Recuerdo que me indicó cómo hacerlo paso a paso.
Una aventura juntos: sellar el sótano de la casa del campo. Fue dos meses antes de que papá muriera. Y fue la primera vez que levanté una pared. No digo que haya quedado hermosa, pero él dijo que estaba bien hecha. Terminamos, la pintamos y tomamos unos mates esperando que secara, ayudados por ese verano terrible que secaba las hojas y derretía el asfalto. Le dimos el mismo color que al resto. Siempre había una o dos latas guardadas en el galpón.
Antes de irnos pasó la mano, ya medio temblorosa, para comprobar que hubiera quedado lisa. Incluso golpeó un poco, como para oír si sonaba hueca. La puerta sellada, apenas devolvía un ruido opaco.
No hicimos mucho más. Recorrimos la casa y nos volvimos.
Ahora ya no tiene el uso de antes. Pensamos venderla, salir de las deudas. Tal vez comprarnos algo en la ciudad.
Por eso volví.
No me arrepiento de la idea, pero es otro duelo que tengo que hacer. Supongo que aquel día él ya intuía que no la usaríamos más. El sótano le parecía inútil. Es mejor para venderla, dejarla como estaba. A lo mejor al que la compre le sirve.
La verdad es que no es como la recordaba. La pared es más chica. La pintura se deslució. Y la construcción, vista hoy, está peor de lo que creía. Aun así, cumplió su función. Me reí solo mientras buscaba las herramientas para tirarla abajo.
Se ve que papá me tuvo piedad.
Cada golpe traía una imagen distinta. Falta mucha gente ya. Hay que aprender a convivir con las ausencias.
Entonces me acordé de la vecina. Una muchacha de nuestra edad. Se armó un gran revuelo cuando desapareció; vinieron canales de televisión y durante unos días la zona fue famosa. La habían mandado a comprar algo y nunca volvió. Era imposible que se perdiera. Nacida y criada acá, caminar esas cuadras era algo que tenía grabado en el cuerpo.
Nunca más se supo de ella.
Se dijeron muchas cosas: un ataque, un paro cardíaco, un secuestro. Hipótesis no faltaron. La presión mediática hizo que rastrillaran todo con perros y vecinos, pero cuando dejó de ser noticia, pasó a ser archivo.
Si no estuviera acá, ni me acordaría.
Al menos de los míos sé qué les pasó y dónde están.
Me apuré para no perder la luz. Fui sacando la pared por secciones, llenando bolsas con orden. No era tan sólida como el resto y eso facilitó que reapareciera la puerta del sótano. Tenía apenas manchas de humedad.
Del otro lado venía un fuerte olor a encierro.
Desclavé las maderas. Faltaba la llave. Busqué por todas partes. No estaba. No sé si se la llevó papá ese día. Terminé desarmando la cerradura.
El aire viciado me golpeó en la cara. Bajé con la escoba. Tres escalones cortos. La luz de la puerta abierta alcanzaba.
Lo vi apenas apoyé las cosas contra la pared.
No sé cuánto tiempo me quedé quieto.
Una cosa es verlo en un libro. Otra tenerlo a tres pasos.
Un esqueleto humano.
Estaba sentado, la espalda contra la pared, las manos sobre las piernas. La boca abierta en esa sonrisa rígida y macabra que dejan los maxilares. Desnudo. Si hubiera tenido ropa, aún la tendría puesta.
Pensé en los trámites.
Llamé a la policía.
Vinieron enseguida. Se acordaban de mí. Me saludaron con afecto. Les conté lo del tapiado y bajaron. Al subir, ya traían otra cara. Llamaron a los forenses y al comisario.
A la noche llegaron dos hombres con una camioneta vieja. Uno solo llevaba traje blanco. No tardaron. Se llevaron los huesos en una bolsa negra.
El comisario me habló aparte. Me explicó que en un procedimiento normal deberían demorarme, hacer preguntas, pero me conocían. Completarían el formulario con mi declaración y después me llamarían para firmar.
Hoy fui a la comisaría.
El informe estaba abierto sobre el escritorio. Iba a firmar cuando pregunté:
—¿Sabés quién era?
—Sí. ¿Te acordás de tu vecina, la que desapareció? Era ella.
Sentí lo mismo que al verla en el sótano.
—¿Cómo llegó ahí?
El comisario dudó apenas.
—Mi idea, por los años de servicio… fue raptada. La tuvieron ahí. Después sellaron.
—¿Eso convierte a mi padre en un… asesino? ¿Y a mí?
—Eras un chico. Hacías lo que tu padre decía. Y el delito prescribió. La familia está conforme con haberla encontrado. No va a haber juicio.
Hice silencio.
—Lo único complicado (agregó) es que ahora va a ser difícil vender la casa.
Firmé. El comisario tenía razón. No hubo denuncia ni reclamos. La casa no se pudo vender. Quedó abandonada. Seguí pagando los impuestos.
Tapie todas las entradas, para que nadie la ocupe.
Esta vez las paredes me salieron mucho mejor que la que hice con papá.
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