Sentir el calor y el cosquilleo de la arena entre sus dedos la tranquilizó inmensamente. Aguantando las lágrimas, cerró sus ojos y se quedó completamente quieta. Sintiendo la arena danzar en sus plantas y el sol abrazar todo su cuerpo, se preguntó qué putas haría con su vida si Jacob decidía abandonarla. Sintió sus manos entumecerse e, inmediatamente, sacudió con fuerza la cabeza. No iba a dejar que la oscuridad volviera a apoderarse de su vida. Si bien un hombre le había devuelto la felicidad, no sería uno el que se la arrebatara. Llenó su espíritu de determinación y, a paso firme, se dirigió a una pequeña cabaña justo en medio de la playa. Golpeó con fuerza, pero nadie le abrió. Golpeó una vez más. Nada. Se sintió avergonzada, pues suponía que Jacob la observaba desde el bote, así que, roja por la histeria, la vergüenza y la insolación, se fue corriendo de allí, hacia la pequeña ciudad que divisaba en la distancia. Rompió en llanto en medio de su carrera. Las lágrimas salían a chorros de sus pequeños ojitos claros, y los mocos escurrían incontrolables de su pecosa nariz roja. Eres un cobarde. Ni siquiera te importa lo que sea de mí. Te odio…
Caminando por una destruida carretera, sin importarle a dónde, Grace se sintió más triste que nunca, y allí, en ese instante, deseó nunca haber conocido a Jacob. Pensó que la tristeza no sabía tan mal cuando se desconocía la felicidad, pero ahora que al fin había sido su turno de experimentar la más pura e intensa alegría, jamás podría volver a estar sin ella. Se sintió tan estúpida por haber atendido a esos grupos de autoayuda. Tan ingenua por haber pensado que la suerte aparecería y la acompañaría por siempre. Sin embargo, casi instantáneamente, se arrepintió de pensar aquello, pues supo que, en medio de todo, había sido afortunada de, así fuera por un instante, sentir la dicha más pura y más bonita de todas. La felicidad de haber conocido al amor de su vida. Sonrió y, una vez más, se echó a llorar. Todo aquello en cuestión de segundos.
Y así, entre llantos, se topó con una pequeña carpa roja y blanca a un lado de la carretera. Bajo ella, un desbaratado escritorio. Tumbado sobre este, un hombre chaparro, gordo y sucio, durmiendo. El primer ser humano que veía en meses, además de Jacob. A su alrededor, botellas vacías de licor, colillas de cigarro y montones de papeles. Disculpa, dijo Grace con su vocecita angelical. El enano ni se inmutó. Disculpa, repitió, esta vez algo irritada. Nada. Molesta, le llamó una tercera vez, casi gritando, pero el resultado fue el mismo. Frunció el ceño y decidió explorar la carpa. Levantó del suelo uno de los tantos papeles y leyó: LOONY FAIR. ¿Fair? se preguntó. Pensó más tiempo del que le gustaría admitir hasta que lo descifró. ¡Es una feria!, gritó con todas sus fuerzas, despertando y haciendo caer de cara al pobre borracho que dormía sobre el escritorio. Y así, como si nada, su corazoncito inocente se llenó de felicidad y olvidó todo lo triste. Sonriente, asomó la cabeza por la salida trasera de la tienda y vio docenas de carpas, animales, juegos, algodón de azúcar, peluches y muchas más cosas que la excitaron intensamente. Y hacia allá corrió, saltando de la emoción. Grace, con su corazón partido en mil pedazos y su espíritu machacado, moría de la emoción de estar en una feria. Grace, el amor de su vida.
Mientras tanto, Jacob anclaba el pequeño bote en la orilla de la playa. Se quitó los zapatos y saltó a tierra firme. Sintió una extraña sensación de quietud, la cual le resultó terriblemente ominosa. Caminó en círculos por varios minutos, antes de dejarse caer boca arriba sobre la arena. No escuchaba siquiera un suspiro de nada que se asemejara a la civilización. Nada más que el sonido de las olas, el viento y las gaviotas. Cerró los ojos y se preguntó qué hacer. Por más hastiado que estuviera de su novia, sabía que no podía dejarla botada en ese desconocido pedazo de tierra. Además, aún la amo, ¿o no? Mierda. No lo sé… Frankenstein interrumpió sus pensamientos acostándose en su panza. Jacob sonrió, y pensó que cuando menos, el gato era una buena excusa para no largarse aún. En su interior, simplemente no quería tomar una decisión. Nunca fue bueno para eso. Abrazó con fuerza al felino que, molesto, se escabulló de su agarre y se echó en la arena a su lado. Su cara volvió a ponerse seria y se sintió mal. Quiso no existir en ese instante y, sencillamente, dejó de pensar. Se enfocó exclusivamente en sentir la arena caliente bajo su cuerpo, y en escuchar el mar, el viento y las gaviotas; el mar, el viento y las gaviotas; el mar, el viento y las gaviotas; el mar, el viento y las gav…
Cuando despertó el sol ya se había escondido y Frankenstein había vuelto a su panza. Lo alzó con delicadeza y lo llevó al bote, donde lo acostó en la cama. Revisó cada espacio y no vio a Grace. Se sintió triste y preocupado, y decidió que debía ir a buscarla. No sabía dónde estaban, y conocía el espíritu libre e ingenuo de su novia. Se sintió un cobarde por haberla dejado ir así. Se bajó del bote y se dispuso a salir en su búsqueda, pero habiendo dado no más de unos cuantos pasos, se detuvo. Yo no la amo. Yo no la amo. Debo dar la vuelta, subirme al bote y nunca mirar atrás. ¡Maldita sea!… Apretó sus puños con fuerza y siguió su camino tierra adentro. Decidió que si debía rescatar a su novia, a la cual ni siquiera había decidido si amaba o no, de algún criminal, animal salvaje, robot, alien o lo que fuera que habitara en ese pedazo de tierra, necesitaba tomarse una pola antes. La puta madre si se lo merecía.
Grace yacía tendida sobre la arena. Agotada y nauseabunda de tanto correr y comer azúcar, miraba las estrellas y, lenta pero constante, la tristeza volvía a su corazón. Abrazó el osito de peluche que había ganado hacía unos minutos, al cual había bautizado Ominoso, y dejó escapar un par de lágrimas. Quiso morir de nuevo, y más que nunca. Se puso de pie y caminó determinada hacia el mar, el cual estaba a unos cuantos cientos de metros de ella, llevando de la mano a Ominoso. Su corazón partido en mil pedazos. Prefirió morir ahí, con la duda de si Jacob la abandonaría o no, que hacerlo al día siguiente, con la certeza de que sí. Sintió orgullo de haber sido verdaderamente feliz, y supo que había logrado su propósito.
A tan solo unos pasos del océano, se tropezó con un anciano que meditaba sentado justo en la orilla, con las olas acariciando sus piernas rítmicamente. Se sintió incómoda de lanzarse a su muerte allí, frente al anciano, y se quedó parada analizando qué hacer. Pensó si quizás se trataba de una señal, a lo cual el viejo contestó que sí. Asustada, cayó de bruces sobre la húmeda arena. El anciano rió y volteó a mirarla. Se presentó como Delfo. Su cuerpo era delgado y sus ojos del negro más oscuro que jamás había visto. No tenía un solo cabello en su cabeza, la cual reflejaba perfectamente la luna llena, y una delgada barba blanca decoraba su sonriente y delgado rostro. Le preguntó por qué quería morir, ¿acaso no sabía que el mundo era ahora más bello que nunca? Extrañada, e ignorando el hecho de que el viejo parecía poder leer sus pensamientos, Grace le preguntó a qué se refería. Este le contó todo lo que había sucedido en el mundo desde el día en que zarpó a la deriva con Jacob, que se resumía en el hecho de que una terrible guerra mundial se había librado. La violencia nuclear no duró más que un par de días, tras los cuales más de la mitad de la población mundial había muerto, según estimaciones no del todo confiables, sin dejar un claro vencedor. Ahora, diferentes gobiernos intentaban reclamar como suyos los territorios devastados por el conflicto.
-¿Y eso qué tiene de bello?- preguntó, algo molesta
–Que ahora el mundo es de todos, pequeña. Tuyo y mío- respondió sonriente el anciano. –Así que deja de llorar y ¡a por lo que te pertenece!-
Grace sintió como su corazoncito lastimado y su inocente mente se iluminaban, y su rostro cansado no tardó en seguirlos. Se abalanzó sobre el anciano y lo abrazó. Sorprendido, el viejo estalló en risas, y le dijo que aún no le había contado la mejor parte…
Jacob iba ya por su cuarta pola. Rápidamente había recordado por qué le gustaba tanto beber, y se sintió tan estúpido por haberlo dejado durante tanto tiempo. Se encontraba en aquella cabaña en medio de la playa, la misma que estaba desocupada cuando Grace había pasado frente a ella hacía algunas horas. Aparentemente hacía de bar en las noches, y en ese momento Jacob era el único cliente. Sentado en la barra, únicamente le preocupaba su presente. El barman era un tipo musculoso, repleto de tatuajes y que poco hablaba. Se ocupaba exclusivamente en recoger el vaso de Jacob cuando estaba vacío y volver a llenarlo de cerveza, sin siquiera preguntarle. Y aunque esto estaba más que bien para él, apenas tenía un par de monedas, y no estaba seguro cómo iba a hacer para pagar. Pero bueno, una vez ebrio todo se solucionará por sí solo, como siempre. ¡Salud!
Poco tiempo después llegó a la cabaña un grupo de unas 10 personas. El robótico barman pareció esbozar una leve sonrisa cuando lo saludaron. A pesar de tanto tiempo completamente aislado de las personas, Jacob ni se inmutó con la llegada del grupo. Su único interés era su fría y deliciosa cerveza. Su cabeza ya daba vueltas, sus cachetes estaban entumecidos y su corazón lleno de felicidad y optimismo. Grace apenas se asomaba borrosa por su mente. Qué estúpido había sido al dejar de beber durante tanto tiempo, volvió a pensar. Y mientras su embriagado espíritu paseaba por el mundo de las ensoñaciones, un tipo se sentó a su lado y pidió un trago.
-Mi nombre es Tommy, mucho gusto-
-Jacob-
-¿Qué te trae a este pedazo de nada en medio de la nada, Jacob?-
-mmm no estoy muy seguro, pero creo que la cerveza-
Aquellas fueron las primeras palabras que intercambiaron. El momento en que sus espíritus entraron en contacto por primera vez, y aquella interacción sería el inicio de una realidad que cambiaría para siempre sus vidas, y el mundo entero.
Tommy lo invitó a sentarse con su grupo, lo cual Jacob aceptó, más que nada esperando que pudieran ayudarle a pagar la cuenta. En ese momento ya estaba bastante ebrio y había olvidado por completo que su propósito inicial era buscar a Grace, pero se sentía bien. Todo le importaba tan poco, y solo quería más cerveza. Con la mirada borrosa e inquieta, pudo contar algo así como 6 mujeres y 4 hombres en la mesa. Pensó que todas las viejas tenían más tetas que su novia y se sintió triste. Mucho más triste de lo que ameritaba aquella realización. La gente reía y se interesaban en él y en cómo había terminado en aquel lugar. El ruido, la pola, el calor y la melancolía fueron demasiado y tuvo que salir corriendo de allí a vomitar en la playa. Tommy salió tras de él.
Allí, afuera, bajo un sin fin de estrellas, Jacob rompió en llanto y se dejó caer en los brazos de aquel desconocido. No pensaba en nada en particular, simplemente sentía su alma incendiarse.
En la infinita oscuridad de una agobiante incertidumbre, de boca de Tommy, Jacob conoció el estado actual del mundo y la humanidad. La misma información que Grace había recibido a orillas del mar aquella noche, y aunque poco lo impactó la noticia, sintió un súbito cambio en su interior de repente. Un cambio más espiritual que racional, que sin embargo trajo ideas claras y concisas a su mente. Como si el fin del mundo como lo conocía significase también el suyo, que sin duda era el caso. La ebriedad se esfumó por un instante, junto con su sentido de ser, y entendió que la vida era absolutamente nada y todo al mismo tiempo. Que él era insignificante, y aun así lo único que tenía en realidad. Que debía volver al bote y esperar a Grace, y en caso de ser necesario, salir a buscarla al día siguiente. Que no estaría nada mal si lograba chupar las tetas de alguna de las amigas de Tommy, y que los ojos de este se veían hermosos bajo la luz de la luna…
Ambos jóvenes entraron de nuevo al bar y por un par de horas bebieron y charlaron con los demás. Jacob se sintió raro de disfrutar de la compañía de otras personas. Algo de culpa y mucho pesar lo invadieron. Su corazón se arrugó y empezó a pensar exclusivamente en su novia. Entendió que, independientemente de lo que decidiera, el cariño que sentía hacia Grace era inmenso y absolutamente real, y fuera lo que fuera que tenía que pasar, debía dar la cara. Se merecía, cuando menos, eso.
Pero más allá de su deambular filosófico, tenía muy claro que la vida lo había puesto en ese momento y en ese lugar para que pudiera disfrutar, por lo menos un poco, después de tanta soledad y tanta confusión. Así que siguió conversando, conociendo a los demás, bebiendo fría cerveza y, más que nada, detallando cada movimiento de Tommy. Por la razón que fuera no podía despegar su mirada de él, y parecía que el sentimiento era recíproco. El cruce de sus miradas, tan fugaz, sacudió el planeta con brusquedad.
La forma en que hablaba con tanta gracia y naturalidad, su perpetua sonrisa y la calma que poseía, eran todos de admirar. Jacob sintió envidia y, por la razón que fuera, se lo hizo saber a Tommy. Éste lo miró algo sorprendido y luego rió a carcajadas. Meditó por unos pocos segundos y le dijo que si aceptaba acompañarlos, a él y los suyos, en una “misión” al día siguiente, le daría uno o dos consejos de cómo ser un poco más como él. Los demás miraron incrédulos a Tommy y él, simplemente, levantó su vaso y lo apuntó a Jacob, quién hizo lo mismo, como aceptando su propuesta. Bebieron un trago, y la cerveza se pudo escuchar pasar por sus gargantas del silencio sepulcral que habitaba el lugar en ese momento.
Algo terrible acababa de acontecer. Algo para lo que aquellos presentes en el bar, y el resto de la humanidad, no estaban, en absoluto, preparados.
Jacob regresó al bote cuando la luna y las estrellas se disponían a emprender su retirada. Confundido pero feliz, se tambaleó por la playa. Sintiendo una ligera brisa en su entumecido rostro, pensó en su nuevo amigo y sintió su interior refrescarse. Tristeza y alivio habitaron su mente cuando vio a Grace sentada en la proa del barco. Sonriente y con ojitos saltones, acariciaba a Frankenstein, quien descansaba sobre sus piernas, moviendo rítmicamente su larga cola negra.
-¡Hola!– gritó ella sonriente
-Hola-
-No sabes la falta que me hiciste-
-Tú a mí, amor-, respondió sin necesidad de mentir
-Ya sé a dónde debemos ir ahora-
-¿Ah, sí?, ¿a dónde?-
-¿Confías en mí?-
-Más que en nadie en este mundo-. No se sintió tan seguro de su respuesta esta vez.
-Entonces te lo diré cuando zarpemos-
Jacob sintió su corazón encogerse tras estas palabras. La realidad empezó a asentarse y el efecto bendito del licor a desvanecerse. Miró fijamente los ojos de su novia, quien parecía haber olvidado por completo lo mal que estaban las cosas entre ellos y ni se había inmutado con su estado de embriaguez. Estaba tan sorprendido como aterrado. Se fijó en el gato sobre su regazo, el bote bajo sus enormes nalgas, el mundo entero tras de ella, y Tommy y una infinidad de posibilidades a sus espaldas. Extrañamente decidido respondió:
-Está bien, baby, pero primero hay algo que debemos hacer acá-
Grace sonrió, quitó a Frankenstein de sus piernas y, pegando saltos como gacela, corrió a sus brazos. A su lugar seguro. A su hombre. A su hogar. Se abrazaron por varios minutos, con los ojos cerrados y los corazones abiertos. Quizás todo lo podían. Quizás esto sí era amor. Quizás…
Esa noche bailaron sin música en la playa e hicieron el amor bajo las estrellas. Hacía tanto que él no se sentía forzado y ella no se sentía abusada. Tal vez se debió a que habían decidido darse otra oportunidad, y recordaron por qué decidieron enfrentar juntos el fin del mundo, y no a la emoción de una nueva aventura o el aroma de Tommy, aun fresco en el aire. Pasaría mucho tiempo para que lo supieran con certeza.
Frankenstein los observó con recelo tendido sobre la arena, y sus pupilas se hicieron tan delgadas que casi desaparecieron. La luna, las estrellas y dos ojos verdes fijos en lo inexplicable, y más nada. Oscuridad infinita.
La mañana siguiente transcurrió tan rápida como calma, y justo cuando el sol se posicionaba en lo más alto del cielo y el calor era casi tan infernal como el porvenir de aquellos ambivalentes enamorados, se encontraron con Tommy y su grupo en el mismo bar donde habían bebido la noche anterior. Jacob presentó a Grace con algo de vergüenza. Grace saludó a todos con total tranquilidad, completamente ajena a la evidente chispa que ocupaba el espacio, siempre pequeño, entre Tommy y su novio. Una chispa tal que opacaba el calor del mismísimo sol.
Eran los mismos personajes de la noche anterior. Los mismos pero diferentes. Serios. Expectantes. Enguayabados. Excepto Tommy. Él estaba exactamente igual. Tan sonriente, seguro y enérgico como hacía unas horas. Tan hombre y tan niño. Mostró un gran interés por Grace inmediatamente. Tomó del brazo a su nuevo amigo y su novia y los llevó consigo a una pequeña mesa en una esquina del bar. Le sirvió un trago de ron a cada uno y le preguntó a ella sobre su vida y su filosofía. Reía y acariciaba el brazo de Grace, y preguntaba una y otra y otra cosa. Jacob, sorprendido, sintió celos empezar a cultivarse en sus entrañas, y se cuestionó si era él o ella quien se los provocaba. Bebió su ron para calmar sus preocupaciones y Tommy, quien llevaba varios minutos sin tan siquiera dirigirle una mirada, le sirvió otro al instante.
Brindaron los tres y bebieron sus tragos de un sorbo. Grace respondió alegre cada una de las preguntas del carismático extraño, y rió y se sintió feliz de ser parte de una nueva aventura con su novio, aunque su mente seguía fija en las palabras de aquel viejo de la noche anterior. Que el tiempo volara que el mundo entero los esperaba. Y, de repente, la peculiarmente inocente chica se excusó en plena conversación y dijo que iría a conocer un poco a los demás. Tommy, sin ninguna discreción, observó su culo alejarse lentamente.
-Vaya chica con la que diste-
-Sí-, respondió Jacob confundido, tras unos segundos en silencio.
-No sabría decirte si la sacaste del estadio más por sus ojos, su alegría o su culo-
-…-
-¿No has pensado nunca en compartirla, maldito degenerado?-
-Sí-, contestó Jacob inmediatamente y para sorpresa suya, y sintió su verga crecer y su interior arder apenas pronunció esas palabras.
-Quizás luego de la misión-, dijo Tommy con total y atípica seriedad.
Entonces abrazó a Jacob, quien se sacudió al sentir su tacto, sirvió otro trago para ambos y le dijo a todos que se reunieran en la mesa del centro del bar.
Llamó al barman de la otra noche, quien salió de algún hueco tras la barra, totalmente desarreglado, apenas usando bóxers y apestando a alcohol. Sus ojos estaban tan rojos que ardía solo verlos. Le regaló una leve sonrisa a Tommy, le entregó una tula y volvió, tambaleándose y maldiciendo, a su guarida. Tommy sacó 5 pistolas de la tula y las distribuyó entre los allí presentes, dando una a Jacob, quien intentó fingir tranquilidad al recibirla. Grace no tuvo que fingirla.
Repasó para todos el plan, y lo explicó en detalle por primera vez a Grace: robarían el banco del pueblo. Ella, junto a todos excepto Jacob, asintió sonriente. Tan dispuesta como siempre. Si su hombre la había invitado, entonces no había nada que preguntar. Tan mujer y tan niña.
Se pusieron de pie y, mientras se disponían a salir de la taberna, Jacob sintió una mano rozar su muslo. Sin poder ocultar su excitación giró la cabeza, y para decepción suya, vio que se trataba de una de las amigas de Tommy, quien le regalaba una sonrisa cómplice mientras pasaba a unos pocos centímetros de él. Una pelinegra flaquita de tetas grandes y ojos claros que no supo identificar. A fin de cuentas flaca y tetona era la norma entre las mujeres del grupo. Le guiñó un ojo y siguió su camino. La decepción de Jacob desapareció tras ver su culo. Tetas podía resistir. Culos, nunca.
Se quedó quieto mientras los demás salían del lugar, y observando las nalgas de esta nueva aparecida y las de su novia, se sintió terriblemente asustado. Ya no se reconocía. Era como si su mente se hubiese reseteado. ¿Qué putas estaba pasando? y ¿Por qué estaba convencido de que al salir de esa puerta lo esperaba el infierno mismo?
El banco era, por lejos, el edificio más moderno y seguro del pueblo, por no decir el único. Tommy le informó a Jacob y Grace cómo estaban funcionando las cosas en ese momento. La Gran Nación, quienes habían iniciado la guerra meses atrás, se había hecho con el control de esta parte del mundo, instaurando en diferentes pueblos y ciudades dominio absoluto. Aquel pequeño lugar sin nombre, en medio de la nada, era quizás su colonia más pequeña en la región, por lo cual el banco, a pesar de estar vigilado 24/7, era, por lo que habían podido averiguar tras semanas de inteligencia, de relativo fácil acceso. Allí se recolectaban los impuestos de todos los que vivían en la zona, hasta que un tren, tremendamente armado y asegurado, pasaba a recoger el dinero. Esto último lo habían averiguado por boca de algunos trabajadores del banco, quienes un par de veces a la semana se embriagaban en los bares locales y hablaban más de la cuenta, pues hasta ese día el tren no había pasado nunca. Sin embargo, se rumoraba que en cualquier momento la imponente máquina haría su primera parada. Por eso debían actuar inmediatamente. El objetivo era saquear por completo las bóvedas del lugar, devolver la mayor parte del dinero a los lugareños y, por supuesto, quedarse con una tajada del botín.
¿El plan en concreto?, bueno, eso no lo tenían tan claro. Lo cierto es que el grupo consistía de unos cuantos jóvenes rebeldes con aspiraciones de justicia y riqueza, y otros cuantos desparchados sin nada mejor que hacer con su tiempo, simplemente. Algunos tenían relativa experiencia como malandros y vándalos, pero ninguno era una verdadera mente criminal, así que simplemente entrarían allí con sus armas y, tratando de no matar a nadie -pues muchos de los guardias eran locales que simplemente habían aprovechado la oportunidad de trabajar allí en un momento en el que lo habían perdido todo-, tomar cada billete que les fuera posible.
Vaya plan, pensó Jacob, y empezó a arrepentirse de haber accedido a formar parte de aquello. Pero no podía demostrarlo. Esa no era una opción. No tenía claro a quién temía decepcionar; si a Tommy, Grace, la chica que le había picado el ojo, o a sí mismo, pero sabía que debía fingir tranquilidad y mostrar determinación. Todos los demás, incluida Grace, quien acababa de conocer al grupo, estaban visiblemente excitados e iracundos, ganosos de recuperar aquel dinero que, consideraban, les había sido robado a ellos y a los suyos, pero él, sencillamente, no sentía ninguna motivación por hacerlo más que para demostrarle, a quien fuera, que no estaba asustado. Entendía que cobrar impuestos era robar, claro, pero siempre lo había sido. Que quien se hiciera con esa plata fueran unos u otros le daba exactamente lo mismo. Pensó que podría estar más de acuerdo con el plan si simplemente se tratara de entrar allí, matar a todos los guardas e incendiar el lugar, pero sacudió la cabeza con fuerza, tratando de obligarse a dejar de pensar en eso. Sentía una terrible depresión y deseó que la guerra hubiese acabado con todo. Absolutamente todo. Quiso llorar, pero se contuvo. Apretó su pistola con fuerza y siguió a los demás, quienes ya se encaminaban hacia el banco.
Matar a aquel guardia pareció necesario en el momento para todos, pero Jacob sabía que lo había hecho por gusto más que por necesidad. Quizás no hacerlo sí hubiese significado el fracaso del plan, pero eso menos no podía importarle. Pensó, mientras la bala viajaba de su pistola a la cabeza de aquel pobre gordo y barbado viejo, que una celda o la muerte eran un final justo, tal vez el único final justo, para lo que hasta aquel momento había sido su vida, pero ya era demasiado tarde. Ver la sangre y los sesos volar por los aires produjo en su confundido organismo una curiosa sensación de placer, casi orgásmica, que le trajo una profunda paz, tan necesaria como inesperada. Junto con el guarda, pensó haber matado al joven romántico y sensible que creía ser, pero, para su mala suerte, nunca nadie muere hasta que muere. Y las excepciones no existen.
Mientras sus compañeros lo consolaban y animaban, él se sintió más vivo que nunca. Bebió de un sorbo el vaso de cerveza que descansaba frente a él y, arrojando una decena de billetes (su tajada del botín), pidió, sonriente, otro trago. Grace lo miró con lástima. Tommy, con orgullo. La chica delgada y tetona, con deseo. El mundo desolado que albergaba casi nada en ese momento, expectante.
Inmediatamente después de dividir las ganancias y beber un poco, toda la banda se separó, acordando reencontrarse tras la puesta del sol en una región apartada de la playa. Tommy se había comprometido a regresar el dinero a los lugareños en aquel lapso de tiempo. Jacob y Grace regresaron al bote, y tras un baño, se sentaron a jugar cartas mientras esperaban el atardecer.
Puesto que desconocían las reglas del póker, habían inventado las suyas propias, dignas de un juego de niños. Simplemente repartían manos de dos cartas y hacían sus apuestas iniciales, tras las cuales robaban una carta por turno, y dependiendo de lo que sacaban, o de la estrategia escogida por cada quien, subían o no sus apuestas, hasta tener 5 cartas cada uno. Ambos podían retirarse tras cualquier turno si no querían igualar la apuesta del otro. Las reglas eran, a pesar de su ignorancia, básicamente las mismas que las del póker, con la diferencia que en este caso el ganador era simplemente aquel cuya sumatoria de los valores de sus cartas fuera la más alta. J valía 11, Q 12, K 13 y As 1. Usualmente apostaban pescado, labores o penitencias sexuales, pero en esta ocasión, Grace tenía algo distinto en mente.
-Quiero que juguemos por promesas-
-Ja! Y ¿eso cómo funciona?-, preguntó Jacob, aún algo excitado por lo sucedido durante el asalto.
-Igual que siempre. Cada uno escoge una promesa que quiere que el otro le haga, y tras cada robo, le vamos añadiendo condiciones, o no, a dicha promesa-
Estas palabras trajeron de golpe a Jacob de regreso a la realidad, y presintiendo que algo trascendental estaba por suceder, respondió con calma.
-¿Vamos a jugar entonces con nuestra relación?-
-Y con nuestras vidas. Pero más que a jugar, vamos a ponerlas a prueba-
Grace estaba absolutamente seria desde el momento en que Jacob había disparado contra aquel guarda. Su corazón caótica y melancólicamente turbado. Su mente enfocada. El juego determinaría el resto de su vida, pero más importante para ella en ese momento, le permitiría saber definitivamente si se embarcaría en la próxima aventura junto al amor de su vida, o si debería volver a tirar la moneda y esperar cruzarse de nuevo con Delfo, el anciano místico, en su camino al mar, a la inmensurable nada.
-Muy bien-, dijo Jacob con una casi imperceptible sonrisa en su rostro –Acepto. Juguémonos la vida, entonces. O pongámosla a prueba, como dices-
-La vida es jugar, Jacob. Y si ya no crees eso, prefiero largarme de una vez por todas-, respondió Grace con fuego en sus ojos.
Jacob sintió terror tras esas palabras. El alma se le congeló. Sintió sus pies entumecerse y su corazón latir más y más rápido. En su estómago un vacío tan grande como el océano. Recordó por qué nadie era como ella y, decidido aunque aterrado, supo que fuera lo que fuera que estuviese en juego, debía ganar.
-Muy bien, juguemos-, respondió con total frialdad, mientras miraba fijamente los decididos ojos de su novia.
-¿Qué quieres que te prometa si ganas?-
-Total e incondicional fidelidad y compañía por el resto de tu vida-
-Por supuesto. Acepto-, respondió Grace, y pensó unos segundos antes de anunciar lo que quería.
–Yo quiero que me prometas acabar con mi vida apenas termine el juego… si gano, claro-
La estrategia de Grace había sido planeada de improviso. Desde que vio a Jacob matar al guardia del banco sabía que debía poner a prueba su relación, y que un juego de cartas sería la forma ideal de hacerlo, puesto que la voluntad de ambos saldría a la luz, pero no sabía en ese momento qué debía apostar, hasta que Jacob dijo lo que él quería.
En un principio su intención era pedir como premio algo que le garantizara el compromiso eterno de su novio, y juzgar las reacciones de él a lo largo del juego. Pero como Jacob precisamente había escogido aquello como su recompensa, para sorpresa suya, le había complicado y facilitado las cosas al mismo tiempo. Inmediatamente se le ocurrió entonces poner su propia vida en jueg y en manos de él. Jacob podría retirarse en cualquier momento y garantizar así librarse de ella de una vez por todas, y mientras tanto, durante la partida, ir sumando condiciones a su recompensa de compañía incondicional. Como se habían dado las cosas, la verdad indudablemente saldría a la luz y sellaría un amor eterno o la llevaría a su tumba, ambas posibles realidades con las que estaba completamente conforme. Ni tan siquiera por un instante se le pasó por la cabeza la posibilidad de que alguno de los dos incumpliera lo pactado, simplemente porque así era ella. Grace, la noble e ingenua. La bella e irremplazable.
En cambio, aun cuando se esforzó enormemente por mantener su cara de juego, Jacob estaba horrorizado por lo dicho por ella. Pensó, incredulamente, que lo que pondría sobre la mesa sería lo suficientemente valioso para sacar a Grace de sus dudas y, de ser posible, acabar con aquel estúpido juego antes de que empezara. Creía que ganaría antes de tan siquiera dar inicio a la primera ronda, pero se le había olvidado con quién estaba lidiando. Sonrió levemente, asustado por el actuar de su chica. Verdaderamente nunca dejaba de sorprenderlo. Y aunque inicialmente se propuso jugar la partida completa, al ver la seriedad en los ojos de Grace, un repentino hastío se apoderó de él, y para vergüenza suya, decidió que si el corazón se lo pedía, se retiraría. No tenía ninguna intención de matarla, claro, pero sabía que esta acción significaría el final definitivo de su relación, y a pesar suyo, esto lo tentaba un poco. Un poco más que un poco, si se era honesto.
Decidieron que robarían hasta tener 10 cartas cada uno esta vez por iniciativa de Jacob, quien temía inmensamente llegar al final del juego. Ambos robaron dos cartas en el primer turno. Jacob sacó un 7 y un 10, y Grace dos Ases (1).
-Bueno, ya tienes tu mano, ¿quieres seguir adelante con tu apuesta?-, preguntó él.
-Sí. Robemos la tercera carta-
Una J (11) para Jacob y un 4 para Grace.
-Quiero que antes de matarme cumplas conmigo todas las fantasía sexuales que te faltan por hacer-
-Yo quiero que nunca cuestiones ninguna de mis decisiones-
Ambos asintieron y volvieron a robar. 6 para Jacob. 5 para Grace.
-Dime por qué le disparaste a ese guardia, Jacob-
Le hervía la sangre cuando lo llamaba por su nombre.
-Porque había que hacerlo-
-No. Eso no es verdad-
-Nos habrían detenido si no lo hacía-, respondió irritado.
-Y eso, ¿qué importa? A ellos los puedes engañar pero a mí no. Yo sé que no podría importarte menos recuperar esa plata-
-¡Pero tampoco tenía ninguna intención de ir a prisión, Grace!-
-Ajá… quiero que antes de matarme y follarme, si es que eso aún hace parte de tus fantasías, me digas todo lo que tienes por decirme. Sin mentiras, como lo hacías antes-, dijo con la voz entrecortada, olvidando por un momento el objetivo de su ya confuso plan.
-Y yo que te calles cuando te lo pida y hasta que te permita volver a hablar-
Grace asintió con tristeza mientras una lágrima se deslizaba por su dulce rostro. El corazón de Jacob, oscuro y pequeño, tan duro como una piedra. Su ceño fruncido y sus ojos inexpresivos.
Volvieron a robar. Un 3 para cada uno.
-Tú mataste a tu mejor amiga. Yo maté a un cualquiera que nos apuntaba con un arma-
-Lo sé, amor-, Jacob sintió su corazón reblandecerse al oír estas palabras- pero tú no eres yo. Tú piensas y siempre has tenido un corazón bonito y una clara brújula moral, ¿no?-
-Tal vez no me conoces como crees-, respondió con un nudo en la garganta, consciente de que Grace tenía toda la razón. Como siempre.
-Todo va a estar bien, amor. Sea como sea, todo va a estar bien-
Robaron una vez más. Jacob una Q (12) y otro 5 para Grace, y ya tenían más de la mitad de las cartas.
-¡Quiero que me dejes, Grace, cuando no esté correspondiendo tu amor!-, gritó Jacob sin siquiera haber visto la carta que robó.
-¿No contradice eso tu recompensa principal?-, preguntó Grace extrañada.
-No. Solo la hace posible-
Ella sonrió con ternura mientras él miraba aparentemente avergonzado las cartas sobre la mesa.
-Está bien, mi vida. Y yo quiero que me abraces más fuerte que nunca y que tu aroma y la textura de tu piel sean lo último que me lleve de este mundo miserable-
Robaron cada uno una K (13).
-Dime cuál es la tal aventura en la que quieres que nos embarquemos al largarnos de este lugar-
-No me creerías-
-Dime-
-Pensarás que estoy loca-
-Eso nunca te ha detenido-
Ambos sonrieron.
-Iremos a una isla mágica, amor. A unos cuantos kilómetros al norte de aquí. De infinitas riquezas y cosas tan hermosas que ni siquiera podemos alcanzar a imaginar. Riquezas y bellezas que nadie más ha logrado encontrar-
-Claro…-
-jajaja, ya lo verás. O no… veremos cómo termina esto-
Siguieron robando en silencio hasta tener cada uno 10 cartas, y no añadieron ninguna otra condición hasta llegar a la décima.
-Muy bien, ¿algo último que quieras agregar?-, preguntó Jacob, quien temía dar por terminado el juego sin retirarse.
Grace notó su dubitación y le tomó la mano con ternura. Le dijo que lo amaba y él le respondió lo mismo. Y por supuesto que sí se amaban, aunque ambos en ese momento se cuestionaron exactamente qué significaba aquello. Entonces Grace puso sus cartas boca arriba sobre la mesa: As, As, 4, 5, 3, 5, K, 2, 10, As= 45.
-No me estoy retirando. Quiero que veas mi mano, y quiero que me muestres la tuya-, dijo con ternura maternal.
Jacob, pasmado, simplemente obedeció, y puso su mano sobre la mesa: 7, 10, J, 6, 3, Q, K, 8, 2, 9= 81.
-Quiero que cambiemos de manos-
-…-
-No te preocupes, cariño. Yo lo haré por ti-
Jacob no dijo una sola palabra, ni miró a su chica a los ojos. Se conformó simplemente con romper en llanto.
-Yo lo haré por ti, amor. Todo lo haré por ti. Ahora sí quiero pedirte una última cosa. Cuando gane, quiero que me mires a los ojos y me digas que eso es lo que querías. Y, Jacob, quiero ser la última persona a quien le quitas la vida-
El devastado Jacob alzó lentamente la cabeza y miró los ojitos cafés de su amada. Detuvo su llanto en seco, tomó una gigantesca bocanada de aire y suspiró. Pensó que de seguro aquella isla que mencionaba Grace no era otra cosa que un montículo de arena en medio de la nada, pero pensó también que absolutamente todo era eso: un montículo de arena en medio de la nada, y que los tesoros eran otra cosa. Los malditos tesoros.
-Yo quiero ser el que ponga la música en el camino de aquí a la supuesta isla. Y que te retires ahora, Grace. Se acabó el juego-
Y luego pensó que, tal vez, no volver a matar era mucho pedir, y que ser completamente honesto sin duda lo era.
Cuando se encontraron con los demás el cielo estaba despejado y el mar en calma. Un sinfín de estrellas adornaban la oscura noche. Jacob le preguntó a Grace qué decían las estrellas en ese momento, y ella, feliz y llena de vida, le respondió que todas estaban cuchicheando y riendo y no les podía entender. Besó su mejilla y le pidió que no tomara tanto esa noche. Él asintió y, tomándola de la mano, la llevó a donde Tommy.
Se saludaron y brindaron. Estaban todos allí. Hasta el malhumorado barman, y hasta él parecía sonreír. Tommy le preguntó a la pareja qué harían ahora, y en qué gastarían su parte del botín. Los invitó a quedarse con ellos. Tendrían que irse de su hogar, pues sin duda los empezarían a buscar a causa del robo, pero podrían unirse a ellos, y deambular por tierra y mar, ayudando un poco y festejando otro poco. Grace tuvo que contenerse para no interrumpirlo y rechazar su oferta. Tenía muy claro que debía cumplir lo prometido y ser absolutamente sumisa, así que se mordió el labio inferior y apretó los puños. Jacob agradeció la oferta, pero respondió que no sería posible. Que debían zarpar y hacer una cosa antes. Tommy sonrió y dijo que eso pensaba. Se dio media vuelta y caminó hasta una destartalada furgoneta parqueada a pocos metros de ellos. Sacó dos bolsas enormes y las tiro a los pies de Jacob y Grace. Ella las abrió cual niña chiquita en navidad y vio un par de botellones llenos de gasolina, algunas botellas de cerveza y licor, paquetes de cigarrillos, una batería para bote, comidas enlatadas y hasta un pequeño telescopio. Gritó de emoción y se abalanzó sobre Tommy, abrazándolo con fuerza. Jacob lo miró mientras abrazaba a su novia y asintió. Sus ojos aguados y su espíritu vivo.
–Así no tendrán que gastar sus ganancias en provisiones-
-No podemos únicamente beber alcohol, así que por lo menos tendremos que gastar una pequeña parte –
Rieron y se unieron a los demás, quienes conversaban tumbados en la arena alrededor de una fogata.
Grace se acostó temprano esa noche, no tanto por estar cansada, que sin duda lo estaba, sino más que nada porque no podía esperar a que amaneciera al día siguiente, cual niño esperando su cumpleaños. Jacob la acompañó al bote y volvió a la fiesta, y se encontró con que únicamente Tommy y la chica que le había picado el ojo en el bar seguían despiertos. Los demás yacían tendidos en la arena, soñando ya con la próxima aventura. Destapó una cerveza y se sentó con ellos frente a la fogata.
–Sabes, Jacob, Sara aquí tiene una deuda conmigo–
–Ah, ¿sí?–
–Sí. Verás, Sara tenía marido. Un tipo duro y musculoso. Bastante agraciado. Buen hombre cuando estaba de buenas pulgas, pero un auténtico diablo cuando bebía, ¿verdad Sara?–
–Diablo es poca cosa–
-¡Ja!, es cierto. El diablo por lo menos tiene clase. El caso es que el día 0, cuando el mundo cambió y se volvió de todos, Sara vino a buscarme, y como si el apocalipsis fuera cosa de todos los días, me pidió una sola cosa: que me hiciera cargo de él–
–¿Y, lo hiciste?–
–Claro, cómo decirle que no a esos ojitos-. Sara sonrió.
–El caso es que, desesperada, me prometió su exquisito cuerpecito como recompensa, y a decir verdad no tenía intención alguna de cobrarle. Pensaba que verla libre y feliz sería pago suficiente, pero lo cierto es que ahora, aquí bajo la luz de la luna y con tanta cerveza corriendo por mis venas, no puedo negar que la idea empieza a sonarme espléndidamente bien–
–Ya-, respondió Jacob torpemente deprimido, y le lanzó una mirada a Sara, quien tímida miraba al suelo.
–Pero, hay un pequeño problema. Por supuesto que puedo simplemente exigir lo pactado, pero desafortunadamente mi corazón es débil, como ya te habrás dado cuenta, y Sara… bueno, digamos que no soy su tipo. Tú, en cambio, la traes loca desde que te apareciste-, Jacob alzó la mirada a Tommy y una estúpida sonrisa se esbozó en su rostro.
–¡Jajaja, ey, amigo, no te emociones tanto. La cosa no es así de simple. Lo cierto es que sí quiero cobrar mi deuda-, Sara, sonrojada, no despegaba su mirada del suelo.
– Y, entonces, ¿a qué viene todo esto?–
–Bueno, colega, Sara, siempre tan viva, ha sabido jugar sus cartas, y pagará lo acordado únicamente si tú eres parte de ello-. Jacob lo miró a él y luego a ella, bebió un sorbo de cerveza y respondió:
–A por ello–
Sus tetas son lo único que Jacob recuerda de ella aquella noche. Tanto más grandes que las de su novia. De resto, al cerrar los ojos y tratar de visualizar lo que había quedado entre ellos tres y la luna, no ve otra cosa que el cuerpo de su amigo. Marcado y demacrado. Las cicatrices que adornaban su firme vientre le recordaban a las de Grace. Los roces que hubo entre ellos, intencionales para él, supieron erizar su piel más que las caricias de Sara. El orgasmo se sintió como una sentencia. El semen fue todo el moralismo que arropaba su alma, y salió disparado desocupando por completo su cuerpo. El fin del mundo no pasa más de una vez en la vida, pensó y aulló, celebrando, a la luna.
Desnudos, descansando sobre una manta, con Sara durmiendo entre los dos, Tommy habló:
-¿Sabes dónde queda la capital, Jacob?-
–No tengo ni idea–
–Bueno, averigua. Pero no es difícil llegar desde acá. Unos 200 km tierra adentro–
–Ok–
–Quiero que de hoy en un mes exactamente, nos encontremos allá–
-¿Y eso?-
–El banco central de la Gran Nación se encuentra allí, y allá es donde llegan los trenes con el dinero recogido de los bancos de toda la región. Asaltaremos el mismo tren que pasa por aquí, antes de que alcance su destino–
–Suena como mucho para nosotros, ¿no?–
Tommy giró la cabeza y clavó sus ojos en él.
–Ya nada es mucho para nadie, Jacob. Necesito que entiendas eso. Tu chica lo entiende-. Jacob asintió pensativo.
Tommy acompañó a su amigo de regreso al bote cuando el sol empezaba a asomar su cabeza en el horizonte. Jacob lo invitó a seguir, recordándole que habían hablado de compartir a Grace una vez terminada la misión.
–Jajaja, pues ya veo que no hablas por hablar, y no sabes cuánto admiro eso en las personas, pero dejémosla descansar. Les espera un largo día–
– Está bien. Ya luego será–
–Claro que sí–
Se abrazaron larga y tiernamente. Ambos sabían que volverían a verse, de una manera u otra, y aun así aquella despedida fue trágica y real. Lo que alcanzaron a llegar a ser, y la posibilidad de serlo todo, llegaba a su fin, aun así su historia apenas estuviera comenzando.
–Tommy, ahora tú me debes algo a mí–
–Ah, ¿sí?–
–Sí, recuerda lo que dijiste en el bar la noche que nos conocimos. Lo que me prometiste si te ayudaba con el robo–
–Lo recuerdo, amigo, pero dime, acaso ¿por qué te gustaría ser como yo? Creo que tal cual eres estás más que bien, Jacob–
–No. Quiero así sea un poco de tu valentía, tu tranquilidad, tu rebeldía. Tu libertad…–
–Mmm, ya veo. Escúchame entonces, degenerado, pues este será el único consejo que te daré, hoy y siempre–
–Muy bien–
–Cuando te folles a tu chica, disfrútalo como si el momento fuera lo único real, porque lo es. Cuando encuentres el tesoro que estás buscando y tu nombre se haga leyenda, celébralo como si la eternidad fuera un hecho, porque lo es–
Grace, quien había pasado toda la noche en vela a causa de la insoportable expectativa, haciendo honor a la comparación con un chaval esperando su cumpleaños, se levantó de la cama con los primeros rayos del sol y salió a dar un paseo por la orilla. Dando grandes zancadas, cantaba llena de alegría. Su inocente corazón le decía que la isla mágica no solo existía, sino que en ella encontraría todo lo que estaba buscando. La angustia, las dudas y el terrible presentimiento que nublaban su espíritu se disfrazaron de enfermiza felicidad.
En su camino se topó con una inmensa embarcación anclada en un pequeño muelle, de la cual bajaba un hombre vestido todo de blanco. Cómicamente elegante e indudablemente apuesto. Ingenua, se acercó a él, y fue en ese instante que la vida, inclemente aun ante el fin del mundo, le cambió a Abraham para siempre, aunque ese “siempre” sería más corto de lo que esperaba y, ciertamente, de lo que merecía.
-¡Hola!-, gritó Grace, y el mundo entero se detuvo para Abraham. Su pelo de colores y sus ojitos claros, brillantes como estrellas, lo paralizaron por completo. Aquellos muslos enormes lo llamaban a acampar en ellos, y sus pómulos prominentes y pecosos fueron como imanes para sus labios metálicos. –¡Eva, Eva, repoblemos juntos este triste mundo!-, gritó sin poder controlarse.
– ¡¿Qué?!, gritó Grace, –No te escucho-, y corrió, dichosa, a él.
–Hermosa señorita, parece usted un espejismo en este árido desierto-, dijo Abraham, tomando su mano y besándola.
–jaja, eres muy chistoso. ¿Quién eres, y qué haces por acá?–
–Mi nombre es Abraham, y he venido acá a servir a mi Patria-, entonó con fuerza esta última palabra.
–Vaya, y eso ¿qué quiere decir? jeje– preguntó Grace, algo apenada.
–El deber me llama, señorita. En estos tiempos de caos, hombres buenos son tan necesarios como el aire que respiramos y el agua que bebemos–
–Mmmm, bueno Abraham, pues entonces, en nombre del mundo te agradezco-, respondió Grace e hizo una torpe reverencia, –me gusta tu nombre, por cierto-, y le picó un ojo, antes de seguir, alegre, su camino por la playa.
–¡Señorita!, ¡¿cuál es su nombre?!-, gritó Abraham cuando Grace se había alejado apenas unos cuantos metros.
–¡Grace!–
Grace, pensó el joven capitán, ya volveremos a encontrarnos. Y vaya si tenía razón, trágicamente. Desconocía en ese momento, y para su mala suerte, que precisamente estaba en aquel pueblo en medio de la nada para encontrarla a ella, y llevarla, junto a sus camaradas, a ser ajusticiada en la ciudad capital. El resto de la tripulación empezó a desembarcar, mientras él observaba a aquel angelito alejarse brincando a lo largo de la playa, sorprendido de que la parte trasera fuera aun más majestuosa que la delantera.
Jacob y Grace zarparon cuando el sol se encontraba en la parte más alta de su recorrido. Nadie fue a despedirlos, aunque en lugares diferentes de la playa Johnny y Delfo -quien cargaba con ternura el osito de peluche de Grace- observaban el mar expectantes. Ella, alegre por su futuro inmediato, y el recuerdo del apuesto capitán apenas asomándose en algún rinconcito lejano de su mente, él, ansioso por volver a ver a Tommy, cuyo cuerpo desnudo podía ver dibujado en el agua. Frankenstein, tomando el sol, sintió sus bigotes templarse y alzó la cabeza, previendo la terrible tormenta que se avecinaba.
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