El triunfo de la Muerte – Pieter Brueghel el Viejo
Soy un viejo, y mi memoria es larga, como la de quien ha visto demasiados amaneceres. El tiempo me enseñó que todo lo que parece sólido termina resquebrajándose. Desde este cuerpo cansado observo lo que está pasando en Venezuela y en otros lugares del mundo, y yo lo veo como un presagio. Como una grieta por la que el mundo empieza a mostrar su cansancio.
Recuerdo el miedo de aquellos años lejanos, cuando la Guerra Fría no era un concepto, sino un susurro bélico. El silencio que caía cuando se hablaba de misiles, de bloques, de enemigos sin rostro. Por eso, cuando hoy escucho palabras como “nuevo orden internacional”, no siento alivio. Siento frío, una sensación de miedo que el cuerpo reconoce antes que la razón.
He aprendido que cuando el mundo habla demasiado de equilibrios es porque ya se prepara para perderlos. Venezuela no será el punto final del roce armado: energías que se disputan, alianzas que no miran a los pueblos, castigos que se llaman sanciones, rutas nuevas abiertas en tierras que antes parecían eternamente lejanas… Pero yo sé (porque la historia lo enseña) que antes de cada guerra hubo palabras limpias, cuidadosamente pronunciadas, que escondían decisiones sucias.
Las grandes instituciones parecen hablar con voces que ya no convencen ni detienen a nadie. Cuando las reglas dejan de ser creídas, cuando la ley pierde peso moral, la fuerza suele ocupar su lugar. Siempre ha sido así.
Lo más triste es escuchar a quienes creen que la guerra será “lejos”. Siempre se cree eso. Yo sé que no es verdad. La violencia moderna no llega de golpe. Empieza en la economía, en la palabra manipulada, en la desconfianza sembrada. Y cuando finalmente se muestra, ya ha cruzado todas las fronteras. Ya ha comenzado.
Desde mi vejez no hablo con ira, sino con dolor. Los conflictos actuales me recuerdan que el mundo se está acostumbrando a vivir en tensión, a aceptar el filo de la navaja como paisaje. Y cuando una sociedad aprende a vivir al borde, el abismo deja de parecer peligroso.
Ojalá me equivoque. Ojalá la memoria me traicione esta vez. Pero los viejos sabemos algo que no se aprende en los libros: la historia no necesita anunciarse para repetirse.
La tristeza que cargo no grita. Es una tristeza honda, como la de quien reconoce las señales demasiado pronto. Me entristece ver cómo se apaga la memoria colectiva. Los jóvenes hablan de guerras como si fueran relatos lejanos, números que no tienen rostro. Yo, en cambio, recuerdo a los que no regresaron, a los que volvieron sin volver del todo.
Por eso me duele escuchar a los poderosos hablar de “zonas de influencia”, como si en esos lugares no respiraran seres humanos, como si las naciones fueran piezas inertes movidas por manos ajenas. Siempre son los más frágiles quienes reciben el primer golpe.
También me entristece la resignación del mundo. Las crisis prolongadas ya no escandalizan; se administran. Nadie parece querer hacer nada, solo contener. Cuando la indiferencia se vuelve costumbre, la violencia encuentra su espacio.
Hay palabras que hoy suenan gastadas: paz, derecho, diálogo. Yo aprendí, con los años, que cuando esas palabras se repiten sin fe, algo grave está por ocurrir. La diplomacia, cuando se vacía de convicción, se convierte en un gesto sin alma.
Hay una tristeza aún más íntima, la que llega al final del día: saber que, si el desastre ocurre, no lo veré terminar. Los viejos sentimos ese peso particular. Advertimos, pero no estaremos al final. Serán otros (nuestros hijos, nuestros nietos) quienes hereden un mundo más armado, más desconfiado, más fragmentado, más injusto y violento.
Y sin embargo, lo que más duele no es el miedo a la guerra, sino la certeza de que pudo evitarse. De que el desastre no es destino, sino descuido, dejadez. Repetición. Olvido.
Por eso hablo, aunque la voz tiemble. Porque la historia no empieza a sangrar de inmediato. Primero preocupa y duele. Y cuando ese dolor se ignora, ya suele ser demasiado tarde.
“Saturno devorando a su hijo” – Francisco de Goya
Esta pintura representa lo que ocurre cuando el poder se vuelve absoluto: consume a los suyos, destruye sin medida y convierte la vida humana en residuo. Es espejo y advertencia: así funciona el mundo hoy, disfrazado de normalidad, mientras los mismos cuerpos siguen pagando por los errores y ambiciones de los que mandan.
A mi edad avanzada, a veces tengo la sensación de que discutimos sobre Marx, sobre el socialismo, sobre el capitalismo, como quien discute sobre heridas abiertas que siguen sangrando. Miramos las ruinas del pasado… pero el daño cae sobre los mismos cuerpos. El gran truco del orden actual (ese que llamamos internacional, liberal, democrático o simplemente “lo normal”) es que no se presenta como ideología, como si no fuera fruto de decisiones humanas. No se defiende: se vive sin cuestionarse. Quizá por eso el debate se refugia tan a menudo en el pasado. Stalin, Mao, Cuba, la URSS, Marx, Lenin. Cementerios ideológicos bien delimitados, con horrores evidentes y condenas fáciles. Es una discusión necesaria, sí, pero también cómoda. El pasado nos permite indignarnos sin riesgo. El presente, en cambio, exige hacerse cargo.
Si miramos el mundo de hoy sin nostalgia ni retórica, lo que aparece no es precisamente un éxito de la civilización. Aparece una economía global que produce riqueza obscena junto a miseria estructural, que necesita guerras lejanas para sostenerse, que habla de libertad mientras reduce millones de vidas a estadísticas, a daños asumibles. No hay gulags visibles en muchos sitios, cierto. Hay algo más limpio y más eficaz: deuda perpetua, precariedad crónica, migración forzada, desesperanza administrada.
Venezuela condensa demasiadas cosas a la vez. Un poder que se proclama popular y termina blindándose, una economía devastada, una sociedad agotada y un tablero internacional que no quiere resolver nada, solo gestionar el conflicto. Alrededor de figuras como Nicolás Maduro se acumulan sanciones, amenazas, maniobras, relatos cruzados. Se habla de detenciones, de golpes, de ataques, de salvaciones inminentes. Mucho ruido. Muchísima retórica. Y mientras tanto, la vida real se degrada. Caracas no es solo una ciudad: es un escenario. Un lugar donde el sufrimiento se convierte en argumento para unos y en palanca geopolítica para otros. El pueblo queda atrapado entre discursos enfrentados en una supuesta coartada moral. Y el pueblo (esa palabra gastada, sospechosa, casi obscena en ciertos círculos) sigue ahí, pero ya no como sujeto histórico, sino como residuo. Consumidores pobres, votantes cansados, mano de obra descartable, migrantes forzosos. No protagoniza la historia: la sobrevive. Antes se le pedía sacrificio por la revolución; hoy se le pide paciencia por la estabilidad, por el mercado, por la transición que nunca termina de llegar. Cambia el vocabulario, no la jerarquía.
Tal vez por eso Marx sigue volviendo, aunque esté lleno de errores. No como profeta ni como manual, sino como síntoma. Regresa porque señaló algo que seguimos sin resolver: la relación entre poder económico, poder político y vida humana. No importa tanto si falló en las leyes históricas; importa que el problema que nombró sigue abierto, supurando. Y cuando una herida no cierra, reaparecen los viejos diagnósticos, aunque estén incompletos. Lo más inquietante es que el sistema actual ha aprendido a convivir con la crítica. La tolera, la absorbe, la vende. Se puede ser anticapitalista en camisetas, en series, en discursos institucionales. Se puede indignar uno sin consecuencias.
El conflicto ya no estalla: se diseña, se dosifica, se convierte en estética. Y eso neutraliza más que la censura directa. Quizá ahí esté el verdadero punto ciego: no en si Marx tenía razón o no, sino en que hemos perdido la capacidad de imaginar un orden que no produzca siempre los mismos perdedores. Cada alternativa parece conducir al autoritarismo; cada reforma parece cosmética; cada crítica parece inútil. Y entonces aparece el cansancio. El repliegue. El “no hay alternativa”, dicho con voz técnica, con gráficos o con resignación adulta.
Y sin embargo, algo no encaja. Porque si este orden fuera tan racional, tan eficiente, tan inevitable, no necesitaría tanta violencia periférica ni tanta amenaza permanente. No necesitaría convertir países enteros en peligros vivientes. No necesitaría este equilibrio obsceno donde el caos se tolera lejos mientras el centro se declara civilizado.
Pensar hoy cansa o quizá consista solo en eso: no usar los crímenes del pasado como coartada para la injusticia actual. No cambiar dogmas viejos por fatalismos nuevos. Pensar sin altar, sin bandera, sin promesas de salvación… pero también sin aceptar que esto sea lo mejor que podemos hacer. No es poco. Y no es cómodo. Pero quizá sea lo único que queda cuando uno se niega a llamar progreso a un mundo donde las víctimas siempre se parecen demasiado.
A mi edad avanzada… ¿Merece la pena pensar en todo esto?
El pífano – Édouard Manet
Me quedo frente al niño del cuadro… Sus ojos no miran afuera; miran adentro, hacia un lugar donde la música nace antes de ser sonido. Esa mirada… entre perdida y concentrada… me atraviesa. Siento que es la misma que yo tenía cuando era joven, cuando el silencio hablaba y el blues respiraba por mi boca, temblando en mi armónica.
Cada nota dudosa… cada pausa… era un hilo que me unía al mundo. A las calles del barrio, a la verdad de los amigos, a las risas que todavía resuenan como ecos. ¡Ah, la juventud… parecía infinita! Caminaba entre ellos, con el blues rodando por mis labios y mi lengua. Cada corazón roto, cada amanecer insomne… estaba envuelto en música y silencios, esperando ser descubierto. Y ahora, anciano, escucho esos mismos silencios y sonidos regresar a mí… y me llenan de un calor que duele, profundo, real. Igual que los ojos del niño: atentos, reconocidos… perdidos en los recuerdos.
La muerte… la siento cerca… y la imagino como el último blues: un acorde que se diluye en una queja, un descenso que convierte el sonido en tristeza. Y miro otra vez al niño… y en su mirada me veo joven y esperanzado, besando mi armónica, respirando entre las pausas… comprendiendo que los recuerdos, los sonidos y los silencios… juntos… son lo que la música necesita para existir.
La peste – Arnold Böcklin
¿Cuál es la definición de terrorismo biológico?
El bioterrorismo se refiere a la liberación intencional de agentes biológicos o toxinas con el fin de dañar o matar a seres humanos, animales o plantas, con la intención de intimidar o coaccionar a un gobierno o a la población civil para promover objetivos políticos o sociales.
La última vez que el mundo se detuvo de verdad fue hace muy pocos años. La pandemia de covid llegó sin desfiles ni declaraciones formales de guerra, y aun así arrasó más que muchas bombas. Lo recuerdo bien porque, por primera vez en décadas, todos tuvimos el mismo miedo al mismo tiempo. No importaba el pasaporte, el ejército, el dinero ni las medallas colgadas en los uniformes de los poderosos militares.
Yo veía las cifras subir cada noche y pensaba en lo frágiles que somos cuando el enemigo no tiene cuerpo, cuando no se puede señalar con el dedo. Hospitales desbordados, funerales sin abrazos, abuelos muriendo solos. Economías enteras temblando por algo que no se ve, que no hace ruido al caer. Cada vez que sonaba el teléfono, temía que fuera un médico para decirme que mi familiar no lo había logrado. Fue entonces cuando terminé de entenderlo.
Frente a una enfermedad, todos los países son iguales. Da lo mismo cuántos misiles nucleares haya en los silos o cuántos soldados marchen marciales en fila perfecta. Un virus no se impresiona por himnos ni escudos. Entra donde puede, se cuela por las grietas de la vida cotidiana y convierte la normalidad en pesadilla.
Eso es lo que me hace pensar, con una lucidez que duele: el verdadero terror de un futuro próximo no está en el poder de las armas que se exhiben con chulería, sino en las que no se ven. En la posibilidad de atacar sin ruido, de sembrar muerte sin un solo disparo, y sin poseer un ejército poderoso. No hace falta conquistar territorios cuando basta con contaminar el agua que bebemos, el aire que respiramos, los alimentos que comemos. Lo digo con tristeza: porque sé que es posible, y porque ya hemos probado una versión de ese miedo.
El covid nos dejó una lección amarga: ninguna frontera protege de lo invisible. Ningún poder militar puede patrullar el aire ni vigilar cada gota de vida que necesitamos para seguir adelante. Nos igualó a todos, y en esa igualdad se nos cayó la máscara de poderosos o vencibles.
Ahora que el silencio pesa más que antes, vuelvo a esos días y se me encoge el pecho. Soy viejo, sí, pero no tanto como para haber estado preparado para enterrar a un hombre que era como un segundo padre para mí. Recuerdo cuando me dijeron que no podía verlo. Recuerdo la soledad de la habitación, el olor a desinfectante que no podía limpiar el miedo y los teléfonos que no contestaban.
Cada mañana era un campo de batalla invisible. Los medios lanzaban sus verdades, expertos se contradecían, cifras que cambiaban de sentido según quién las dijera. “No pasa nada”, decían, mientras miles de personas se apagaban poco a poco. Nadie sabía nada de verdad. Nada nos protegía del todo. Cada opinión distinta, cada mensaje contradictorio, era otra grieta por donde la muerte se colaba.
Pienso que volverán las ambulancias sin aplausos, los médicos y enfermeros exhaustos, los protocolos que cambiarán todos los días. La soberbia de creer que el poder y las armas servirán para algo. Y no sirvierán para nada.
Ahora, cuando escucho hablar de amenazas, invasiones, piratería, de países que se imponen con fuerza bruta, me entra angustia. Porque sé que las armas dormirán en sus arsenales mientras la gente morirá en camas improvisadas.
El verdadero colapso no lo provocará un enemigo ruidoso, sino uno silencioso y letal. Basta con repetir aquel clima de desconcierto, de mensajes cruzados, de miedo sin dirección. La crisis será mundial, y el hambre jugará con nosotros su último partido.
A veces hablo solo, como hacen los viejos. Ojalá hayamos aprendido algo. Pero no estoy seguro, porque el mundo tiene mala memoria. Y esa es la angustia que no se me va: saber que ya lo vivimos una vez… y aun así, no puedo estar seguro de que sepamos evitarlo otra vez.
Cualquier viñeta de EL ROTO
WYOMING, EL GRANDE
Fui al programa por primera vez, con la intención de que me firmara su último libro autobiográfico: La furia y los colores. Si mal no recuerdo, cuando leí el título, entendí La furia y los condones. Me equivoqué, claro, pero lo di por bueno sin más miramientos, porque a cojones no le gana nadie. Con razones. Luego pensé que también le habría venido bien El ruido y la furia, pero ahí se le adelantó William Faulkner.
La cubierta del libro me dio envidia. Y, al leerlo, deseé haberle tenido como amigo en aquellos años en los que yo vivía sin color. Nacimos el mismo año. En la contracubierta escribe El Gran Wyoming:
“Los nacidos en los cincuenta fuimos adolescentes en medio de una dictadura que nos sumía en la Edad Media mientras la psicodelia nos catapultaba al futuro. Vivíamos sumergidos en el pánico, atisbando el paraíso, entre la represión y la solidaridad. Somos la generación que buscaba la salida de la sima siguiendo el rayo de luz que se filtraba desde el exterior para guiarnos hasta la libertad”.
Ahí me reconocí del todo.
Fui a verle al plató de televisión con el libro bajo el brazo. Esa fue la primera vez. Cuando me acerqué, terminado el programa, le pedí —con una timidez bien contenida— si no le importaba ponerme una firmita. Creo que es un poco como yo: esconde la timidez detrás de la ocurrencia. Es un tipo hábil e inteligente, no solo divertido.
“Para Aurelio, de su ídolo indiscutible y guía espiritual”, escribió con su boli, y firmó.
Me habría gustado decirle muchas cosas, pero no quise ser uno de esos pesados que solo buscan autógrafos. Qué va. Me corté. Además, parecía tener prisa por abandonar el plató. No me dio tiempo a decirle que esperaba la continuación en su próximo libro.
Con más tiempo le habría contado un poco de mi vida en Villaverde Alto. Del Ateneo Libertario del barrio, de las reuniones, de esa sensación de estar conspirando simplemente por pensar en voz alta. Le habría hablado de cuando apareció por allí Joaquín Sabina, con barba a lo Jorge Cafrune, recién llegado de Londres, contándonos mil peripecias de tugurio en tugurio por el Reino Unido. Ya apuntaba maneras de poeta, como un Leonard Cohen ibérico con resaca.
Mi barrio no se parecía casi en nada a “La Prospe”. Villaverde era —y es— clase obrera profunda del sur de Madrid, con más fábricas que metáforas, pero con la misma hambre de justicia y libertad. Seguro que se habría reído, como nosotros, cuando las familias salimos a la calle en una manifestación por la carestía de la vida gritando: “Sofía, so tonta, vete a la compra”, dirigido a la reina. Y lo que es mejor: seguro que habría estado de acuerdo.
También le habría contado cómo viví una experiencia distinta la primera vez que, con un grupo de amigos, nos reunimos en mi casa para hablar de poesía y literatura mientras sonaban en el tocadiscos Genesis y Pink Floyd. Como no sabíamos inglés, nos inventábamos las letras. Y algunas historias salieron estupendas, ayudadas —no lo voy a negar— por el alcohol y los canutos.
Todo eso se lo habría contado al Gran Wyoming. O mejor dicho, a José Miguel Monzón Navarro. Pero no pasa nada. La segunda vez que nos veamos se lo contaré. Y alguna cosa más que ahora no recuerdo, pero que seguro le interesará. Porque, al fin y al cabo, era también su realidad en aquellos años. La nuestra.
Aurelio
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