El Señor de los Mares

“No hay mayor soledad que aquella que
se lleva en las alforjas del alma,
ni prisión más lúgubre que nuestra propia conciencia.”


I

Nunca aceptaría saber que soy un ser aborrecible. Mis actos -y así estoy convencido-, fueron hechos con la certeza de que los hice sin intención alguna de hacer daño, según las leyes del hombre y de que, por tanto, las consecuencias salieron fuera de mi conocimiento y, en particular de mi conciencia. Apuntada pues esta nota paso a referir lo que, a mi consideración, me exime de toda culpa.

-Ahora aquí, en tierra firme y habiendo pasado el tiempo necesario para sanar las heridas, doy cuenta precisa de lo que pasó en altamar en el barco en el que estuve enrolado durante treinta y ocho años, tres meses, y diecisiete días, y que llevó por nombre el de – El Señor de los mares. De los dichos de haberme embarcado para huir de la justicia doy acá precisa respuesta de que en ningún momento fuera esa la razón, ya que, como he dicho antes, mis leyes son las de la Palabra Escrita y mi único juez es mi Creador.

Mil novecientos cincuenta y ocho fue para mí el año crucial en mi existencia. Después de seis años de haberme casado, y teniendo a la vera treinta y dos años de vida finalmente, mi esposa y yo tuvimos una hija, pero además, como gracia del Señor, justo al día siguiente de nacida me llegó también el nombramiento de pastor de la iglesia, cargo que parecía habérseme negado y que, después de quince años, al fin obtuve. Pocas cosas antes de ese año habían llenado de felicidad mi camino; sin embargo, la alegría por mi hija nació velada, empañada por una sombra que no supe nombrar pero que ya latía en mis sienes. Al conocerla esa tarde, no me postré para dar gracias. Mis labios, movidos por un resorte antiguo y oscuro, solo murmuraban con la rítmica sequedad de un mantra: Porque eso sería una infamia, y una iniquidad castigada por los jueces… La niña era blanca, de una blancura que me hería los ojos, y mientras la observaba, el eco de Job me golpeaba el pecho como un tambor de guerra: …porque sería fuego que consume hasta el Abadón. En un levísimo parpadeo pude ver con claridad los ojos de aquella niña, el ojo derecho era azul como el limpio reflejo del alba y, el izquierdo, tan gris como las tardes que anuncian lluvia: Yo no oraba, yo reclamaba la justicia del fuego.

Nuestra casa se hallaba adjunta al templo, así pues, conocida mi hija, postrado de rodillas clamé al Señor para que diera respuesta a mi atribulado corazón y diera alivio a mi alma. Puntual al filo de las seis de la tarde, se presentó ante mí el viejo pastor que, a pesar de mis súplicas, había hecho oídos sordos para mí ascenso, a sabiendas de mi disposición y sobre todo, del cariño que por mi buen oficio, me había ganado entre los feligreses.

—¡Pastor! —exclamó tan solo verme—, la gracia de Dios ha tocado tus puertas. A la bendición de tu hija, anuncio ahora mismo el cargo que mereces. Agregó aquello con un gesto cordial e intentó darme un abrazo, pero yo ya no era un hombre; era una sentencia. Mientras sus brazos se extendían, en mi mente se desplegaba, con la frialdad de un pergamino antiguo, la advertencia del Rey Salomón: El que comete adulterio no tiene entendimiento; destruye su alma el que lo hace…

Benjamín Oropeza y Cid, el eterno guía, tenía esa gracia de decir las palabras justas, pero sobre todo, esa amabilidad en los gestos y ese amor en su sonrisa. Pero tras esa sonrisa, yo solo escuchaba el rugido de la Palabra: Heridas y vergüenza hallará, y su afrenta no se borrará…

Benjamín tenía la piel muy blanca y tenía también el ojo derecho azul y el izquierdo, gris, como tarde de tormenta. Al fijar mi vista en ese gris, el mantra de mi conciencia llegó a su clímax, justificando el rayo que estaba por caer: Porque los celos enfurecen al hombre, y no perdonará en el día de la venganza.»

II

Del templo —del que fui pastor apenas unos minutos— y de la casa —de la que fui padre apenas un día— quedaron tan solo las cenizas. El fuego, que todo lo purifica, hizo de aquellos maderos leña abrasadora. Mientras las rojas lenguas se llevaban al viejo Benjamín, a mi esposa y a la recién nacida, una voz gélida dictaba sentencia en mi oído: Si sabéis que Él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de Él… (Juan 1:2.29). Yo era, pues, un recién nacido en la justicia del fuego.

Caída ya la oscuridad, me deslicé sigiloso por veredas y caminos. Al alejarme, volví la vista atrás, como la mujer de Lot, y vi las llamas alzándose hacia el cielo. Un ensordecedor estrépito apagó las voces lejanas y dije entre mí: —Esa ha sido la casa.

Cuarenta noches anduve a ciegas y cuarenta días me escondí, con la tristeza y la ansiedad royéndome las entrañas, hasta alcanzar el ansiado puerto de Guaymas. Allí, entre la niebla, los barcos eran fantasmas que se mecían sobre el agua: gigantescos alcatraces con las artes de pesca recogidas y los tangones alzados como brazos de madera. De aquellos días, mis conocimientos eran apenas los de un hombre de tierra; identificaba la chimenea, la caseta de gobierno, y creía que la popa era la punta y la proa la cola.

Me acerqué a los muelles escuchando el chasquido de las estachas —esas gruesas cuerdas que mantienen sujetos los barcos— y el golpeteo metálico de los cascos al chocar entre sí. Aquellos camaroneros despertarían pronto para surcar las olas. Así fue como, después de tanto andar, me alcé de la tierra trepando por la cadena del ancla y me oculté en una de las bodegas de carga, entre el olor a pintura fresca y el rancio aroma de los aceites de motor.

¿Sustraído de la justicia? Digo ahora, pero ¿Cuál es esa justicia? Si es la del hombre, está visto que es errónea como el hombre mismo, y yo me apegué a la Palabra Escrita. Mientras el barco comenzaba a cabecear, alejándome de mis crímenes de tierra, el mantra volvía a sonar, justificando mi huida: El bueno alcanzará el favor del Señor, más Él condenará al hombre de malos designios… (Proverbios 12:2). Yo me sentía bueno; yo era el brazo de Su favor.

Muchas horas después de haber zarpado, en la lejanía de la costa, tras silenciosas arcadas y mareos eternos, decidí hacer frente al destino. ¿Qué más puede esperar de la vida un condenado? Me asomé a la cubierta, entregándome a la inmensidad del Señor de los Mares.

Injurias y amenazas se hicieron presentes. Amagos de echarme por la borda finalmente, la cordura de aquellos hombres endurecidos pero buenos. Bebí agua y después de dar descanso al estómago, pude llevar unos pocos bocadillos a la boca. Para entonces era ya de noche. Me acurruqué en una esquina cubriendo mi cuerpo con costales y redes y sogas.

El sonido rítmico del barco al caer de una ola a otra, el bamboleo que lleva mi cabeza, de un lado a otro. El cielo despejado con miles de estrellas estampadas en el firmamento, el crujir del barco, temeroso de partirse en pedazos, el ronco sonido de la máquina diésel que sigue llevándome lejos, muy lejos. Lloré el resto de la noche, quería hallar en aquel llanto y en medio de aquel silencio, no la virtud que había sido mi vida hasta la noche del fuego sino la redención de mis pecados y encontrar en ella, la redención del pecado mismo.

Al filo del alba se abrieron mis ojos, el calor de una taza de café abrió todos los otros sentidos. La voz del capitán dando vueltas y vueltas con órdenes para todos los tripulantes.

—Tú, dijo dirigiéndose a mí, a la cocina, agregó y señaló hacia donde estaba la cocina. Así fue como, El Señor de los mares, me dio la bienvenida.

III

Con puntualidad y presteza, ciega obediencia también. Convertí de manera sencilla el pan, el huevo, la sal, la levadura y el agua en exquisitos panes; pero además, hice de la limpieza un hábito y del orden, manantial de bonanza. Empaqueté cuidadosamente los peces y los productos que, ajenos al camarón, serían broza que volvería al mar. Hice de las horas de reposo, horas de amenas lecturas y celebrados cantos y extensas pláticas; sin embargo, al caer la noche me volvía a refugiar en un silencio que se iba prolongando hasta altas horas de la noche o bajas horas de la madrugada.

Ese sueño recurrente, envuelto en llamas, me despertaba empapado en sudor y con el pecho oprimido. Visualizaba maderos ígneos y el derrumbe de la techumbre, seguido por un grito ahogado —»¡Pastor, pastor!»— que parecía emerger de las profundidades del mar. Temblores y sollozos quedos me invadían, mientras mi cuerpo seguía el constante bamboleo de la nave. El bamboleo que, con el paso del tiempo (quizás fueron meses o años), me hizo ser más propio en mis acepciones; en vez de que todo fuera un vaivén informe, aprendí a llamarlo cabeceo cuando la proa se hundía, o arfada cuando el barco entero se elevaba y caía de forma vertical. Entendí el ritmo transversal y el balance, ese descenso y ascenso que sigue el compás del oleaje.

Aprendí también, a golpe de arcadas y mareos, que hay escoras a la buena y escoras a la mala; que son las inclinaciones que la embarcación hace desde la vertical hacia uno y otro lado. Las primeras son por voluntad del timón, y las segundas, según me dijeron, lo son por la fuerza ciega del viento. —¡Guiñada de rumbo! — me gritaba el capitán cuando el barco se desviaba de su estela.

Pero de todos estos movimientos había uno en particular que, en aquellos primeros días, era causa de inmensa ansiedad: ¡la ronza a sotavento! No era otra cosa que el desplazamiento lateral de la nave, empujada por el viento que soplaba desde barlovento, y que me hacía creer, en mis delirios, que el barco dejaría de avanzar hacia el olvido para emprender, de costado, el camino de regreso.

IV

El temor de volver al puerto, la ansiedad en la medida en que hacíamos el recalo. La visita de gaviotas, señal primera de la tierra prometida; las palmeras y las costas en la lejanía, la colorada visión de la playa y, por fin, el caserío. Guaymas, allí enfrente, a tiro de piedra. El capitán y la tripulación callados siempre, aceptando mi decisión de permanecer a bordo y sin jamás franquear la escala para pisar tierra.

De día, anónimo, mientras se hacían las reparaciones pertinentes a la nave, ayudando y pasando desapercibido en la limpieza de los pistones y la línea de ejes, en la revisión y remendado de las redes; la soldadura en mástiles y puntales, la pintura de la obra muerta y el calafateo de las maderas y juntas con estopa y resinas. A veces escondido si había inspección de despacho o presencia de autoridades, encerrado y atento en la limpieza de las sentinas o los tanques de agua dulce.

De noche, asomándome por la regala para ver a lo lejos las luces del puerto, escuchar en la lejanía alguna música perdida, algún grito, alguna voz humana distinta a la de la tripulación. Sabe Dios si alguna de esas veces, al paso de los años, sentí la ansiedad por una voz de mujer. Y el silencio eterno, roto por el choque de los costados de los barcos, el chirrido de las estachas tensándose bajo la tensión del borneo, el llanto lastimero en la memoria y las lenguas de fuego que jamás, ni una sola de las noches, dejaron de estar presentes.

La lenta marcha del tiempo bajo el cobijo del puerto hasta que, de nuevo, comenzaba la algarabía de preparar una nueva marea. La pesca del camarón estaba lista y, entonces, se inflamaba mi pecho ante el próximo zarpe. Año tras año, aquel fue el ritual en el que nos envolvía el sino. Los hombres y el capitán, silenciosos y prudentes por mi presencia. Quizás habían hecho algunas indagaciones acerca de mi persona, pero al estar tan lejos de mi pueblo no hallarían más que a un solitario y errante peregrino.

Y así fue lustro a lustro y década a década. Algunos marinos dejaron el rol de embarque, otros fueron enfermando o murieron en casa. Nuevos marinos se integraban y veían en mí tan solo al viejo huraño que jamás bajaba a tierra; pero también al maestro reparador del motor, al principal calafateador, al diestro artesano de redes y arboladura, al viejo experimentado para maniobrar estrobos y cadenas. El lector incansable de la Palabra y el Verbo, el de los cantos en plena maniobra de izado o durante el escandallo y clasificación de la pesca. Y a veces, por la gracia del mar, piloto y timonel de aquella barca.

V

Treinta y ocho años, tres meses y diecisiete días después de aquel primer embarque —hecho bajo la oscuridad y el silencio—, volvimos al puerto de Guaymas por última vez. El Señor de los Mares había llegado a su límite; era hora de hundirlo en un arrecife para que se hiciera coral. El capitán, tan viejo como yo, también se hundiría: él en un camastro, para mirar de tarde en tarde cómo los nuevos camaroneros se perdían en el horizonte.

A la sazón, mi vejez era ya notable. Tenía setenta años de edad, treinta y ocho de los cuales los había vivido bajo la sombra de la noche y en la soledad de aquel casco. Mi cuerpo era una delgadez extrema; mi andar, cabizbajo y encorvado; mis barbas, blancas y largas como estopa vieja.

En los últimos años, más de un marinero había ido soltando noticias sobre mí: mis lecturas, mis charlas, mi extraña manía por no pisar tierra. Hablaban de mi sabiduría, pero sobre todo de esa mirada que se perdía en el oleaje o que se volvía festiva ante el ímpetu de las tempestades. Recordaban mi regocijo al sentir la lluvia en la cara y en los cabellos, y mis cantos alegres mientras todos los demás se agazapaban y temblaban en la cuadra.

Desde los muelles, la gente se acercaba con animada curiosidad solo para conocerme; querían ver al viejo marino de las blancas barbas y mirada extraviada que se negaba al mundo. Así, finalmente, llegó la noche previa al día de decir adiós al Señor de los Mares.

—Sea lo que fuese que hayas vivido antes de tu llegada —me dijo el capitán, con esa sabiduría que solo dan las décadas de escudriñar el horizonte—, te has redimido con todos estos años de soledad. Has sabido ser un hombre bueno.

Agregó aquello y, por vez primera en treinta y ocho años, nos abrazamos. Sentí su piel curtida como el cuero de los cabos, pero mi alma no halló reposo. Mientras sus brazos me rodeaban, una voz antigua, un eco que no se apaga ni con toda el agua del océano, sentenciaba en mi mente: Honroso sea en todos, el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios... (Hebreos 13:4).

Bajé del barco igual que lo había hecho al subir: bajo el manto de la madrugada, deslizándome por la escala en silencio. Me escondí entre los noráis del muelle para mirar cómo partía el Señor de los Mares rumbo a su cementerio de coral. Me buscaron. Pude escuchar las voces de los que, hasta la tarde previa, habían sido mis últimos compañeros.

—¡Viejo! ¡Viejo! —gritaban al viento.

Allí comprendí que nunca, en todo aquel tiempo, les había dicho mi nombre. Yo no era un hombre para ellos; era solo una sombra de sal. Mis pasos fueron poco a poco llevándome de vuelta. Todo había cambiado: carreteras que jamás imaginé, ciudades extrañas en lo que alguna vez fueran pueblos abandonados. Pero yo caminaba ajeno a la modernidad, porque la cárcel de mi conciencia me dictaba el rumbo exacto hacia el terreno donde alguna vez ardió mi vida.

Allí se alzaba ahora un nuevo templo, también de madera de pino, oliendo a resina fresca. Era una réplica cruel del pasado, una bofetada de orden frente a mi caos de sal. Sentí de nuevo los maderos ígneos cayendo a mi diestra, el crujir del techo, el llanto de la recién nacida. Y, sobre todo, esa mirada de Benjamín Oropeza y Cid que jamás me abandonó: el ojo derecho azul como el alba y el izquierdo gris como tarde a punto de llover.

Comprendí entonces que mi marea no había terminado. Aquella vuelta al lugar donde ya nadie me conocía no era un regreso a casa para morir, sino una última misión de limpieza. Si el Señor juzgaría a los adúlteros, yo sería de nuevo Su mano de brea y fuego. La idea, la dulce idea que ahora latía en mi cabeza, era hallar finalmente reposo en la tumba, pero solo después de ver cómo este nuevo sagrario se convertía en ceniza.

Para eso, solo requería lo que mejor conocía después de treinta y ocho años de combatir las filtraciones del mar: un poco de estopa para las grietas, mis resinas más inflamables para las juntas y la llama purificadora de una sola cerilla.

© 2021 By Oscar Mtz. Molina

Nota del autor

«El Señor de los Mares nace de una pregunta: ¿puede el tiempo realmente lavar lo que la fe ha dictado como fuego? A través de esta historia, quise explorar la frontera donde la devoción se convierte en delirio y cómo el aislamiento del mar, lejos de ser un bálsamo, puede funcionar como una cápsula del tiempo para la culpa. Este cuento es un homenaje a la soledad de los hombres que, aunque dominan los elementos, son incapaces de gobernar sus propios fantasmas.»

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