Hubo un tiempo en que el suelo estaba más cerca
y aun así dolía menos.
Las rodillas hablaban primero
y el corazón después.
Todo se resolvía con polvo en las manos
y una carrera más.
Algunas miradas bastaban
para construir historias completas
sin pruebas, sin certezas,
solo con imaginación suficiente.
El espejo no importaba demasiado,
aunque la raya en medio terminara pareciendo autopista.
Igual se salía.
Igual se vivía.
Las preguntas no pesaban,
los días no exigían explicaciones,
y la risa no necesitaba contexto.
Con el tiempo uno aprende muchas cosas.
Quizá demasiadas.
Pero hay algo que, cuando aparece,
nos recuerda que todavía sabemos
levantarnos
como si nada grave hubiera pasado.
— R.N.
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