El Naufragio de las Horas

El café aún estaba caliente sobre el escritorio y la rutina dictaba su curso monótono, cuando el aire se volvió denso. Fue una visita sin nombre, un mensajero del destino que soltó una bofetada de realidad en medio de mi ordenado refugio.

Me dijeron que ella, la que una vez fue mi único punto cardinal, ahora lleva un latido ajeno en su vientre. Que cruzará el océano para celebrar la vida en una tierra que ya no caminamos juntas. En ese instante, el silencio no fue ausencia de ruido, sino una inundación.

No sé qué rostro puse frente al espejo de los demás. No sé si mi máscara de cristal resistió el impacto o si mis ojos revelaron el incendio que acababa de estallar. Ahora camino por la oficina y por la vida con la elegancia de quien no ha perdido nada, administrándome el autoengaño como un placebo bendito.

Me miento con una disciplina aterradora. Me engaño para no aceptar que el pasado ha echado raíces en un cuerpo extraño y que su regreso no es un reencuentro, sino el punto final de una historia que mi piel se resistía a concluir.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS