
🌿 Mi Quinto Recuerdo
Fue así como, con tan solo ocho años, ya tenía en mi mente y en mi corazón el deseo de irme de casa.
La necesidad, la falta de comida, me llevó a cometer lo que podría llamarse una pequeña delincuencia de niña. A veces sacaba monedas que encontraba mal puestas. Con el tiempo, llegué incluso a sacar monedas del tarro donde mi padre guardaba los diezmos.
Lo hacía para llevar algo de dinero a la escuela.
Muchas veces salíamos de casa sin haber comido. Aguantábamos hambre. Mientras los otros niños llevaban su merienda, yo no tenía nada.
Y así empezó todo.
Poco a poco mi padre empezó a darse cuenta de que el dinero desaparecía. Un día comenzó a culpar a mi hermana Laura. Ella, llorando, le dijo que no era quien sacaba las monedas.
Mi padre le respondió que, si no quería que la golpeara, tenía que estar pendiente y descubrir quién estaba robando los diezmos.
Y Laura empezó a vigilar.
Ella observaba cuándo mi padre ponía el dinero y cuánto dejaba. Siempre revisaba el tarro.
Hasta que un día empezó a sospechar de mí.
Aquella mañana, cuando salí para la escuela, ella sabía exactamente cuánto dinero había. Cuando salí de la casa revisó el tarro… y se dio cuenta de que faltaban dos monedas de quinientos.
Corrió inmediatamente a avisarle a mi padre.
Yo apenas había llegado a la esquina cuando escuché que mi padre me llamó.
Sentí un frío en el cuerpo. En ese momento supe que me habían descubierto.
Mientras caminaba de regreso a la casa, tiré las dos monedas en un solar lleno de monte que quedaba al lado de donde vivíamos.
Cuando llegué, mi padre me preguntó:
—¿Dónde están las monedas?
Le dije que no sabía de qué hablaba.
Él me miró con rabia y me dijo que sabía que yo las había robado, que yo era una ladrona y que tenía que devolver el dinero.
Yo me cansé de decirle que no había sido yo.
Lloré… lloré… y lloré.
Pero ya estaba descubierta.
Laura había visto todo.
Ese día mi padre me golpeó como nunca antes lo había hecho.
Fuerte. Muy fuerte.
Parecía que entre más me golpeaba, más rabia sentía. Se encarnizó sobre mí. Me pegó una y otra vez con un cinturón de cuero.
El dolor era intenso. Las marcas quedaron en mi piel.
Después de aquello no fui a la escuela. Me quedé en casa llorando.
En mi cabeza pasaban mil pensamientos.
Sentía que nadie me quería.
Pensaba que la niña cele no me quería, que mi hermana Valeria me había abandonado, que mi abuelo también me había abandonado.
En mi mente de niña yo no tenía a nadie.
En ese momento yo era solo una niña… una niña indefensa que había robado por hambre y que no entendía nada de la vida.
Fue entonces cuando tomé una decisión.
Irme.
Quería volver a la casa de la hermana de la iglesia donde había vivido antes.
Así que un día salí de casa como si fuera para la escuela… pero en vez de guardar cuadernos, guardé ropa.
Y me fui.
Empecé a caminar.
Desde donde vivíamos hasta la casa de aquella hermana de la iglesia había más o menos una hora o una hora y media en bus. Pero yo hice ese camino caminando.
Caminé durante horas.
Salí por la mañana… y llegué de noche.
Llegué cansada, con hambre y llorando.
Todos se sorprendieron al verme. Sus hijos me querían mucho. Ellos no tenían hermana y siempre me habían tratado como si lo fuera.
En ese momento inventé una historia.
Les dije que un hombre me había atacado con un arma y que yo había salido corriendo para escapar de él.
Ellos me dieron comida.
Pero no me dejaron quedarme.
Uno de sus hijos tomó una moto y me llevó de regreso a mi casa esa misma noche.
Llegamos alrededor de las ocho.
Mi padre estaba preocupado. Mi hermana y Mateo también. Todo el día no habían sabido nada de mí porque yo nunca había llegado a la escuela.
Antes de irse, el hijo de aquella señora le contó a mi padre la historia que yo les había dicho.
El solo le pidio a mi padre una cosa:
—Por favor… no le pegues.
Y se fue con la promesa de mi padre de que no lo haría.
Entonces mi padre me preguntó qué había pasado.
Y yo le conté otra historia.
Le dije que cuando iba llegando a la escuela un hombre me pidió que le diera lo que tenía. Como yo no tenía nada, me dio miedo y salí corriendo.
Le dije que el hombre tenía una pistola.
Que corría detrás de mí disparando.
Que hacía pa… pa… pa…
Y que yo me agachaba para que no me diera.
Le dije que corrí por calles y barrios, que nadie me ayudaba. Que algunos hombres le gritaban que me dejara tranquila.
Pero que yo seguía corriendo y corriendo… sin saber a dónde iba.
Hasta que, sin darme cuenta, llegué a la casa de la hermana.
Esa fue la historia que le conté a mi padre.
No sé si me creyó.
Pero milagrosamente… ese día no me pegó.
Y así fue como viví mi primera aventura.
La primera vez —de muchas— que me fui de casa.
Próximamente les contaré mi próximo recuerdo.
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