El Come-Raíces de las Profundidades

El Come-Raíces de las Profundidades

Freddy Araujo A

12/03/2026

Las Desventuras del Come-Raíces de la Teta de Niquitao

Miren, familia, esto pasó hace uuuuuh… cuando el diablo todavía era muchacho y el sol de los Chibchas no era un sol, sino una arepa de maíz pelado recién puesta en el budare del cielo. Por allá, en lo más altico de la Teta de Niquitao, crecía una mata que era el mero-mero: el Frailejón de Cristal. Esa mata no era de este mundo; sus hojas parecían espejitos y, si usted lograba beberse una gota del rocío que soltaba al amanecer, ¡adiós botica y adiós entierro!, adiós repique de campanas de difunto! Quedaba usted más alentado que un muchacho recién casado  y con vida pa’ rato, como quien dice, pa’ toda la eternidad. Pero, ¡ajá!, como «el que tiene tienda que la atienda», la montaña tenía su dueño de lo ajeno. Allá abajo, en los sótanos de la Peña del Oro, vivía el Come-Raíces. Imagínense un lagarto del tamaño de un camión, pero con el lomo hecho de puro azufre prendido. El bicho tenía una calentura interna que no se le quitaba ni con un baño en la laguna helada. 

El muy «conchudo» quería subir a comerse las raíces del Frailejón de Cristal para ver si se le pasaba la acidez, pero en el camino iba dejando la tierra hecha un chicharrón. Cuando la montaña empezó a temblar, los Momoyes —esos duendes que son más vivos que un dolor de muela— se asomaron por los hoyos de las piedras. El jefe de ellos, un viejito de sombrero alón que llamaban Don Chico Viloria, se rascó la barba de musgo y dijo:
¡Caracha, compadre! A este animal lo que le falta es orden. ¡Saquen los cuatros y el violín  que a este lo vamos a poner a bailar en un solo ladrillo! Justo cuando el Lagarto asomó su jeta humeante, buscando dónde morder, los Momoyes soltaron un seis por derecho que retumbó en toda la Cordillera. Aquello era un «zaperoco» de música fina. El Lagarto, que no sabía de ritmos sino de puros ruidos feos, se quedó como «cucaracha en baile de gallinas»: ¡no sabía qué hacer! 

Cada vez que el bicho intentaba avanzar, el repique del cuatro le ponía las patas a temblar. El sonido del violín  de carruzo le entraba por las orejas y le enfriaba la sangre caliente. El pobre Come-Raíces, más mareado que un borracho en una fiesta de San Roque, se empezó a morder su propia cola creyendo que era una raíz. Se pegó tal «atortolada» que, de puro despecho por no poder seguir el ritmo, se convirtió en una piedra que se fue rodando hasta el filo del El Corozo. 

Y por eso es que hoy, cuando la tierra brama allá en El Corozo, la gente dice: «¡Epa! Ese es el Come-Raíces que tiene pesadillas con una bandola de Eleazar «. Los Momoyes siguen allá arriba, cuidando su matica de vida eterna y echándose sus traguitos de rocío, pero eso sí, nunca sueltan el cuatro. Porque como dicen por aquí: «músico pagado no toca son», pero músico Momoy… ¡ese sí que no deja que se le queme el mandado!

Se dice que allá arriba la fiesta no termina nunca. Los Momoyes se volvieron tan parranderos que, cuando baja la neblina, se escuchan los cuatros repicando igualito que cuando mi padrino Chico se junta con sus compadres músicos a darle al ragueo después de tres copitas. Porque como dicen por estos lares: «al que le gusta el miche, hasta el agua le estorba», y a los Momoyes, entre traguito y traguito, se les olvida hasta que son eternos, pero nunca se les olvida la afinación.

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