No sé si la música pertenece al tiempo o si, como los espejos y los laberintos, pertenece a una forma secreta de la eternidad. Hay canciones que uno oye y olvida; hay otras que parecen haber estado aguardándonos desde siempre. Sospecho que la canción de Eladia Blázquez pertenece a esta segunda especie.

Su título —Honrar la vida— podría parecer una exhortación moral. Sin embargo, tal vez sea algo más simple y más grave: una advertencia. El hombre suele creer que vivir consiste en atravesar los días, como quien atraviesa un corredor sin mirar las paredes. Pero la vida, si hemos de creerle a la autora, no tolera esa distracción.

En algún verso se afirma que no basta con permanecer ni con transcurrir. Esa idea, que parece evidente, es en realidad una revelación tardía. Muchos hombres llegan al final de sus años con la sospecha de haber estado presentes sólo a medias, como si hubieran asistido a su propia existencia desde una butaca lejana.

La canción no ofrece doctrinas, ni promete redenciones. Apenas recuerda algo que todos sabemos y que, por una suerte de pudor o de negligencia, preferimos olvidar: que cada día es una oportunidad de justificar el milagro improbable de estar vivos.

Quizá honrar la vida no sea otra cosa que eso: no permitir que el tiempo —ese paciente laberinto— nos atraviese sin que alguna vez lo hayamos comprendido.

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