Me tope un día con mi ansiedad de bruces, me obligué a no mirarla pero tampoco a bajarle la mirada, una dualidad que me duró fracciones de segundos.
Me tuve que sentar en el cordón de la calle del bulevar como quien siente un acv emocional y contradictorio.
Traté de milímetrar todo lo leído, los podcasts de autoayuda escuchados, pero nada hacía de mediador entre ella y yo.
El gentío pasaba por al lado sin siquiera preguntarse si era una indigente, el tránsito ajetreado me tocaba bocina para que levante los pies…y mis zapatos canijos estaban anclados a la acera.
Mis manos comenzaron a sudar, yo cual parturienta inhalaba y exhalaba, contaba hasta diez y repetía «no me vas a ganar».
Traté de incorporarme y sentí que un abismo me consumia, mis manos se agarraron fuerte de ese murallon de adoquines en fila para no caer.
Y fue ahí que sentí alrededor mío una especie de abrazo sostenido y cuando pude darme vuelta el ronroneo, mientras su cabecita acariciaba mi espalda, de un minino tricolor me devolvió la calma…
OPINIONES Y COMENTARIOS