1. La excusa
Mi viejo tenía el cuello rojo por el sol de la siesta.
—La línea que nadie cruza, Ale.
Dejé de mirarlo para prestarle más atención. En el medio tomábamos una coca que apenas se podía tomar.
Cerca del asador pusimos un espiral. Con los yuyos del patio, los mosquitos eran letales. Mi viejo no los cortaba porque, según él, “camuflaban las plantas”. Así que la casa siempre olía a espiral. Ese día también olía al agua podrida del lavarropas que queríamos revivir.
—Por eso quiero que seas vos. Tenés lo que hace falta —agregó, agachado, terminando de sacar el filtro.
Se aplastó un mosquito en el hombro y se incorporó mirando el enchastre.
—El otro día, cuando tu mamá te dio un cachetazo por lo de tu tía Claudia, ¿sabés qué pasó, no?
Asentí, pero me acordé de que se le contestaba y le dije que sí.
—¿Y por qué te pensás que no insistió más con el tema?
Me clavó los ojos.
—Porque prefirió esperar a que cumplas dieciocho para echarte de la casa. Yo le dije que no, pero sabés cómo es.
No esperaba eso en particular, pero no me sorprendió de ella. Tomé un poco de coca.
—Está bien si no querés, en serio. Ya sos un hombre y los hombres decidimos.
Miró hacia la ventana de su pieza.
Después miró bajo el asador y apuntó con el dedo.
—En el balde del medio tiene que estar un destornillador punta chata. Tengo que desarmar esta mierda.
Se lo llevé y se puso a sacar la tapa con poca voluntad.
—¿Y si hay otra forma? —le pregunté, mientras hacía palanca con el destornillador.
—Yo también quisiera otra forma. Vos decime cuál —bajando la voz.
Volvió a mirar hacia la ventana.
—¿Ves? Mañana la excusa va a ser la misma. Así se zafa de tener que hacerte de comer, de limpiar, de coger… de ser tu madre.
Siguió haciendo fuerza con el destornillador.
—Está con su migraña.
—Y yo con la espalda a la miseria y acá estoy —tiró la tapa del lavarropas al suelo.
Le alcancé la coca para que se la termine, que ya estaba intomable para mí. Agarré otro destornillador y me puse a sacar el burlete, que tenía una costra negra mezclada con pelos. Si lo ayudaba, terminábamos más rápido.
—¿Mañana a qué hora salís? —tiró la botella entre los yuyos.
—A las siete.
—Bueno, mañana te voy a ir a buscar a la escuela. Quiero ir al centro para comprar abono a las plantas.
Miró el patio, frunciendo el ceño. Como midiendo.
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