Mi perro me inquieta, me mira tumbado en la cama mientras hago locuras en mi escritorio. No me mira. Me juzga, lo noto. Veo en sus ojos un alma humana, un pseudohombre juzgándome y eso me perturba y me excita. Luego se tumba con los ojos entrecerrados y hace ver que no entiende, que no sabe nada, pero me conoce y me juzga. Seguro. Lo noto. Qué friki. Siento un peso histórico, un alma atormentada del pasado que en esta vida ha renacido como vigilante, como guardián, como sombra. Una sombra alargada con el peso de los años, de los siglos, me vigila.
No es solo un perro, ojalá fuera solo un perro, pero no lo es, lo sé. Lo supe cuando lo adopté de pequeñito allí tirado junto a la basura aquella noche lluviosa, indefenso, empapado, con aquella brizna de voz, medio humana medio alarido, el lamento del desahuciado, del diferente, del sobrante, del otro. Me miró con aquellos ojos vivos, brillantes, cautivadores. Los ojos de un vidente, de un juez, que ven más allá y te devuelve una mirada juzgadora, reprochadora, a saber de qué, de esta vida o de la anterior, quizá de tu futura. Una mirada con rayos X que te analiza y te escanea hasta la última molécula de tu ser, una mirada perturbadora, inquisidora pero a la vez tierna y adorable que te engancha como una mala serie de mediodía para televisión. No te interesa, incluso te incomoda, pero te engancha sin saber por qué y le eres fiel. Mi perro lo sabía y me tenía comiendo de su mano y él de la mía desde el principio.
El día que Otto llegó a casa, mi marido me echó una descomunal bronca. Nunca habíamos discutido así, nunca habíamos tenido una reconciliación así. Me descolocó. Mi mundo tan seguro y con tanta proyección y futuro, se tambaleaba. ¿Por un perro? Era mi perro, nunca llegó a ser nuestro perro. Peor para él. Nunca entendí esos celos enfermizos suyos. No sé cómo sería cuando estaban los dos solos pero conmigo delante siempre era su burla, «Otto el nazi» le llamaba; decía que le favorecería un parche como a von Stauffenberg. “Menuda tontería”, pensé. El perro recibió su frialdad y desapego por lo que, cuando estábamos los tres, marcaba su preferencia, siempre a mi vera como un patito con su mamá, no me dejaba ni a sol ni a sombra. Aunque intentábamos que durmiera en la cocina, en una camita que le había preparado con mantas y almohadones, no siempre lo conseguíamos. Los tiros de los cazadores en época de caza lo complicaban mucho más. Se ponía histérico cuando los oía, corría como pollo sin cabeza por casa, ladrando y rascando el suelo como para esconderse. “Malos recuerdos de una vida pasada. Es un alma atormentada que vuelve a la vida en busca de venganza”, dijo mi amiga Flora al verle así. No sé, no creo en estas cosas pero ya se verá. Nada bueno se presagia en casa entre estos dos. Si mi marido me obliga a escoger entre él o el perro lo tendré difícil. Nunca habría pensado que algo así pudiera suceder, pero así eran las cosas.
Cuando se asustaba, en noches de tormenta o madrugadas de tiros de cazadores, mi bolita de pelo se refugiaba en mis brazos, se acurrucaba en mi cama buscando el auxilio y el calor de una madre, la que nunca tuvo, la que creyó heredar. Mi marido, asqueado, se levantaba renegando y se iba al sofá o a veces incluso se marchaba de casa y volvía al día siguiente. Se sentía muy amenazado por aquel peluche de cuatro patas. Yo sabía que la situación era cada vez más tensa y que pronto debería decidir, pero me hacía la loca; intentaba poner paz y ganarme a las dos partes por separado con caricias, comilonas y mimos. Cada vez que mi marido aparecía en casa, Otto se volvía más hostil, más arisco, refunfuñaba, ladraba, enseñaba los dientes como quien ve al demonio. Por su parte, mi marido le lanzaba improperios y algún puntapié. En ese ring, yo mediaba como árbitro entre boxeadores. Mi marido me detestaba, mi perro me miraba con prepotencia. La batalla entre los espaldas plateadas por conquistar el territorio, por conseguir una hembra. Era algo realmente dantesco, absurdo y desgarrador: Hombre y bestia por la bella y la bella por los dos.
Una noche de tormenta, mi marido y Otto discutieron, como siempre. Me fui a la cama con la esperanza de que amaneciera un día soleado y feliz, pero esa madrugada los disparos me despertaron. Era temporada alta de caza;, venían cazadores de los pueblos de alrededor y de lugares más lejanos atraídos por la riqueza de piezas que podían obtener en nuestros bosques. Un desperdicio, pobres animales. Maldito ego humano con su sed de sangre y colonización. Como el más primate de los primates, los humanos se daban puñetazos en su pecho de machote por estar en la punta de la pirámide de depredadores. Eso los que tenían armas, porque a pelo a ver quién ganaba, valientes. Me desperté sobresaltada por el ruido de los disparos tan cercanos y los ladridos de los perros que iban a por las presas para contentar a sus amos, como viles sirvientes traidores de su ser. Esos días los sufría, sentía el sufrimiento animal y olía la sangre en el viento. Madres sin sus crías, crías sin sus madres. Bambi maldita película que traumatizó a una generación entera y, aun así, el genocidio se repetía temporada tras temporada. Machos imbéciles con su necesidad de victoria, de ser reconocidos, admirados, alabados.. Toda esa maldita falocracia que afecta también a la naturaleza con los machos matando a sus crías para volver a beneficiarse a las hembras en celo. Como hacen los gatos salvajes y tantas otras especies. Macho cáncer. Ego estúpido de conquista de países, hembras o poder. Las víctimas, como siempre: mujeres, ancianos y niños, cuyos ojos su ego y lucha inútil cerraron y el mundo sigue andando. ¿Hasta cuándo?¿Para qué? Perro y marido bomba, mina.
Alguien aporreaba la puerta; era Emilio con Tucker en brazos. “Lo siento”. Me lo entregó como una entrega a los dioses, un sacrificio de paz. Ambos chorreaban; la tormenta, como lágrimas del cielo, fue testimonio de aquella desgracia. Tucker muerto por una bala perdida, qué bala perdida nunca se sabrá. El destino había devuelto a casa al ganador. Me enfundé mi chubasquero, cogí la pala del jardín y enterré a Tucker debajo del olivo de la entrada. Descansa en paz. Desconocido así de cariñoso y afable, mi marido me ayudó a quitarme la ropa mojada y a entrar en calor. Me ofreció una bebida intensa, espesa y caliente para reconfortarme. Macho invictus. Un espalda plateada golpeándose el pecho orgulloso y brabucón. El Pater familias.
Mientras me secaba el pelo, recordé a Tucker, sus ojos que me escrutaban en silencio mientras yo escribía a su lado mis locuras, mis venganzas, mis odios. Ese sabor de sangre seca en la boca, dejó negra mi alma. Mi mano temblorosa con vida propia tecleó algo. Entonces, lo entendí todo, Tucker, no me juzgaba, me advertía del sino fatal. Cuando me quise dar cuenta yacía en el suelo, aturdida, sorprendida de sentir mi corazón, con palpitar trabajoso, detenerse con mi último aliento.
Vi a Tucker “el atormentado” correr hacia mí.
Me fundí a negro mientras en el blanco de la pantalla parpadeaba el cursor detrás de la N de FIN.
@Carme Folch, 2026
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