En algún recodo de la Biblioteca de Babel, entre los volúmenes que repiten infinitamente la misma estrofa y los que callan porque ya lo dijeron todo, hay un libro que no se atreve a terminar. Se llama, provisionalmente, “El tempo que restas es único “aunque su autor —o sus autores sucesivos— sabe que cuatro son pocas y que las estrofas, como los disfraces, se acaban.
«No me queda tiempo para actuar», dice el texto. Y en esa confesión hay una geometría terrible: el yo es un actor que ha representado todos los roles posibles —el feliz, el fuerte, el irónico, el resignado— y ahora se queda frente al público sin utilería, sin maquillaje, sin libreto. El escenario, que antes era infinito, se reduce a un punto: el cuerpo mismo, esa carne que ya no sabe cómo posar para que duela menos.
Habría sonreído con melancolía ante esa enumeración exhaustiva de lo que falta. Recordaría su propio poema de las cosas que se pierden —las llaves, los nombres, las sombras—, pero aquí no se pierden objetos: se agotan herramientas de supervivencia emocional. No hay más palabras para no llorar, porque las palabras mismas se han convertido en llanto. No hay más sonrisas para dibujar, porque la felicidad dibujada siempre fue una cartografía falsa de un territorio que nunca existió. No hay más poesías ni melodías, porque la poesía y la música también eran disfraces, intentos de ordenar el caos con métrica y rima, y el caos, al final, no rima.
«Estoy mucho más solo», dice el agregado. Ahí está el verdadero horror borgeano: el tiempo no es lineal, sino una serie de versiones cada vez más despojadas de uno mismo. La canción anterior tenía aún algún resto de ornamento, algún eco de compañía; esta ya no. Los recuerdos no consuelan: habitan en el interior como huéspedes que no pagan alquiler y que, peor aún, no se van nunca.
Y sin embargo, en el último giro —«Sólo pido un poco más de fuerza para imaginar el tiempo que vendrá»—, aparece el milagro mínimo que tanto amaba: la imaginación como último acto de resistencia. No se pide felicidad, ni amor, ni compañía; se pide fuerza para imaginar. Es decir, para seguir creando ficciones, aunque sean ficciones de un porvenir. Porque si el futuro puede imaginarse, aunque sea mal, aunque desafine, aunque no rime, entonces el laberinto no ha terminado. Queda una puerta más, invisible, hecha de pura voluntad de seguir cantando.
En la Biblioteca de Babel todos los libros ya están escritos, incluido este ensayo y la canción que lo precede y lo sobrevive. Pero mientras alguien —tú, yo, el que escucha en la oscuridad— siga pidiendo esa mínima fuerza, el texto no se cierra del todo. Permanece abierto, como una herida que aún sangra futuro.
Y tal vez, en algún estante polvoriento, haya una estrofa que aún no se cantó: la que dice que agotar los disfraces no es el fin, sino el comienzo de algo desnudo, terrible y, por eso mismo, auténtico.
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