El hombre sentado en un banco frente al mar miraba su teléfono móvil. De pronto un zumbido. Mensaje: «Ya estoy aquí». Su mujer llegó por la espalda protestando. «Venga hombre, deja eso. Hemos venido a relajarnos. Demos un paseo». El hombre frunció el ceño y se levantó pensando que de todas las mujeres del mundo se había cargado con la más pesada. Pronto terminaría todo y volvería la normalidad.
Su mujer le cogió el brazo y empezaron a caminar por el paseo marítimo. Hacía un día radiante de primavera y muchas parejas, como ellos, salían a disfrutar del sol y de la brisa marina para bajar las copiosas comidas que ofrecían los locales a pie de playa.
De pronto, alguien les adelantó corriendo y se oyó un grito. El hombre vio a su mujer, que forcejeaba con alguien, cuando soltó un grito agónico y calló al suelo empapada en un charco de su propia sangre. El agresor huyó con su bolso en una mano y una navaja en la otra que tiró en una alcantarilla, mientras se daba a la fuga. En el paseo todos se agolparon formando un gran círculo alrededor de la mujer. Gritos, llantos, todos hablaban entre ellos, con el marido que se quedó atónito al ver la escena que tenía a sus pies, mientras algunos intentaban socorrer a la mujer y llamaban a la policía y a la ambulancia que pronto hicieron acto de presencia. A los pocos minutos la escena estaba acordonada mientras los sanitarios recogían todo.
Cuando llegó el juez para levantar el cadáver ya oscurecía. El mundo oscureció y su vida se iluminó. Libre al fin. Envió un mensaje respondiendo el que había recibido horas antes «Pago realizado».
La prensa volvió a achacar a la inseguridad que hace tiempo azotaba a los municipios de costa ese robo con mala suerte que acabó en homicidio. «Las estadísticas crecen cada día y las autoridades, ¿Qué piensan hacer para que los turistas no huyan?”. Otro matrimonio roto por un puñado de euros.
@Carme Folch, 2026
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