La madrugada en que decidió quedarse, él ya había hecho la maleta. Olía a café frío y a las sábanas que ella había lavado el día anterior, todavía con ese perfume de jabón barato que a él le gustaba.

Ella no dijo nada. Solo pasó la yema de los dedos por el borde de la taza, una y otra vez, como si buscara una grieta. Afuera, un perro ladró dos veces y después silencio.

Él la observaba desde la puerta. El ruido del cierre de la maleta, metálico, seco, flotó entre los dos. Ella levantó la mirada, pero no hacia él, sino hacia la luz del pasillo, una luz amarilla, mortecina, que llevaba meses parpadeando sin que nadie la cambiara.

—La bombilla —dijo ella.

Y en ese instante él supo que no se iría. No por amor, o no solo por eso. Sino porque aquella frase, dicha así, en voz baja, era una casa más pequeña pero más habitable que todas las que habían compartido.

Dejó la maleta en el suelo. El ruido del cierre, al soltarse, sonó distinto. Como una pregunta que por fin encuentra respuesta.

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