Ya desde bien pequeños nos peleábamos. Nos dábamos patadas y puñetazos con todas nuestras fuerzas. Era mi hermano, con sus provocaciones, quien solía empezar las peleas y yo quien solía terminarlas en cuanto le veía en el suelo, hecho una bola. Me daba mucha pena verle así, tan cobarde, con tanto miedo. Y de pronto se me quitaban todas las ganas de pegar.
Entonces mi padre caía sobre mí. Yo era el mayor y, a sus ojos, el único culpable de la situación. Mientras me pegaba decía que le tenía envidia a mi hermano, que le odiaba, que todo lo que yo hacía era pecado. Pero nada de eso era cierto. Mi padre no paraba hasta que me veía sangrar. Y mi madre no hacía nada; solamente lloraba y consolaba a mi hermano.
Cuando por fin me dejaban, me escondía detrás del tronco grueso de una higuera que daba al campo donde solían pastar nuestras ovejas. Desde allí llamaba a Blanca, una oveja pequeña que teníamos, y ella venía y se acurrucaba junto a mí. Mientras la acariciaba, me decía a mí mismo que estaba orgulloso de haber sido tan valiente, tanto en la lucha como en el castigo. Solía imaginarme que un día nos atacaba un clan vecino y que era yo quien luchaba contra ellos y les vencía, salvando a mi familia.
Y luego estaba toda esa cuestión de Dios y del pecado. Ese Dios que mis padres veían y mi hermano, el muy pillo, fingía ver. Ese Dios al que había que hacer sacrificios para evitar que se enfadara. Sacrificios de lo mejor que nos daban la Tierra y los animales, quitándonos la comida de la boca para quemarla en su honor.
Era uno de esos días de sacrificios cuando vi pasar a mi hermano con un corderito en los hombros que me miraba igual que siempre me había mirado Blanca.
−Hermano, ¿a dónde vas con ese hijo de Blanca? −pregunté.
−¿A dónde crees? A sacrificarlo.
−No te atreverás.
−Es el mejor que tenemos. Los otros son más flacos. A Dios tenemos que darle lo mejor que recibimos −me miró con esa media sonrisa irónica que yo tanto odiaba−, ya lo sabes.
Yo ya tenía reunidos en una cesta los mejores frutos que la Tierra nos había dado en la última semana, así que la cogí y me fui detrás de él. Entré en el templo hecho una furia:
−Padre, no sacrifiquéis al hijo de Blanca, os lo suplico −grité desde la entrada.
Mientras yo hablaba, mi hermano se dirigió hacia el altarcito donde teníamos el cuchillo.
−Hijo, ya sabes que este es el mejor cordero que tenemos −respondió mi padre.
−Pero Blanca murió mientras lo paría. Tendríamos que criarlo en su lugar −respondí, temblando y sintiendo como si me saliera fuego del centro de mi cuerpo.
−Ya sabes que no puede ser.
Yo todavía estaba en la puerta, como congelado, cuando mi hermano hundió su cuchillo en el cuello del cordero y la sangre empezó a brotar. Mi padre sujetaba al animal.
Dejé la cesta, salí fuera y vomité. Me sentí mejor por un momento. Hasta que mi hermano salió por la puerta del templo.
−Caín, no puedes ser menos razonable −oí que me decía como desde muy lejos, aunque estuviera cerca y apoyara sus manos sobre mis hombros. Le correspondí poniendo mis manos sobre su cuello. Apreté, apreté y seguí apretando. Mientras, él pataleaba. Seguí apretando todavía un poco más cuando ya no se movía. Finalmente, le cogí por los sobacos y arrastré su cuerpo hasta el campo, hasta justo hasta detrás de la higuera. Había un silencio exagerado. Lo rompió la voz de mi padre, que debía de haber terminado ya de sacrificar el cordero.
−¡Caín! ¿Dónde estás?
Me acerqué lo más rápido que pude para evitar que entrara en el campo a buscarme.
−Dice Dios que no le satisface tu sacrificio. No le has dado los mejores frutos de la Tierra. Por cierto, ¿dónde está tu hermano?
−¿Acaso soy yo su guardián? −le respondí, tratando de ocultar el temblor de mi voz.
Él pareció comprender, y se dirigió hacia el campo. En cuanto le perdí de vista, eché a correr en la dirección opuesta. Esta vez, si me alcanzaba, me haría pedazos.
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