Aquella mañana, Ernesto descubrió algo extraño en el espejo.

No fue un descubrimiento ruidoso ni dramático. No hubo relámpagos ni música celestial. Fue más bien una sospecha silenciosa, como cuando el universo decide susurrar en vez de hablar.

“Cuando Ernesto se miró al espejo, y fue fijando su mirada en los vericuetos que le salían como fotones que se escapaban del azogue y se le clavaban como alfileres en la cara, se quedó pensativo y se dio cuenta, por vez primera en su vida, que él no era lo que parecía, que ninguno de nosotros lo era, y que la materia, esa sólida masa que nos da forma, es una visión falsa.”

Al principio creyó que era el cansancio.
Los espejos, después de todo, tienen la mala costumbre de exagerar las arrugas del alma.

Pero mientras seguía observándose, ocurrió algo aún más inquietante: su rostro comenzó a parecerle una especie de mapa en movimiento. Las líneas de expresión parecían caminos diminutos por donde corrían partículas invisibles. Las sombras vibraban con una vida microscópica.

Ernesto sintió, de repente, una sospecha antigua.

Tal vez el espejo no reflejaba su rostro.
Tal vez reflejaba una probabilidad.

Recordó entonces algo que había leído en un viejo libro de física, donde aparecía el nombre de Werner Heisenberg, un hombre que había sugerido una idea tan desconcertante que parecía más cercana a la magia que a la ciencia: que en el fondo del mundo las cosas no eran cosas.

Eran posibilidades.

Y Ernesto comprendió algo que le provocó una risa suave, casi infantil.

Cuando te miras al espejo no ves los aproximadamente 7×10²⁷ átomos que componen tu cuerpo.
Ves una organización extraordinaria de esos átomos: un patrón que persiste, cambia, aprende y siente.

Un proceso.

Un pequeño remolino que el universo ejecuta momentáneamente, como quien dibuja figuras en el agua para luego dejarlas desaparecer.

Desde esa perspectiva, la afirmación de Heisenberg deja de parecer tan extraña.

Los átomos no son cosas.

Son posibilidades.

Sombras matemáticas que se manifiestan cuando el universo interactúa consigo mismo.

Ernesto volvió a mirarse.

Y entonces ocurrió algo que ningún espejo había hecho jamás: por un instante sintió que no estaba viendo su cara, sino una ecuación que respiraba.

Cada célula era una pequeña decisión del cosmos.
Cada pensamiento, una fluctuación cuántica.
Cada recuerdo, una interferencia de ondas invisibles que venían desde lugares remotos del tiempo.

De pronto imaginó algo todavía más vertiginoso.

Tal vez su conciencia no estaba dentro de su cuerpo.

Tal vez era al revés.

Tal vez el universo estaba soñando dentro de él.

La idea lo dejó inmóvil.

Porque si los átomos eran solo probabilidades…
y la materia una ilusión estable…
entonces Ernesto no era realmente un hombre frente a un espejo.

Era una forma momentánea de la eternidad.

Una pequeña conversación entre partículas.

Un parpadeo de la realidad.

Y mientras el pensamiento terminaba de nacer, el espejo hizo lo que siempre ha hecho desde que los humanos comenzaron a sospechar de sí mismos: guardó el secreto.

Porque quizá —solo quizá— nosotros, sentados aquí leyendo estas palabras, no somos más que una de esas manifestaciones fugaces del universo observándose a sí mismo.

Un instante.

Un patrón.

Una posibilidad que, por alguna misteriosa razón cósmica, decidió llamarse Ernesto… o tú… o yo.

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