✨ El Rinconcito de los Recuerdos ✨

✨ El Rinconcito de los Recuerdos ✨

Marce

13/03/2026

🌿 Mi Cuarto Recuerdo

Han pasado tres años desde aquel momento en que tuve que salir con mi abuelo y mi hermana, dejando atrás todo lo que conocía.

Ahora estábamos a punto de mudarnos a un nuevo lugar, con una madre. Algo que nunca había experimentado antes, aparte de mi hermana mayor.

Comenzamos a recoger lo poco que teníamos en la casa de la abuela de la niña Cele. Poco a poco nos fuimos mudando a la nueva casa, que quedaba justo detrás de la antigua.

Cuando entramos por primera vez… guau. Vaya sorpresa. Era grande, de cemento, tres habitaciones, una sala enorme, una cocina amplia, un patio gigante con un kiosco de palma donde podíamos refugiarnos del sol y jugar. Había espacio para correr, para imaginar, para soñar. Era la casa de nuestros sueños. Vieja, sí, un poco deteriorada, pero era nuestro lugar. Allí íbamos a empezar una nueva vida, una nueva historia.

Con solo ocho años, llegué a vivir allí: la niña Cele, que ahora era mi madre; mi padre; mi hermana Laura; Mateo, el hijo de la niña Cele; y yo, Daela. Laura seguía quedándose los fines de semana. Cuando ella se iba, los sábados llegaba de nuevo y los domingos íbamos a la iglesia.

Mi padre conoció a un señor santandereano que se dedicaba a hacer panes y buñuelos. Buscando empleo y la manera de sostener a la familia, empezó a trabajar con él. Aprendió a hacer panes y buñuelos, y regresaba por la tarde-noche con buñuelos secos y tostados.

La niña Cele se iba a trabajar muy temprano y regresaba por la noche con sobras que le daban para alimentarnos. Era difícil. A veces el hambre nos empujaba a comer hojas de ají asadas. Otras veces, un hueso de pescado asado a las brasas era un banquete. Mateo, Laura y yo buscábamos sobrevivir.

Con el tiempo, Laura creció y yo también. Mi padre comenzó a hacer panes; madrugaba para prepararlos y salir a venderlos. La niña Cele lo acompañaba y nosotras también vendíamos buñuelos para generar algo de dinero.

Pero yo ya era tremenda. Con hambre, no podía esperar. Me levantaba a medianoche y me comía los buñuelos escondida. En la mañana faltaban, nadie sabía quién se los había llevado. Así era la vida: dura, pero había que vivirla.

Entonces sucedió algo inesperado. Una hermana de la iglesia se acercó a mi padre. Sabía que él tenía dificultades y quería ayudarme. Tenía dos hijos varones, pero nunca una niña, y se había encariñado conmigo. Quería darme educación, cuidar de mí, darme todo lo que necesitaba.

Fue la primera vez que me separé por completo de mis hermanas, de la niña Cele, de Laura, de mi padre y de Mateo.

Era una vida diferente: nueva casa, nueva madre, nuevos hermanos. Para mi suerte, fue una buena experiencia. La señora me quería mucho. Sus hijos eran amables conmigo. Nunca había tenido una mascota, y allí conocí a su perra. Era maravilloso acariciar un animalito y sentirme querida.

Pero, en lo más profundo, sentía un vacío. Extrañaba a mis hermanas, a mi familia, todo lo que había dejado atrás.

Me portaba mal, muy mal. Era grosera, no hacía las tareas, arrancaba hojas de los cuadernos. Era una niña difícil. Al poco tiempo, la señora se cansó y me regresó con mi padre.

Algo había cambiado en mí. Ya no era la misma Adela que a los cinco años salió del bosque huyendo con su abuelo y su hermana. Algo nuevo había crecido dentro de mí.

Mi padre seguía siendo tosco, nos maltrataba físicamente. Además, teníamos carencias de alimentos y afecto. Quería huir, quería correr.

Un día decidí irme de casa, con tan solo ocho años.

Pronto les contaré mi siguiente recuerdo.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS