✨ El Rinconcito de los Recuerdos ✨

✨ El Rinconcito de los Recuerdos ✨

Marce

27/02/2026

🌿 Mi Segundo Recuerdo

Y ahí estábamos, una familia, palabra que nunca antes había escuchado y mucho menos había vivido.

Valeria, mi hermana mayor.

Laura, mi hermana del medio.

Alfonso, mi padre.

Y yo, Daela.

Era una nueva aventura. Algo nuevo que íbamos a empezar. Ninguno sabía qué vendría, cómo viviríamos o cómo lo afrontaríamos.

El dueño de la casa a la que llegamos se llamaba Francisco. Era una persona que nos recibió de una forma tan cálida, tan cariñosa. Era un amigo. Nunca había tenido una persona tan cercana.

Aquí, en este lugar, mi padre madrugaba todos los días e iba muy temprano a trabajar. Valeria era quien se encargaba de cocinar nuestros alimentos. Laura ayudaba a limpiar la casa y yo, siendo solo una niña, solo las veía. No me ponían a hacer nada mis hermanas.

La situación era muy complicada. Económicamente era muy, muy difícil. Mi padre trabajaba desde la mañana hasta la noche y, en ocasiones, no le alcanzaba el dinero ni siquiera para medio comer. Creo que muchas veces él mismo se quedaba con hambre para que nosotras pudiéramos comer.

Era una situación difícil, pero íbamos aprendiendo poco a poco. Así empezamos a contar el uno con el otro. Cuando nos dimos cuenta, sí… estábamos viviendo eso que le llamaban familia.

Laura seguía siendo esa hermosa niña que ya no era desconocida para Valeria y para mí. Ahora Laura era parte de nosotros. Ahora Laura era nuestra hermana.

Mi padre siempre tenía el rostro de una persona dura, severa. No solo el rostro, también sus actitudes y su forma de ser. Se le notaba una persona ruda.

Don Francisco era la persona más cercana a nosotras, incluso más que mi propio padre. Él se dedicaba a vender fritos y, como nuestra situación era tan mala, en ocasiones mi padre no lograba satisfacer lo suficiente el tema de los alimentos. Entonces don Francisco nos daba de su comida, de sus fritos. Era muy cercano.

Demasiado cercano.

En una ocasión iba al baño. Me dirigía hacia él mientras Laura, mi hermana, se bañaba. Pude ver cómo el señor, por medio de la cortina, observaba a mi hermana bañándose. La miraba de una forma distinta.

En otra ocasión nos pidió que nos acostáramos con él en su cama. Éramos niñas inocentes que no sabíamos nada. Fue el momento que aprovechó para tocar a mi hermana Laura, quien salió corriendo y disparada de esa habitación.

Nos dijo que si decíamos algo íbamos a tener problemas.

Guardamos silencio.

Mi padre tampoco era un hombre al que se le pudiera contar mucho. Era una persona que salía muy temprano y nunca nos brindó, en ese poco tiempo, una confianza. Más bien transmitía ese aire de hombre tosco.

Por miedo, y por no querer quedarnos sin un lugar donde vivir, callamos.

Y así pasaron los meses.

Vivíamos en esa habitación las tres hermanas, con dos colchonetas en el piso. Medio comíamos.

Pero estábamos juntas.

Poco a poco mi padre comenzó a llevarnos los domingos a la iglesia. Allí conocimos personas muy bonitas, personas que nos miraban diferente. Nos veían como las hijas de Alfonso, el hermano Alfonso.

Laura empezó a hacer parte del coro de niños en la iglesia. Aprendió a cantar. Se veía feliz.

Yo era la niña pequeña que todos observaban. Era curiosa.

Un día, mi padre nos presentó a una mujer. Era su pareja. Su nombre era Silvia.

Silvia era una mujer robusta, de tez oscura, alta, extrovertida. Aparentemente era una buena mujer. Tenía un hijo que tendría más o menos la edad de Valeria.

Al principio todo parecía normal. Entre mi padre y Silvia se entendieron muy bien y, en poco tiempo, nos mudamos de la casa de don Francisco a la casa de Silvia.

Fue un cambio brutal.

Ya había una persona mayor en casa. Ya había alguien que nos cuidara. Ya yo veía una mamá.

Sí, estaba mi hermana Valeria, quien era mi mamá y toda la vida iba a ser mi mamá. Pero con Silvia era algo diferente.

Al principio todo fue perfecto. Todo era muy bueno. Pero una vez comenzamos a vivir con ella, poco a poco fue mostrando quién era en realidad.

Las mejores comidas eran para su hijo.

Lo peor, para nosotras.

Su hijo tenía derecho a comer en la sala, dentro de la casa.

Nosotras, afuera.

De un momento a otro parecíamos sobrar en la vida de Silvia.

La única por quien se le notaba inclinación era por mi hermana Valeria. La peinaba, la maquillaba, incluso en ocasiones la vestía. Se le veía una preferencia clara.

Dejamos las experiencias amargas en la casa de don Francisco, pero llegamos a vivir nuevas experiencias difíciles en la casa de Silvia.

Y así continuó esta etapa de nuestra vida.

Aquí termina mi segundo recuerdo.

Pronto compartiré mi tercer recuerdo. 🌿✨

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS