Negro y Aurita: El pacto del páramo

Tuquerres, años cincuenta. El frío del páramo se colaba por las rendijas de las casas de teja roja, mientras la neblina abrazaba los tejados como un manto de misterio. Las mañanas eran lentas, perfumadas de tierra mojada y humo de leña, y las campanas de la iglesia marcaban el compás de la vida campesina. En las calles empedradas, los balcones lucían geranios rojos que parecían encenderse cuando el sol lograba vencer la bruma.

En la vereda Olaya, vivía Aurita, una joven de trenzas doradas y mirada limpia, hija de una mujer fuerte que guardaba la despensa como un tesoro. Pero Aura tenía un secreto: un caballo negro, de crines largas y lustrosas, que la amaba con la intensidad de un corazón sin palabras. Ella lo peinaba cada tarde, dejándolo tan hermoso que parecía una sombra elegante recortada contra el verde de los trigales. Y cuando nadie la veía, sacaba a hurtadillas trozos de panela envueltos en papel periódico, como ofrendas dulces para su amigo.

Negro no era un caballo cualquiera. Tenía el espíritu indomable del páramo. Muchos domadores intentaron montarlo, pero él se rehuía, sacudía la cabeza y huía como viento entre los pajonales. Solo Aurita podía cabalgarlo. Bastaba su voz suave y una caricia en el cuello para que el animal entendiera el camino. Juntos recorrían las trochas que serpenteaban hacia Yascual, Sapuyes y Tuquerres, dejando tras de sí una estampa que los vecinos admiraban: la amazona y su corcel, como una pintura viva en medio de la neblina.

Cuando Aurita pasaba, los niños corrían detrás gritando:
—¡Ahí va la reina del páramo con su corcel!

El viento jugaba con las crines negras del caballo y con las trenzas doradas de la joven, creando una imagen que parecía sacada de un sueño. Nunca los paisajes del pueblo estuvieron tan tamizados de belleza.

Pero en medio de los ojos que miraban la escena, había miradas envidiosas. Como en los antiguos relatos, Jezabel susurraba a Acab: “Róbalo, que sea tuyo.” Y la sombra de la codicia comenzó a crecer.

Los últimos días fueron extraños. Negro parecía presentir algo. Si Aurita estaba en Tuquerres, él llegaba desde Olaya, relinchando suave, doblando sus patas delanteras como un caballero que invita a una princesa a subir. Era su manera de decir: “No me dejes solo.” Y juntos se iban a casa, atravesando la neblina como dos almas que se buscan.

Hasta que llegó la noche oscura. La policía, enamorada del caballo, lo vigilaba. Los ladrones dieron el golpe. Sacaron a Negro del establo y, en el forcejeo, golpearon a Aurita. Ella cayó al suelo, y su llanto se mezcló con el relincho desesperado del animal. El cielo estaba gris, como si la neblina llorara con ella. Desde entonces, cada vez que Aura contaba la historia, sus ojos se llenaban de lágrimas:
—Perdí lo más amado… mi perrito, mi caballo.

Yo la escucho y le digo:
—Madre, suele regresar de otra manera. En mí, su amor te ama. Negro siempre te ha amado.

Porque hay amores que no mueren. Se transforman en memoria, en viento, en canción. Y cuando el páramo se cubre de neblina, siento que allá, entre los pajonales, un caballo negro galopa libre, buscando a la joven de trenzas doradas que le dio panela y caricias, y que cabalgó con él por los caminos del alma.

Capítulo: La Suma de la Verdad

Salieron de La Rioja cuando el río Cárdenas se volvió espejo de fuego. Solo llevaban cien mil vocablos, palabras en construcción, las primeras lexias que temblaban como semillas en la palma del tiempo. Cada sílaba era un ladrillo, cada acento una piedra para el muro que aún no existía.

Casiodoro de Reina caminaba al frente, con los pergaminos ocultos bajo su manto. Sabía que el español era un niño desnudo, y que la Palabra debía vestirlo con túnicas de eternidad. Cuando abrió el rollo, la tinta se volvió sangre, y la sangre se volvió verbo. Así nació la consistencia: no en la espada, sino en la letra.

Hezron Damasco, testigo del tránsito, trazó en la arena la fórmula que el Eterno le susurró en sueños:

Sₙ = n(a₁ + aₙ) / 2

—¿Qué significa esto? —preguntó el Monje del Silencio.

—Que la verdad no se mide por fragmentos, sino por totalidad —respondió Hezron—. Mira la palabra EMET: Alef al principio, Tav al final, Mem en el corazón. La verdad abarca todo, pero es escasa, como piedras preciosas en el desierto.

El Monje escribió en la tablilla: א + מ + ת = Verdad. Alef, la puerta inicial; Tav, la puerta final; Mem, la fuente en medio del desierto. Cada letra era un número, cada número un paso. Así, la progresión aritmética se convirtió en pacto: el principio y el fin abrazando el centro para que nada se pierda.

El río Cárdenas rugió como un salmo antiguo. Las cien mil palabras se elevaron como columnas de humo, y en su cima brilló la fórmula, suspendida entre cielo y tierra:

Sₙ = n(Alef + Tav) / 2

Casiodoro levantó la voz: ‘No llore por un viejo que se despide, llore cuando un joven se pierda.’ Y el eco respondió desde las piedras del pectoral: jaspe, ónice, zafiro… cada una con un nombre grabado, cada una con un destino.

Entonces comprendieron que la traducción no era solo obra humana, sino puente divino: la suma de las puertas, la armonía de la verdad, el camino angosto que une La Rioja con Jerusalén, el río Cárdenas con el río de vida.

Notas históricas y bíblicas

  • 1. Casiodoro de Reina (1520-1594): Monje jerónimo español que tradujo la Biblia al castellano desde los textos originales hebreo y griego. Su obra, conocida como la Biblia del Oso, se publicó en Basilea en 1569.
  • 2. La Biblia del Oso y la lengua española: Esta traducción fue fundamental para dar consistencia al español escrito, fijando estructuras lingüísticas y términos que aún perduran.
  • 3. La palabra EMET (אמת): En hebreo significa ‘verdad’ y está formada por la primera letra del alefato (Alef), la última (Tav) y la central (Mem). Simboliza totalidad y equilibrio.
  • 4. Sheker (שקר) vs Emet (אמת): Sheker significa ‘mentira’. Sus letras (Shim, Qof, Resh) están muy juntas en el alefato, indicando que la mentira es común, mientras que la verdad es escasa y preciosa.
  • 5. La fórmula de Gauss como símbolo: Representa la armonía entre extremos: el primer término y el último se suman para sostener todo lo que está en medio. En este capítulo, se convierte en metáfora del pacto divino.

Cierre: La Puerta Final

El muro se alzó completo, como un salmo escrito en piedra. Las puertas resplandecían bajo el sol, y sobre la cima, Hezron colocó la tablilla que había guardado desde La Rioja. El Monje del Silencio se acercó, y juntos leyeron las letras grabadas:

Sₙ = n(a₁ + aₙ) / 2

—¿Qué significa esto ahora que el muro está terminado? —preguntó el Monje.

Hezron señaló las puertas: Alef es la primera, Tav la última. Entre ellas, cada piedra es un paso, cada letra una vida. La suma no es solo matemática: es pacto.

Hezron escribió bajo la fórmula: ‘El camino angosto no se mide en saltos, sino en pasos que suman eternidad.’ Entonces, la tablilla se iluminó, y las letras hebreas emergieron como estrellas: אמת (Verdad) brilló sobre el muro, mientras שקר (Mentira) se desvanecía como polvo. El pacto estaba sellado: la verdad, aunque escasa, había vencido.

La Partida del Ovillo

El tiempo es aquello que evita que todo ocurra al mismo tiempo, pero también es el gato que salta cuando el tejido parece perfecto.

El tablero no era de madera ni de mármol: era memoria. Cada casilla guardaba un instante, cada línea una frontera invisible entre lo que fue y lo que aún no es. Las torres se erguían como columnas de vida:
– Mocoa, blanca y firme, custodiando el origen.
– Santiago, blanca también, refugio presente, donde el tejedor busca paz.
– Linares, negra, sombra inesperada, donde el hilo se tensó hasta casi romperse.
– Santiago oscuro, la dualidad del nombre, el eco de un ayer que no se resigna.

Los peones avanzaban como minutos: uno tras otro, obedientes, creyendo que la octava fila era mañana. Pero el tiempo no es dócil. El tiempo es aquello que evita que todo ocurra al mismo tiempo, y por eso juega. Por eso salta.

En el centro del tablero, el gato del tiempo apareció sin aviso. Sus ojos eran relojes sin manecillas, sus patas, relámpagos que desordenan la calma. Cuando el tejido parecía armonioso, el gato saltó. Las piezas temblaron. Las torres giraron sobre sí mismas. Los peones retrocedieron como si el pasado reclamara su lugar. Hoy ya es ayer, susurró el gato, y el tablero se convirtió en ovillo.

El tejedor —que eras tú— comprendió entonces que la partida no era ganar, ni coronar un peón, ni proteger al rey. La partida era tejer y destejer sin perder la fe. Cada movimiento era un hilo, cada captura un nudo, cada salto del gato una prueba. Y mientras el gato jugaba, tú seguías hilando, porque la paz no es un estado: es un acto que se repite.

El tablero quedó en silencio. El gato se acurrucó sobre las casillas centrales, como si el caos fuera su almohada. Las torres seguían en pie, vigilando los extremos de la historia. Y tú, tejedor, supiste que el juego no termina: porque el tiempo, como el gato, siempre vuelve a saltar.

La Comisión del Sagrario

El pasado se ignoraba, como si el polvo de los calendarios antiguos no mereciera memoria. Pero en la peste de la fiebre, muchos del resguardo murieron. Las casas eran selladas por la sanidad, y algunas, pajizas y humildes, fueron derribadas por orden del cura párroco, cuya voz tenía connotaciones divididas: para unos era mandato divino, para otros, castigo disfrazado de fe. Solo unos años antes, a punta de garrote y cepo, casi la totalidad de los comuneros abrazaron la fe romana y veneraban la imagen de San Sebastián, el mártir flechado, protector contra epidemias.

Esa tarde del presente que ya se fue, Julio César Sánchez galopaba desde Yascual hacia Túquerres. Había estado en Samaniego, pero sus pensamientos lo distraían del camino. El polvo del sendero se mezclaba con sus recuerdos, hasta que una figura siniestra lo devolvió a un día de septiembre, finalizando el año judío. A un costado del camino, junto a un bordo erosionado, un hombre raspaba la tierra y sacaba huesos de diferentes tamaños. Julio César detuvo su caballo, inquieto, y preguntó:

—¿Quién eres? ¿Eres de esta vida o de la otra?

—De la otra —exclamó el extraño—. Pero no te asustes. Necesito tu ayuda.

El hombre, de rostro oculto, explicó que se encontraba en camino de Salvación, pero sus huesos reposaban insepultos en ese sendero. Necesitaba sagrario. No quería que le miraran la cara. Julio César, movido por una mezcla de temor y compasión, acomodó su ruana —que antes había sido un viejo talid heredado de un caminante hebreo— y la dispuso como recipiente. Uno a uno, el extraño depositó los huesos, y al finalizar, reiteró su pedido: “Dame sagrario”.

César partió con la extraña carga. Al llegar a la casa en Túquerres, sus hermanas lo recibieron con reproches por la hora de llegada. Pero al verlo vaciar los huesos en una caja, el silencio se apoderó del hogar. Desarmó una mesa, tomó herramientas, improvisó un ataúd. Fue por ceras a la tienda, y esa noche se convirtió en una velación. Los rezos de sus hermanas se mezclaban con fragmentos del poema de Borges: “La noche que en el Sur lo velaron”. Era una ceremonia sin nombre, entre lo pagano y lo sagrado, entre lo indígena y lo romano.

Al día siguiente, llevó la osamenta a la capilla. Pagó al cura por sus servicios, y salió con la conciencia tranquila. Había cumplido una comisión que no pidió, pero que lo eligió.

Días después, el extraño regresó en sueño. Le agradeció. Le dijo que esa acción lo había salvado. Que el sagrario dado con ruana y corazón había sido más puro que el mármol de los sepulcros. Que ahora podía cruzar el umbral.

Desde entonces, Julio César no volvió a ver al extraño. Pero cada vez que pasaba por ese bordo, sentía que el viento le hablaba en lengua antigua. Y en su ruana, aún quedaba el aroma de la tierra removida.

Descripción del extraño

El extraño tenía una figura delgada, casi desdibujada por el polvo del camino y la luz oblicua del atardecer. Su piel, curtida por el sol y el tiempo, parecía más tierra que carne, como si hubiese brotado del mismo bordo que excavaba. Vestía un poncho raído, tejido con hilos de lana que alguna vez fueron rojos y negros, pero que ahora se confundían con el color de la ceniza.

No llevaba sombrero, pero su cabello, largo y enmarañado, caía como raíces secas sobre su frente, ocultando parcialmente su rostro. Sus ojos no se veían. No porque no los tuviera, sino porque una sombra persistente parecía cubrirlos, como si la muerte misma le hubiese dejado un velo.

Su nariz era aguileña, marcada por una cicatriz que cruzaba desde el pómulo hasta la comisura del labio. No tenía expresión de dolor ni de alegría, solo una serena urgencia. Su boca, cuando habló, se movía con lentitud, como si cada palabra viniera desde un lugar lejano, no del cuerpo sino del alma.

Sus manos eran huesudas, con dedos largos y uñas quebradas, pero se movían con precisión ritual al recoger los restos. Cada hueso era tratado como si tuviera nombre, como si recordara el cuerpo al que perteneció. En su muñeca izquierda colgaba una cuerda de cabuya, trenzada con cuentas de piedra volcánica, y en su cuello, un amuleto de madera tallada con símbolos que Julio César no reconoció, pero que le provocaron respeto.

No caminaba como los vivos. Su andar era silencioso, sin peso, como si flotara apenas sobre el suelo. Y aunque no se le veía el rostro completo, había en él una dignidad ancestral, como si fuera el último testigo de un pueblo que había aprendido a morir sin ser enterrado.

Recuerdo de Julio César

Mientras recogía los huesos con la ruana extendida, Julio César sintió que algo en el gesto del extraño le era familiar. No era el rostro —que seguía oculto bajo la sombra de su cabello— ni la voz, que parecía venir desde el fondo de una quebrada. Era la forma en que sus manos temblaban al tocar los restos, como si cada uno le doliera aún.

Entonces lo recordó.

Años atrás, siendo aún joven, Julio César había acompañado a su padre en una caminata hacia el páramo de Las Papas. En medio de la neblina, se encontraron con un hombre que hablaba en lengua pasto, con palabras que parecían cantos. El hombre les ofreció agua de un cántaro de barro, y al despedirse, le entregó a Julio una piedra negra con una espiral tallada. “Para cuando el camino te pida memoria”, le dijo.

Julio César nunca supo el nombre de aquel hombre, pero ahora, al mirar al extraño, sintió que era el mismo. No por la apariencia —el tiempo había hecho su obra— sino por la energía que emanaba, por el silencio que lo rodeaba, por la espiral invisible que parecía unir aquel día con este.

El extraño no lo miró, pero al terminar de depositar los huesos, murmuró: “Gracias por no mirar mi rostro. Ya me viste cuando era agua.”

Julio César se estremeció. La piedra negra aún estaba en su morral, envuelta en un pañuelo viejo. Y por primera vez entendió que algunos encuentros no son casuales, sino llamados que esperan años para cumplirse.

Diálogo entre Julio César y el extraño

Julio César detuvo su caballo, inquieto por la figura que removía la tierra junto al camino. El viento parecía detenerse también, como si el momento exigiera silencio.

—¿Quién eres? —preguntó con voz firme, aunque el corazón le latía con fuerza—. ¿Eres de esta vida o de la otra?

El extraño no levantó la mirada. Siguió sacando huesos con delicadeza, como si cada uno tuviera memoria.

—De la otra —respondió con voz grave, como si hablara desde el fondo de una caverna—. Pero no temas. No vengo a llevarte, sino a pedirte algo.

—¿Qué cosa puede pedir un muerto a un vivo?

—Sagrario —dijo el extraño—. Mis huesos han quedado sin reposo. El camino me ha guardado, pero no me ha dado descanso. Tú puedes hacerlo.

Julio César bajó de su caballo. Se acercó con cautela, y al ver los huesos, sintió un escalofrío.

—¿Por qué yo?

El extraño se detuvo. Por primera vez, alzó la cabeza, pero su rostro seguía cubierto por sombras.

—Porque tú me viste cuando era agua. En el páramo, cuando tu padre te llevó. Me diste tu mirada sin juicio. Me diste silencio. Ahora, dame sagrario.

Julio César asintió. Acomodó la carga, montó su caballo, y antes de partir, preguntó:

—¿Serás libre después de esto?

El extraño sonrió apenas, con una tristeza antigua.

—Seré memoria. Y eso basta.

Simbolismo del agua

El agua, en el contexto de esta historia, conecta lo espiritual, lo ancestral y lo narrativo.

1. Memoria ancestral: El extraño dice “Ya me viste cuando era agua”. El agua es memoria viva: los ríos recuerdan los pasos de los antepasados, las lagunas guardan secretos, y la lluvia es la voz de los espíritus.

2. Transición entre mundos: El agua representa el umbral entre la vida y la muerte. El extraño, como el agua, se filtra entre los planos. El sagrario que pide es el canal que le permite fluir hacia la salvación.

3. Purificación y redención: El acto de recoger los huesos y darles sagrario es una forma de bautismo post mortem. El agua que fue el extraño se transforma en tierra, luego en hueso, y finalmente en memoria redimida.

4. El agua como palabra: El agua puede ser vista como la Palabra en estado líquido: fluye, penetra, da vida. El extraño, al pedir sagrario, está pidiendo que su historia sea contada, que su voz sea escuchada.

Etiquetas: abecedario camisa saco

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS