas desde los tejados, pero ahora, bajo el sol, la humedad de las calles empedradas devolvía un brillo blanco y agresivo que lastimaba los ojos.
Me perdí en la algarabía de las canastas: el cacaté que amarga la conciencia y endulza mis recuerdos, los sats, los tamales de nombres olvidados. El chinín, esa mantequilla de mis labios que sabía a pura tierra fértil. Todo era color y regateo, una coreografía de manos y monedas que intentaba convencerme de que la noche anterior no había sido más que un cansancio mal digerido.
Sin embargo, sentía las miradas. Yo era un personaje ajeno, un cuerpo extraño moviéndose entre los puestos con ropa de ciudad. La tía María Elena, como si leyera el juicio en los ojos de los mercaderes, soltaba la explicación de inmediato:
—Es el hijo de mi hermano Antonio.
Y yo solo asentía, atrapado en un limbo. Por fuera sonreía al marchante, pero por dentro la duda me carcomía. ¿Cómo podía este sol tan firme convivir con el vete de aquí que la lluvia me había grabado en el cráneo apenas unas horas antes? El mercado era una fiesta, sí, pero en las sombras bajo los puestos, el lodo seguía ahí, esperando a que el cielo se volviera a cerrar.
Al mediodía, los tíos y yo recorrimos la legua y media que separa al pueblo del rancho. Al cruzar el umbral de San Antonio, la retahíla de recuerdos inundó mi alma con la fuerza de un río crecido. Era como entrar en el paisaje vivo de las historias de mi padre: su plática serena y armónica parecía resonar aún entre los muros. Allí estaban la abuela Jovita y su eterno canturreo, esa plegaria plena que soltaba al aire como quien siembra bendiciones. La vi de nuevo con su paso ligero y sus manos que iban de uno a otro cielo, rescatando del olvido el sabor de la avena, la copa nevada y los insaciables muéganos. Su voz era la palabra precisa; su presencia, el candor resplandeciente.
—Hijito —me dijo al recibirme, y su voz me trajo de vuelta el silbido de sus oraciones, una música mínima de agradecimiento.
Detrás de ella, como un roble pequeño pero inquebrantable, estaba mi abuelo. Su ceño fruncido, siempre amable, coronaba una sonrisa franca y una voz dulce como la mermelada de guayaba que era la especialidad de la casa. Los tíos volvieron al pueblo al caer la tarde, pero yo, seducido por la paz del lugar, decidí quedarme a pasar el día con los abuelos.
San Antonio es, después de todo, la tierra que engloba no solo la juventud de mi padre y mi propia infancia, sino las leyendas y los mitos agazapados entre los platanares y los cafetales. Es un mundo que late entre el bullicio de las peas, el ladrido de los perros y el grito de las chachalacas. Y allí, mientras el sol empezaba a ceder, me asaltó de nuevo la pregunta eterna, rítmica como un latido: ¿por qué no haber dado vuelta después del anuncio de la lluvia? Vete de aquí, vete de aquí, vete de aquí.
Como buenos yajalontecos, los abuelos comprendieron que, si una tarde llueve, necesariamente tendrá que llover las siguientes cuatro o cinco. Así pues, aunque inicialmente pensaba quedarme, la inquietud me ganó; me despedí cariñosamente de ellos y emprendí el regreso al pueblo en pos de mis tíos.
Allá abajo, diminutas y distantes, tiritaban las luces del alumbrado público. Eran las seis y media de la tarde. La neblina bajaba de los cerros como un sudario y la lluvia fina empezaba a tejer su red, pero era la espesura de los árboles la que convertía el sendero en una penumbra absoluta. Para acortar camino, decidí abandonar el camino real y atravesar el cafetal. Fue entonces cuando el silencio se volvió denso, roto solo por el recuerdo de las pláticas de mi padre que mi imaginación rescataba para espantar la soledad. Crucé una cerca y, de repente, un sobresalto me detuvo en seco: un temblor helado me recorrió la espalda. Allí estaba ella.
Era hermosa, de una juventud insultante para aquel paraje sombrío. Tenía el cabello suelto sobre los hombros, ojos negros de una profundidad abismal y pestañas largas que se mecían como juncos. Sus muslos eran firmes, su cintura estrecha, y la lluvia rasgaba el cielo tras ella en un ángulo de setenta grados, formando una cortina de perlas que la aislaba del resto del mundo.
—Tengo frío —dijo, tiritando con una voz melosa que parecía un ruego.
La arropé entre mis brazos, buscando proteger aquella fragilidad del vendaval. Sin bestia donde subirla, le señalé el horizonte:
—El pueblo queda de este lado.
Fue lo último que mi conciencia registró con claridad. Mientras la sostenía, sentí un cambio atroz. Los dedos de sus manos, antes tibios, comenzaron a estirarse, transformándose en garras cubiertas de escamas. Las uñas se asieron a mis costados, encajándose brutalmente en mi piel hasta que sentí el calor de mi propia sangre brotando bajo la ropa.
—Para este lado —insistía yo, aturdido por el dolor y el aroma a tierra podrida que ahora emanaba de ella.
Pero mis pasos, gobernados por una fuerza que no era la mía, me llevaban más y más hacia lo profundo, hacia la espesura donde el cafetal se traga la luz y los gritos.
Remotamente, como breves disparos de la memoria que lograban atravesar mi obnubilada conciencia, llegaban retazos de las pláticas de mi padre. Eran advertencias que en la ciudad me habían parecido ridículas, pero que aquí, en el cafetal, eran mi única ancla a la vida: ‘Traer los calzoncillos al revés te protege’, decía él. ‘Insultar a diestra y siniestra…’, recordaba yo vagamente entre el dolor de las garras.
Y así lo hice. Empecé a soltar una sarta de injurias contra aquella criatura, mentadas de madre para arriba y para abajo; ‘hija de puta’ fue lo más cordial que pudo articular mi lengua entumecida. La reacción fue inmediata: mientras insultaba, su sonrisa se volvía más hermosa y sus ojos se tornaban brillantes, vivaces, y sus garras volvían a ser manos de una ternura celestial. El mal parecía alimentarse de mi odio, transformándose en belleza para confundirme.
Uno de los dos tenía que cansarse. Me obligué a callar, a dejar los insultos, y cabizbajo comencé a elevar una plegaria al Dios que, esperaba yo, no me hubiera abandonado en esa espesura. Recé primero un Padre Nuestro y el efecto fue atroz: las manos tersas se tornaron de nuevo en garras desafiantes que se hundían aún más en mis costados. Ave María, Loas al Espíritu Santo… la batalla entre la fe y el espanto se libraba en mi propio pecho.
Finalmente, aquella mujer de belleza irreal se deshizo. Se convirtió en un ente andrajoso y miserable que, acurrucado contra mi cuerpo, comenzó a gemir con una amargura que no era humana.
Ya no me causó más daño físico. El Sombrerón me condujo asiendo mis costados con sus dedos ensangrentados hasta colocarme, casi con delicadeza, entre un enramado de espinas y moras silvestres. Reía con un sonido seco, salpicando mi pecho con una saliva espesa; desde mi posición, podía ver su boca sin dientes y su estatura deforme, extremadamente pequeña.
De la nada, extrajo un sombrero enorme, una sombra circular que parecía tragarse la poca luz que quedaba, y lo colocó sobre su cabeza. Se sentó en cuclillas a observar mi agonía. Desde mi guarida de espinas, vi cómo la lluvia arreciaba, convirtiéndose de nuevo en ese murmullo rítmico y pertinaz que inundaba mis sentidos: vete de aquí, vete de aquí, vete de aquí.
Apurados por mi tardanza, la tía María Elena y el tío Medardo no esperaron a que la lluvia amainara; convocaron a una cuadrilla que se lanzó al cafetal azuzando la oscuridad con sus gritos. Mi voz, reducida a un murmullo que apenas lograba escapar de mi garganta, los fue guiando lentamente hasta el enramado de espinas donde el Sombrerón me había depositado como un trofeo.
El silencio de la selva se rompió con el estruendo del rescate: la risa festiva del tío Medardo, que celebraba el hallazgo con la bravura del que conoce estos cerros, chocaba con la angustia contenida de la tía María Elena. Sentí el frío calando mis huesos y el dolor agudo en mis costados mientras el machete abría paso, cortando moras y espinas con un sonido seco.
Me dejé conducir, convertido en un bulto que el bullicio de la alarma arrastraba hacia la salvación. Las lámparas sordas y las antorchas de ocote proyectaban sombras gigantescas contra los cafetales, mientras dos o tres disparos al aire anunciaban al pueblo que el «perdido» había sido hallado. Entre resbalones en el lodo y manos extrañas que sujetaban mis brazos, volví la vista una última vez.
Allí, a través del velo de la neblina, creí verla: la mujer de rostro hermoso y joven, de nuevo perfecta, resguardada bajo el ala de ese sombrero enorme que parecía absorber toda la luz de las antorchas. Se perdía entre mis rescatadores, moviéndose con la naturalidad de quien siempre ha estado ahí. La lluvia, pertinaz y rítmica, seguía con su cantaleta eterna mientras las luces de Yajalón empezaban a brillar como un puerto seguro en la distancia.
Volteo hacia atrás, hacia aquella tarde de mi rescate, porque necesariamente tenía que hacerlo. En ese pasado se quedaron mis dudas, la contrariedad entre mi escepticismo y las huellas físicas en mi cuerpo. Aquella niebla mental que borró parcialmente los hechos me dejó con los sentidos embotados, mientras las pláticas de los días subsecuentes —entre la familia y la gente del pueblo— corrían «puertas adentro», como decía mi abuelo. Mi historia ya no era mía; había pasado a formar parte de esas experiencias innegables sobre la existencia de «cosas» de las que hay que cuidarse.
Dentro de mí, sin embargo, persistía la resistencia. Me negaba a ser un personaje más de sus leyendas. «Tengo que volver mañana de nuevo», pensaba con la soberbia del que aún busca demostrar la ignorancia de los suyos.
Dos o tres días después, llegó la despedida. El clima se había vuelto denso, casi sólido. Me refugié en casa de la tía para evitar las miradas que escudillaban mis pasos en la calle, pero allí dentro el ambiente no era mejor. Las miradas eran insistentes, cruzadas entre los tíos y los abuelos; incluso la servidumbre evitaba cualquier contacto conmigo, como si cargara una peste invisible.
—Son rasguños de las moras —recuerdo que me dijo la tía María Elena justo antes de que me marchara. Sentí que lo decía para regalarme una salida, para que yo tuviera la tranquilidad de recuperar mi acostumbrado escepticismo. Justo antes de cruzar el umbral, volví la vista hacia la repisa: en la fotografía, el tío Panchón ya no estaba; en su lugar, ahora había un hueco borroso.
—Son rasguños de las moras…
Pero entonces: ¿por qué después de tantos años, en noches de lluvia y luna menguante, se abren las heridas y supuran?
@2016 By Oscar Mtz Molina
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