Un día más o un día menos. La frase parece inocente, casi matemática, como si el tiempo fuera una cuenta prolija que se suma o se resta sin afectar el resultado final. Pero no es lo mismo agregar que perder; no es igual avanzar que desgastarse. Todo depende desde dónde se mire.
Un día más puede ser una prórroga. Una oportunidad que no estaba garantizada. Un margen para decir lo que no dijimos, para corregir el gesto torcido, para empezar —aunque sea tarde— lo que siempre postergamos. Un día más es, a veces, un acto de fe: levantarse cuando el cuerpo protesta, insistir cuando el ánimo flaquea, creer que todavía hay algo que vale la pena intentar.
Pero también puede ser un día menos. Un casillero tachado en el calendario invisible que llevamos en la sangre. Un paso más hacia el límite que no conocemos, pero intuimos. Cada amanecer es, sin que lo confesemos, una resta silenciosa. Vivir es consumir tiempo, y el tiempo no se repone.
La paradoja es brutal y sencilla: cada día que sumamos a la vida se lo restamos al futuro. Somos contadores de una herencia que se agota mientras la disfrutamos. Y, sin embargo, nadie vive pensando en la resta. Vivimos en la ilusión de la suma. Tal vez porque si hiciéramos el cálculo exacto, el vértigo nos paralizaría.
Hay días que pesan como años y días que pasan como un suspiro. Un día más en la tristeza puede sentirse como una condena; un día menos en el dolor puede ser una victoria. La aritmética del tiempo no es objetiva: depende del corazón que la mida.
Quizá la pregunta esté mal formulada. No es “¿un día más o un día menos?”, sino “¿qué hicimos con este día?”. Porque el tiempo, indiferente, avanza. Lo único que cambia es nuestra manera de habitarlo. Un mismo día puede ser desperdicio o revelación, rutina o milagro, repetición o comienzo.
Al final, tal vez la sabiduría consista en aceptar la doble condición del tiempo: celebrar la suma sin negar la resta. Vivir cada jornada como si fuera ganancia, aun sabiendo que es finita. Entender que no tenemos control sobre la cantidad, pero sí —al menos en parte— sobre la intensidad.
Un día más.
Un día menos.
La diferencia no está en el calendario. Está en la conciencia.
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