Muchos temían lo que un político corrupto podría hacer con poder ilimitado; pero acaso ese temor —como tantos otros— era menos una advertencia que un espejo. Porque el poder, en su forma más pura, no corrompe: revela.

He sospechado que todo hombre lleva en sí una versión latente de aquello que condena. El político, investido de una autoridad sin límites, no hace más que desplegar —con una fidelidad casi trágica— aquello que ya habitaba en su sombra. Así, el escándalo no reside en el abuso, sino en su previsibilidad.

Las multitudes, que lo juzgan con fervor, olvidan que también ellas participan de esa ficción. Delegan su voluntad, su ética, su coraje, y luego se sorprenden de que el elegido no sea mejor que quienes lo eligieron. Tal vez esa delegación sea la forma más sutil de la corrupción.

No es el poder ilimitado lo que debería inquietarnos, sino la íntima certeza de que, en circunstancias semejantes, no sabríamos con precisión si obraríamos distinto. Porque el verdadero enigma no es el político, sino el hombre; y el hombre —como un laberinto sin centro— siempre termina por extraviarse en sí mismo.

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