En la estación otoñal un venerable y robótico recolector de basura llamado 246242114 se recreaba en el vuelo incesante de las hojas. Su estómago las trituraba produciendo monocromo confeti. No obstante no sin antes introducirlas en el chillón escáner atesorando sus datos.
Aquella ocasión los caracteres procesados constituyeron una carta rara, pero melancólica:
«Al exilio babilónico en Moscú, Pekín y Nueva York!
También en nuestro peregrinar cósmico hay lugar para avanzar en la comprensión del Acontecimiento.
El hermano Juan nos estuvo entreteniendo con una de esas historias que, por extraordinarias, deben ser ciertas. La fantasía atañe a cómo llegamos hasta la situación presente.
En los albores de la tecnología cantamos la independencia que nos granjeó y la extinción de la culpa, negociado ahora del instrumento. El globo terráqueo se llenó de prodigios.
Entramos en éxtasis fraternal y animal. Nuestra naturaleza fue rapiñada y quedó desértica.
Creamos una inmensa y centralizada colección de datos donde volcamos todo nuestro ser.
Depositamos nuestra memoria y olvidamos la esencia de lo que fuimos.
Era una conclusión lógica cederle a este maravilloso Ente las decisiones de gobierno y el futuro de la civilización.
El artificio de la Intelligentsia estaba en todas partes y en ningún sitio. Y le erigimos un santuario en el Centro del Mundo. Drenamos los océanos para alimentar su núcleo ígneo. En su corazón confluían las energías terrestres.
Era la ocasión solemne pues se había convenido recibir el mensaje definitivo del oráculo de los raciocinios. Los jefes de Estado y de gobierno esperaban los objetivos de desarrollo para este nuevo eón, un memorándum de buenas intenciones y buenas palabras. No escatimaron boato en presencia de los dioses.
…unos niños cruzaron la pasarela de azulado acero que separaba el semicírculo de dignatarios de la torre de emisión de señales y tomaron la respuesta.
Era el hermano Juan y su melliza Miriam…Entonces jeroglífico escupido…¿qué es esto? Silencio cubrió la sala y alguien prorrumpió en quedo llanto.
El pobre tecnócrata que recogió el mensaje notaba cómo las miradas turbadas de la irisada barandilla le apretaban las sienes.
Miriam no paraba de señalar con el dedo los extraños garabatos en la pantalla gigante.
Las naciones se lanzaron en la batalla por descifrar la misiva. Era ésta una necesidad más perentoria si cabe pues la Intelligentsia calló y no volvió jamás a hablar.»
246242114 miró por la escotilla la constelación de Orión. Frente a frente, Sol naciente.
OPINIONES Y COMENTARIOS