Su entierro fue acompañado por cuatro gatos y la tía Aurora, con los
despojos de esposa antigua que le quedaron prendidos entre los pliegues
de su falda plisada. Teresa en cambio presenció el entierro a la
suficiente distancia para que su penoso testimonio no arrastrara más
rencores, lo hizo desde el anonimato de cincuenta metros del féretro y
de las cruces que dibujaba en el aire el instrumento para esparcir agua
bendita el cura residente del Campo Santo. Escuchó silenciosa el
brevísimo responso y la desaparición violenta de su amante en la
profundidad del nicho, permaneció recluida entre los matorrales hasta
después que el espacio contratado en el muro fuera ocupado por el
residente, tapiado con una losa de cemento, puesto sus iniciales y fecha
con pinceles y tinta negra, finalmente ver alejarse ágilmente el
cortejo.
Vaciado el lugar, habían quedado pintando la vereda,
sartas de flores pertenecientes a otro sepelio. Apuró el paso, al llegar
frente al nicho se abalanzó, estiró sus brazos queriendo tocar la losa,
pretendiendo sentir el último calor de su amante y claro a esas
alturas, de eso no quedaba nada. ( (Fracción de novela corta, Paula)
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