Emiliano Trespalacios amaneció con la algarabía del licor aún latiéndole en la sangre, bebiendo con otros amigos en el pueblo. La mañana era gris y fría, a pesar de que el verano había comenzado. Mientras algunos se alistaban para recibir la luz tibia del día, otros se preparaban para asistir a la misa dominical. El pueblo, dispuesto en forma circular alrededor de una cancha polvorienta, tenía al fondo la iglesia; a su alrededor, graneros, tiendas y cantinas que se distribuían casi a la misma distancia, como si custodiaran el centro de la vida comunitaria.
La mayoría de las personas vivía del trabajo diario en el cultivo de la tierra. Algunos laboraban en fincas, arreglando cercas, ordeñando vacas o encerrando terneros; otros subsistían de la pesca en el río que pasaba a pocos metros de la comunidad. Sin embargo, aquella mañana, la alegría de Emiliano —hombre jaranero, trabajador e incansable— desbordaba cualquier rutina. Estaba contento, enamorado de una muchacha recién llegada al pueblo. Llevaba dos días dándole al trago en la casa de sus padres. Se había separado de su mujer hacía algún tiempo, pero el amor había vuelto a tocarle la puerta, y él decidió abrir sin reservas.
En una de las esquinas de la plaza, la música retumbaba a todo volumen. Los bebedores gritaban y reían, celebrando cada estrofa que salía del parlante:
—«El hombre que trabaja y bebe, déjenlo gozar la vida»—
entonaban, mientras sostenían la cerveza helada entre los dedos. Era una parranda de amanecida que se negaba a morir con el fin de semana.
La mañana avanzaba y la neblina comenzaba a rasgarse bajo los primeros rayos del sol. Se acercaban las nueve: hora de la misa. Las mujeres barrieron los patios con premura; algunos buscaron agua en las represas; otros tomaban café o se vestían con esmero para recibir al cura.
—Ya llegó el padre de Juan José —anunció alguien—. Los está esperando en la iglesia.
Al llegar, el sacerdote escuchó el alboroto: música estridente y voces embriagadas. No le dio importancia al inicio. Se puso la sotana, respiró hondo y entró al templo. Todo fue dispuesto para iniciar el ritual religioso.
Afuera, el río corría en silencio, con un caudal manso, como si la vida aún fuera un paraíso de costumbres intactas. La misa comenzó, pero el bullicio atravesaba las paredes de la iglesia. El cura intentaba continuar con su prédica, aunque sabía que no era escuchado. Pidió silencio. Las señoras vestidas de blanco hablaron con los bebedores, pero no hubo acuerdo. La música siguió sonando.
Finalmente, el sacerdote salió a la calle. Se acercó al jolgorio y, con una mezcla de amabilidad y disgusto, pidió que bajaran el volumen. Nadie obedeció.
Emiliano, con la cabeza caliente de licor y entusiasmo, discutió con él:
—Vaya a dar su misa y déjenos gozar la parranda.
El cura se alebrestó. Gritó. Insultó. Y con ello no hizo más que levantar el polvo espeso de la rabia alicorada. Emiliano respondió. Estuvieron a punto de irse a los golpes. La gente intervino. Los separaron.
Pero el sacerdote, ya de pie, lanzó su sentencia:
—Tengo la esperanza de que este pueblo no perdure en el tiempo. Estoy seguro de que esta comunidad pagará por esta afrenta.
Las palabras cayeron como una sombra.
—Maldición de cura, muerte segura —murmuró alguien.
Desde entonces, el miedo se instaló en la cotidianidad. En las tiendas, en los cultivos, en las conversaciones al amanecer, no se hablaba de otra cosa. ¿Cómo vendría aquella rabia del destino?
Con el tiempo, nadie pudo soportar el peso de la amenaza. Temían que el río tomara represalias. Así, poco a poco, las familias comenzaron a marcharse. Cada hogar recogió sus pertenencias y partió hacia otras comunidades. En uno de aquellos días solitarios, llegó la muerte de Emiliano.
El pueblo empezó a vaciarse. De noche, su silencio era aterrador. Las cantinas callaron. Las tiendas cerraron sus puertas. La nostalgia caminaba sin prisa por las calles, pisando las varas secas del monte. Las voces de los niños desaparecieron de los patios. Los saludos de los campesinos se extinguieron.
Años después, no quedó nadie.
Entonces, el río se llevó parte del suelo. Solo permanecieron algunas paredes, casas medio caídas y el apocalipsis de la soledad. La comunidad desapareció, dejando apenas los vestigios de algo que un día fue.
Fredys Bravo Ortiz
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