En una página remota de la filosofía, atribuida al antiguo Aristóteles, se conserva una advertencia que acaso sea menos una sentencia que un espejo: “El sabio no dice nunca todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice.”
He sospechado, con los años, que la sabiduría no consiste en acumular verdades sino en administrar silencios. Hay hombres que hablan con la precipitación de los ríos desbordados; sus palabras, innumerables, terminan por borrar el sentido. El sabio —si tal criatura existe— procede de otro modo: conoce el arte de callar.
Callar no es ocultar; es elegir. Así como el ajedrecista no mueve todas las piezas a la vez, el pensamiento tampoco se entrega entero al lenguaje. Una parte permanece en la sombra, en ese territorio íntimo donde las ideas todavía no han sido condenadas a la torpeza de las palabras.
Tal vez por eso sospecho que la prudencia es una forma de inteligencia. El hombre que dice todo lo que piensa suele ignorar la arquitectura secreta de sus pensamientos; el que piensa cada palabra, en cambio, levanta con cuidado una pequeña obra de razón en medio del ruido del mundo.
Y acaso sea esa —no la erudición ni la fama— la verdadera marca del sabio: hablar poco, pero que cada palabra haya sido pensada como si fuera irrevocable.
OPINIONES Y COMENTARIOS