Con sabor a ron

Cinco días antes de la tragedia en el club social del barrio La Pedregosa, Elena y José David tuvieron la conversación definitiva. Fue ella, en su infinita crueldad, quien le hizo ver que su vida como músico había sido un completo fracaso.

Para esa época ya la mujer no se andaba con indirectas ni delicadezas y prefería dispararle a quemarropa las peores ofensas a su esposo. Ya estaba cansada de soportar la bancarrota perpetua de José David. Él la entendía, pero esperaba al menos un poco de moderación en la fiereza de las palabras, esperaba que su mujer contuviera su monserga hiriente. Ni modo. Ella se había convertido en otra persona. Seguramente él también había cambiado bastante. Ahora era un peor músico.

“Tienes un montón de años en esto y sigues tocando las mismas cancioncitas, dando vueltas en el mismo círculo desde que éramos novios. Dando vueltas en los peores lugares de esta ciudad, en los mismos locales de mierda y con las mismas bandas. Nunca has compuesto un solo tema ni hecho un arreglo aceptable. No tienes talento. Tocas por pura necesidad”. La mujer ni siquiera refrenaba su tono de voz. Iba subiendo el volumen hasta quedar cerca de los gritos. Nunca la había visto en ese estado.

Le dijo por enésima vez y con toda sinceridad que había hecho lo posible, pero Elena solamente quería escucharse a sí misma. Le echó en cara su poca habilidad para tocar el instrumento. Le recordó que hubo oportunidades de tocar en buenos grupos, pero su destreza no era suficiente. “Ya tú no das para más”, soltó sin piedad.

Cada improperio que salía de la boca de su esposa, tenía el peso aplastante de la verdad. Por eso no tenía caso discutir. Él había pensado lo mismo muchas noches al tocar en cualquier cuchitril del perímetro caraqueño. Después de años de vivir al límite, pidiendo rebajas cuando compraba algo o dejando de gastar los viáticos para invertir en otros consumos, después de comprobar que jamás sería posible comprar un buen teclado, a José David no le quedaba más remedio que seguir tocando para sobrevivir.

Elena estaba a un paso de acabar con el matrimonio. Sabía que sus palabras eran extremadamente brutales, pero quería hacerle entrar en razón buscando una última oportunidad de rescatar lo que alguna vez tuvieron. “Cuando mueras nadie te recordará como músico. No dejarás huella. Eso ocurre solamente con los verdaderos artistas. Tú no llegaste a esa altura. Es hora de hacer otra cosa. Es eso o me voy”.

Curiosamente, Elena no había estado tan furiosa ni siquiera cuando José David tuvo amores con aquella chica de los tatuajes en los muslos, el cabello morado y las uñas larguísimas extrañamente decoradas. Solo ahora, cuando ya no era un músico con actividad frecuente, cuando los fondos escaseaban como nunca antes, su ira había estallado y amenazaba con largarse.

José David no estaba seguro de querer seguir al lado de aquel demonio. Pero había sido su compañera de vida por catorce años y habían pasado buenas épocas. Era justo darse una oportunidad de emparejar las cosas. Por eso le propuso una idea que podría calmar las aguas. Reconoció que era necesario dedicarse a otra cosa. Buscaría lo que fuera para lograr nuevamente una vida decente. Pero le suplicó que le dejara organizar un último toque.

“Alguien contrató al grupo de siempre y se necesita un teclista. Pero esta vez habrá mayores ganancias porque tendremos un buen porcentaje de las bebidas que se consuman”.

Elena respiró profundo:

  • ¿En qué bar o restaurante será ese toque?
  • No será en un bar o restaurante. Será en el club social del barrio La Pedregosa.
  • ¡Por Dios!
  • En ese lugar la gente consume grandes cantidades de alcohol y todos van a divertirse con lo que toquemos. Va a salir bien. Ganaremos unos billetes verdes y te juro que luego me retiro de la música.
  • ¿Y quién organiza ese evento? No me digas que es ese tipo… El DJ…
  • Sí, el DJ Sabañón. Pero él ha cambiado mucho y tiene buenas relaciones en ese club.
  • Pero el solo hecho de haberse puesto el nombre de DJ Sabañón es un testimonio de ruina…
  • No, te juro que él ha cambiado mucho y está ganando buen dinero últimamente…

El DJ Sabañón era un tipo bastante emprendedor que se especializaba en concebir fiestas en los barrios más peligrosos de Caracas. Su amistad con el crimen organizado le garantizaba seguridad y buenos contratos. Era joven pero aparentaba más edad por su sobrepeso y porque le faltaba la pierna izquierda debido a un accidente en motocicleta. José David lo conocía desde el bachillerato. El músico fue uno de los pocos que siguió siendo su amigo después del accidente que lo dejó manco y luego de haber pasado tres años en la cárcel por violencia intrafamiliar.

Se reunieron esa misma semana y el DJ aseguró que el evento sería un éxito. Aclaró que los dueños del club no comprarían las bebidas esta vez. Dejarían todo en sus manos lo cual significaría una mayor ganancia para el grupo esa noche.

  • Y consigues el alcohol a mejor precio, supongo.
  • ¡Exactamente! Tengo un contacto que me facilitará cuatro cajas de caña a excelente precio. Ganaremos buen billete por cada trago y cada botella, aparte de lo que nos pagaran por el toque. ¡Tú vas a ver!

Llegó el trágico día. El músico y Sabañón llegaron aquel viernes mucho más temprano al club social del barrio La Pedregosa para supervisar el sonido y recibir el cargamento de alcohol. Eran botellas plásticas de litro completo con una bebida llamada El Padrote acompañadas del sospechoso lema Con sabor a ron. José David expresó sus dudas. Sabañón garantizó la calidad del licor: “Es suavecito. Bien chévere. Yo lo he bebido”. No quedaba otro camino que confiar en la palabra del amigo.

El club era un espacio modesto pero cómodo. En el ala izquierda se ubicaban doce mesas. Al centro estaba la pequeña tarima donde primero se presentaría el grupo conformado por un percusionista, el bajista, un cantante y José David, el teclista. Allí también había una pequeña pista de baile. La presentación principal sería DJ Sabañón, quien estaría hasta la madrugada pinchando temas. Al lado derecho se ubicaba una barra para quienes quisieran solo tragos o cerveza. Un poco más alejados estaban los baños y un patio de bolas criollas.

Al grupo le hacía falta un nombre para la presentación. Al percusionista se le ocurrió Cuarto Dominio. Así se anunciaron. En el primer set tocaron temas conocidos en onda de merengue, vallenato, salsa y bachata. No era la música preferida de José David, obviamente. Él siempre se inclinó hacia el jazz funk y soñó durante muchos años con tocar con la misma destreza que un Herbie Hancock o un George Duke hacían sonar el piano eléctrico Fender Rhodes en los setenta, pero más temprano que tarde se dio cuenta de que no tenía ni la genialidad ni la técnica.

En el club social del barrio La Pedregosa el ambiente se puso bueno. Algunas parejas comenzaron a bailar y en las mesas ya se veían las primeras botellas de El Padrote. A la barra se acercaron los bebedores solitarios. Algunos pidieron probar un trago de ese licor con sabor a ron y fue allí donde dos horas después cayó la primera víctima. Era un hombre de unos 50 años que se quejó de un dolor insoportable en el estómago. Cayó muerto en segundos antes de ser auxiliado.

En el área de las mesas una mujer comenzó a vomitar de manera alarmante y su acompañante se fue hacia atrás con algo parecido a un ataque epiléptico. El golpe que recibió en la nuca lo fulminó de inmediato. Los gritos y la desesperación de la gente hicieron que Cuarto Dominio detuviera el set. Casi de inmediato, el percusionista se desplomó sobre las congas con los ojos en blanco. Era el único del grupo que había estado bebiendo El Padrote. José David entendió todo. Comenzó a buscar al DJ Sabañón en medio de la confusión que reinaba en el recinto. No aparecía por ningún lado. Los dueños del local llamaron a emergencias, a los bomberos y la policía. Todos llegaron al mismo tiempo pero media hora después del incidente.

Las ambulancias se llevaron a cuatro personas que agonizaban a gritos por el dolor abdominal. En la pista de baile fueron atendidos otros intoxicados mientras más cuerpos sin vida se sumaban a quienes no pudieron asimilar la bebida con sabor a ron. Uno de ellos era el DJ Sabañón, que yacía inerte en el baño. Fue así como José David quedó como el único responsable de haber llevado el licor adulterado al evento. Desde ese día no volvió a tocar el teclado.

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