Poema a Moncho

POR JOSE E DIAZ

Un día el río de Comayagua fue testigo callado,
cuando el destino escribió tu nombre en sus aguas claras;
allí, bajo el cielo abierto y dorado,
apareció un adolescente de mirada sincera y rara.

“Moncho me llamo”, dijo el muchacho,
con voz sencilla, sin orgullo ni miedo;
y en ese instante cambió el camino estrecho,
porque Dios ya había marcado su sendero.

Hijo del dolor y de la ausencia,
de una madre que su rostro no conoció,
cargó en silencio su inocencia
y con lágrimas su infancia forjó.

Pero el cielo vio su herida escondida,
y lo abrazó con propósito eterno;
Concebida lo acogió como vida,
como abrigo cálido en invierno.

Después de tanto sufrir en silencio,
la bendición llegó como amanecer;
Dios convirtió su lamento en comienzo
y su tristeza en fuerza para crecer.

Hoy su talento ya no está oculto,
brilla sirviendo con manos de bien;
levanta al caído, consuela al adulto,
y comparte esperanza también.

Moncho, elegido sin corona ni trono,
pero con corazón grande y fiel;
el río aún murmura tu tono
como eco vivo de Emanuel.

Que tu historia siga siendo testigo
de que el dolor no es final, sino escalón;
porque quien confía en Dios y en su abrigo,
transforma su herida en bendición.

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