Luego de que los últimos vecinos me dan el pésame, cierro la puerta y regreso a mi cocina. Es hora de hacer la cena, la rutina no se puede romper aunque falte un comensal en la mesa. Alzo las mangas de mi camisa negra y los últimos cardenales de manos marcadas se revelan.
Saco la carne de la nevera, la dejo descongelar para que no pierda el sabor.
A pesar de llevar años fuera de la cocina profesional, las habilidades en cortar una buena pieza no se pierden. Los vecinos quieren que vaya a cenar con ellos, dicen que no debería pasar tiempo a solas estos días. Accedí, pero quiero llevarles un presente. Aderezo la carne y la meto al horno mientras me baño.
Al salir, ya el aroma está por toda la casa. Inhalo con ansias.
No hay nada mejor que un esposo con sal y pimienta al gusto.
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