En aquel 1940, La Quebrada era un pueblo de silencios largos y calles de piedra que subían buscando el frío del páramo. Era un pueblo de fe recia y manos callosas, donde la vida se medía por las cosechas de café y el toque de queda de las ánimas. En ese entonces, el aire olía a leña quemada y a incienso, y nada ocurría sin que el cielo —o el cura— diera su permiso.
La noche en la casa parroquial no era oscura, era espesa; una negrura de brea que se metía por las rendijas de las puertas y asfixiaba las velas. El Padre Salomón Paolini ya no dormía. Su conciencia se había vuelto un nido de alacranes que le caminaban por el pecho, recordándole cada segundo el brillo metálico de aquellas lochas.
Todo empezó con un sacrilegio sonoro. Cuando el muchachito, con los dedos temblorosos por el hambre, tomó las monedas en la bandeja de las limosnas, las campanas de la iglesia —esas que necesitaban de tres hombres para moverse— repicaron solas. Un tañido seco, como de hueso roto, que alertó al cura. Salomón lo vio todo con ojos de azufre. La rabia, más vieja que su fe, se le escapó por la boca como una sentencia de hierro:
—“¡Que la tierra te desprecie y el agua te reclame, maldito seas!”— rugió.
Desde ese momento, el pueblo se volvió de piedra. La gente no caminaba, acechaba. Las viejas beatas lo seguían con ojos de vidrio y los hombres se apartaban al verlo pasar, dejando un rastro de juicios mudos que pesaban más que el plomo.
El muchacho, acorralado por el vacío, llegó al Puente de la Matilde. Antes de saltar, miró al cielo plomizo y soltó un susurro que detuvo el viento:
—“Trinidad Santísima, si el pan de tu mesa me fue negado, que al menos tu río me limpie el alma de esta maldición. Perdónenme, que el hambre no sabe de leyes.”
«El golpe contra el agua no sonó a río; sonó a dobles de campana de ánima que se escucharon en todo el pueblo.» ¡Tintín tan, tintín tan, tintín tan…!
-El muchachito se lanzó de cabeza dijo un testigo.
En los días que siguieron, la madre del joven, con los pies sangrando de tanto andar los conucos, buscaba al cura. No iba a reclamarle. Con una piedad que quemaba más que el odio, le llevaba paños de agua bendita y bebedizo de flores de azahar.
—“Beba, Padrecito,”— le decía con la voz rota, —“que la culpa es un fuego que no se apaga con rezos, y mi muchacho ya no tiene hambre ni frío.”
Pero el perdón de la madre era el peor de los castigos. Salomón veía cómo el pelo se le caía a mechones sobre el breviario y cómo su propia lengua se le anudaba, volviéndose un pedazo de cuero seco en su boca. Afuera, en la oscuridad, el cielo empezó a desgarrarse con ese estruendo de maderas viejas, anunciando que el alma del muchacho venía a cobrar, no con fuego, sino con una paz que terminaría por volverlo loco.
El insomnio del Padre Salomón no era humano; era una condena de ojos abiertos. Todas las madrugadas, cuando el frío que bajaba de la Teta Niquitao calaba hasta los huesos, el cura salía trastabillando hacia los conucos de la parroquia. Allí, entre las matas de café y el barro, se hincaba de rodillas, golpeándose el pecho y suplicando un perdón que se perdía en el viento. Su voz, antes potente desde el púlpito, ahora era un silbido quebrado que pedía clemencia a la tierra que él mismo había ordenado despreciar al muchacho.
Fue en una de esas noches de neblina cerrada cuando el cielo se rompió.
De pronto, un estruendo seco y violento bajó desde las cumbres. No era el trueno que precede a la lluvia, sino un sonido aterrador de cueros viejos siendo arrastrados por las nubes y palos de madera chocando entre sí, como si una procesión de carretas invisibles bajara desde el mismo firmamento. Los monaguillos, Pedro José y Enemecio, asomados por las ventanas de la casa parroquial, veían con espanto cómo los árboles se doblaban sin que hubiera brisa.
En medio de aquel alboroto celestial, una luz pálida se condensó frente al cura. Allí, suspendido sobre el surco del conuco, apareció el monaguillo. No tenía el rostro del ahogado, sino una serenidad que quemaba. El niño lo miró con una piedad infinita y soltó las palabras que desataron el nudo del alma de Salomón:
— “Padre Salomón, no llore más por mí… yo ya estoy salvo. El perdón del cielo es más grande que su rabia.”
Al oír aquello, el cura sintió que un rayo de hielo le atravesaba la nuca. El estruendo de los cueros cesó de golpe, dejando un silencio tan pesado que le reventó los sentidos. Salomón cayó redondo, «privado» sobre la tierra negra, con la mirada perdida en un limbo donde ya no alcanzaban las oraciones.
A la mañana siguiente, cuando Pedro José y Enemecio lo encontraron, el cura ya no tenía el pelo de antes; se le había caído por el terror y la culpa, dejando su cabeza lisa y fría como una piedra de río. Estaba mudo, con la lengua amarrada por un lazo invisible que ni el más sabio del pueblo podía desatar. Fue entonces cuando, en un último intento por salvarlo de la locura definitiva, mandaron a buscar a Don Medardo Briceño, el médico de Esdovas, para que trajera sus brebajes y rescatara al cura de esa muerte en vida.
Gracias a Don Medardo, el Padre Salomón volvió en sí, pero ya no era el hombre recio de antes, sino una sombra mansa.
Con sus propias manos, el Cura, levantó una capillita color esmeralda justo donde el muchacho se entregó al agua. La llamó la Capilla de la Cruz Verde. Y ahí está todavía. Si usted pasa por el Puente de la Matilde y siente que el pecho se le aprieta por una mala acción, bájese de la mula y compre una velita donde el Loco Antonio, ofrézcala por el perdón de los pecados y las ánimas benditas.

Porque en este pueblo sabemos que la misericordia es la única que nos salva de la locura.

OPINIONES Y COMENTARIOS