Los chicos siempre dijeron que este cuarto les daba miedo.
Inventaban historias: que nadie salía igual, que uno podía quedarse atrapado, que algunos habían escapado de casualidad. Al principio los ignoré. Después fueron tan insistentes (y, por qué no admitirlo, tan convincentes) que tuve que intervenir.
Les di razones lógicas. No iba a traerlos todos los veranos a una casa peligrosa. No podíamos haber tenido, durante tantos años, una casa embrujada sin saberlo. Nada de eso funcionó, y probé otras estrategias.
Primero volví a ignorarlos. No resultó. Después desmonté cada historia con preguntas simples. A veces parecía que cedían, pero el miedo no desaparecía del todo. Les prohibí usar el cuarto para jugar. Eso solo fortaleció la leyenda: si no los dejaba entrar, decían, era porque algo raro había.
Terminé prometiéndoles que el último día, antes de irnos, les demostraría (con todos de testigos) que allí no pasaba nada. Eso los calmó.
El cuarto es pequeño, no más de dos por dos. Sirve para guardar herramientas y cosas de limpieza. Tiene un ventilete alto que da a un jardín interno. Adentro hay una aspiradora, una caja de herramientas, un escritorio viejo con su silla. Una bombilla desnuda cuelga del techo.
Nunca me molestó que jugaran ahí. Lo que empezó a preocuparme fue que el miedo fuera real, que no durmieran, y que dijeran que no querían volver a veranear en esta casa.
La promesa estaba hecha. Tenía que cumplirla.
No se me ocurría cómo hacerlo, hasta que la tarde anterior encontré la forma.
Al día siguiente, con el auto cargado y la casa lista para quedar vacía hasta el próximo verano, reuní a todos en el corredor.
Les dije que, si tenían razón, al yo meterme en el cuarto, algo debía ocurrirme. No podía ser que saliera y que todo siguiera igual. Si volvía sin que nada pasara, el asunto quedaba cerrado para siempre.
Les pregunté si les bastaba esa prueba.
Mi esposa los animó con la mirada. Después de unos segundos, dijeron que sí.
Entré.
No había llave ni cerradura, era más seguro para los chicos. Solo debía quedarme unos minutos y salir.
Apenas crucé la puerta sentí un peso opresivo en el pecho, un ahogo sordo. Un estremecimiento recorrió mi espalda, breve, eléctrico. Lo atribuí a la humedad. El cuarto parecía comprimirse. No dije nada, esperé conteniendo mi inquietud.
El silencio, adentro y afuera, era absoluto.
Decidí que había sido suficiente y di un paso hacia la puerta.
Entonces escuché los aplausos.
Escuché a los chicos reír, aliviados, los pasos alejándose por el pasillo. Y mi voz.
Mi propia voz resonaba en el pasillo sin que yo hablara, les susurraba que estaban equivocados, les prometía que el año próximo arreglaríamos el cuarto entre todos, haríamos un salón de juegos.
Les encantó la idea.
El detalle es que yo nunca salí del cuarto.
La puerta no tiene cerradura, pero no cede. Es como si el marco y la madera fueran una sola pieza. Intenté forzarla. Golpeé. Grité.
El ventilete está demasiado alto. Subido al escritorio apenas lo rozo con la punta de los dedos. El jardín interno absorbe el sonido. Nadie escucha.
Según mis cálculos, deben estar a mitad de camino hacia la ciudad, con alguien que tiene mi cara, mi voz y mis recuerdos.
Pero no soy yo.
Me queda esperar que mi esposa note algo. Una mínima diferencia. Un gesto fuera de lugar.
Hasta ahora no ocurrió.
Encontré un cuaderno y un lápiz en el escritorio.
Escribo esto para que sepan que tenían razón, que los quiero. Y que nunca vuelvan a esta casa.
No resistiré hasta el próximo verano sin agua ni comida.
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