Se reía de nosotros desde el primer día que cruzó el portón. Le advirtieron que no era fácil. Nosotros lo entendimos. Si hay algo que tenemos es experiencia. Sabemos que la necesidad siempre termina arrodillando a alguien.
El hombre, mayor, con una familia atrás que mantener, acorralado por las deudas y en un mercado laboral que lo descarta, se encontró con algo que nadie quería. Pensó que era eso o nada, y lo tomó.
Cuidar los trenes del viejo Museo Ferroviario por las noches, tampoco es encontrar el origen del Universo, seamos sinceros. La paga no es la gran cosa, pero, antes que nada, es un pasamanos con el que sostenerse mientras la vida acelera y frena de golpe.
Lo hicieron firmar el convenio y le mostraron las instalaciones. Le gustó. La gente como él no disfruta mucho de las propuestas culturales de la Ciudad, y el Museo será lo que será, pero tiene su encanto, sobre todo para quien no conoce la historia de cuando los ferrocarriles argentinos eran gloriosos ejemplos del progreso en el Sur. Antes de que el mismo progreso decidiera el cambio de vía.
El primer día, los compañeros le explicaron las costumbres y las mañas del trabajo. Aprendió rápido, capacidad e inteligencia no le faltaban. Lo escuchamos desde el otro lado de la pared, cuando contaba, a grandes pinceladas, cómo había llegado a tomar una tarea que muchos habían despreciado.
No nos equivocábamos. Separado, con pibes que alimentar, y arrastrando el error de haber confundido deseo con destino. Los hombres así siempre creen que todavía están a tiempo de tomar el desvío.
Al menos no era como alguno de sus predecesores, atrapado en las garras del juego y del alcohol, sin futuro, y llegando a nosotros como última opción digna para seguir viaje. Sabíamos que esos no serían capaces de llegar a la estación siguiente sin que le picáramos el boleto antes de que cobrara su primer salario.
Fuimos un gremio fuerte. El más fuerte. Paramos el país cuando hizo falta, sin que se nos moviera un músculo. Hicimos retroceder a los más grandes políticos de la historia del país. Les plantamos bandera negra, les atravesamos locomotoras en las vías, antes de aceptar cualquier humillación. Aprendimos también lo que era llegar a casa con los ojos abiertos y el sueño clausurado para siempre, sabiendo que de eso no se vuelve. No había chance de tenerle piedad a los impresentables que pretendían custodiar semejante legado sin el respeto que merecemos.
Confieso que las primeras noches creímos que iba a aguantar. Era como esos que se mantienen aferrados al asiento, con su cara de malo y su escepticismo sudando en la piel. Son como soldados de un ejército que pretende llegar a destino sin que su vida se modifique. Ignoran que no se vuelve del mismo modo en que se partió, aunque el boleto diga ida y vuelta.
Empezamos a probar su resistencia la tercera noche con lo básico, como con todo aprendiz. Un ruido por allá, unos pasos por acá, un chirrido por atrás. Lo elemental para que se moviera y se mantuviera atento y en acción.
No se dejaba engañar. Su racionalidad era notable. Todo tiene siempre una explicación alternativa. Los cambios de temperatura, algo mal acomodado, los hierros viejos que ya no resisten el peso como antes, en fin, lo que piensa la mayoría. Reaccionó como casi todos.
A medida que avanzamos con las pruebas, ya no le alcanzaban los argumentos lógicos. Una cosa es escuchar en la cerrada oscuridad de la noche un hierro viejo, y otra muy diferente es la voz de un niño desesperado, dolido, aprisionado entre los restos de un accidente que no convenía inventariar.
Supuso que algún visitante había sufrido una desgracia y pedía ayuda. Una opción, que, debemos admitir, es de las más prudentes que jamás habíamos tenido en cuenta. Igual, era muy fácil demostrarle su error, cambiando el origen de la queja. Caminaba hacia el fondo siguiendo la voz, y de golpe, el sonido lo asaltaba desde la otra punta.
Allí iba, con su tradicional farol, generando un diminuto día en círculo, creyendo que la claridad podría protegerlo, pero no lo ayudaría a encontrar nada que no fuera un pozo para esquivar. El desconcierto empezó a sembrarse en su mente como un yuyo entre los durmientes.
Hemos visto cosas al costado de la vía. Así lo veíamos a él ahora, intentando aferrarse a su mínima paga, para sostener sus últimos años de padre presente y nuevo marido proveedor de la jovencita.
Los que aceptan viajes deberían saber que no todos admiten el regreso. Siempre hay una estación terminal que no figura en los mapas. Una voz, como de un parlante en la cabeza, debería advertirlos, pero como no ocurre, intervenimos nosotros.
Ya a la segunda semana aplicamos pedal a fondo y empezamos con la carga pesada. Luces que se accionaban solas, vagones que no estaban en el mismo lugar que antes, incrementos de gritos de auxilio, ya no solo de niños, sino de madres, padres, y bomberos que dejaron la vida ayudando a desconocidos, y gemidos de compañeros que no lograron frenar a tiempo. Aprendieron demasiado tarde lo que pesa una formación en velocidad. Las máquinas se apagan, su ruido no.
Su falta de creencia fue cediendo a las evidencias. Todavía no lo sabe, pero ya se le acaba su horario. Acá no discutimos lo normal. Trabajamos en otro turno.
Algún día entenderán que no somos recuerdos, y dejarán de contratar a manos inexpertas a salvaguardar nuestro pasado, que nos pertenece por la prepotencia del trabajo.
A todos esos les seguiremos poniendo el freno del hombre muerto.
OPINIONES Y COMENTARIOS