El tiempo, sospecho, no es una cuerda que avanzamos ni un río que nos arrastra, sino un vasto laberinto cuyos pasillos existen ya, indiferentes a nuestros pasos. Nuestra memoria es apenas el mapa mal dibujado que creemos seguir: una cartografía hecha de retazos, olvidos y reescrituras. En cierto sentido, vivir es ocupar una celda del laberinto y comprobar, una y otra vez, que las puertas que abrimos nos conducen a salas cuyas paredes llevan inscripciones idénticas a las de otras cámaras; la diferencia, siempre mínima, la introduce la memoria —esa falsificadora paciente— que combina dos recortes para inventar una continuidad.
Los relojes, tan orgullosos de su precisión, no son sino artefactos que numeran instantes homogéneos: una convención que quiso domesticar lo inquietante. La duración se reduce a cifras que miden la sucesión de eventos, pero ignoran la verdadera trama: el significado que atribuimos a los momentos, y que los hace densos o vacíos. Un minuto en la antesala de un veredicto pesa tanto como una hora en una tarde indiferente; la duración física no explica la sensación. El tiempo subjetivo es, entonces, un palimpsesto donde cada experiencia escribe y borra a su vez.
Hay noches, pienso, en que el pasado no está detrás sino dentro: se multiplica en un atlas de posibles vidas que no vivimos. El tiempo se bifurca en un número indeterminado de sendas posibles; cada elección no cancela las otras, sino que las conserva en bibliotecas invisibles. Tal vez la muerte no destruye estas bifurcaciones, sino que las ordena en una sala final donde todas las versiones de un mismo ser se exhiben como copias en distintos marcos. Allí la identidad se vuelve problema de catalogación.
Si el tiempo fuera un libro —hipótesis que me seduce—, cada vida sería un volumen incompleto. Nos empeñamos en leerlo de principio a fin, pero las páginas que hoy pensamos haber pasado pueden reescribirse mañana; lo que llamamos destino no sería más que el efecto retroactivo de una interpretación. Escribir sería, entonces, una tentativa de detener minutos: fijarlos en tinta para que no se disuelvan en la corriente. Pero la tinta también envejece, y la biblioteca se transforma en laberinto de versiones.
Quizá hay, tras esa estructura, una ley elemental: el tiempo no se consume; se acumula en la memoria colectiva y en los objetos. Una piedra, una palabra, una cifra, son depósitos que, por su mera persistencia, convocan el pasado y lo hacen presente. Así, el tiempo no se mide sólo con relojes, sino también con testimonios—con aquello que sobrevive a la desaparición y devuelve ecos de otros instantes.
Queda, por último, la paradoja simple y terrible: cuanto más intentamos apresar el tiempo —registrarlo, nombrarlo, archivarlo—, más nos acercamos a su misterio. Los nombres que le damos no lo agotan; al contrario, lo multiplican. Tal vez lo único que podemos hacer frente a ese enigma es aceptar la maravilla de caminar por el laberinto sin la pretensión de llegar a su centro. Porque el centro, si existe, no es punto fijo sino un conjunto de reflejos: las imágenes que nos devolvemos a nosotros mismos al mirar atrás.
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