Vive un fantasma en la esquina de mi habitación; todos los días hablamos sin parar como si fuera mi única compañía. Su tema favorito de conversación es pedirme que huya con él, pero siempre le digo que no porque mi familia no lo permitirá; ayer muy insistente en querer jugar a algo, acepté sin objeciones, ya que era costumbre para nosotros; me contó que una especie de monstruos invadieron nuestra casa y que era necesario protegerlo porque se lo llevarían lejos de mí. Sin renegar comencé a deshacerme de cada una de esas creaturas, aunque noté que tenían un parecido a mi familia, pero no me importó porque lo único que quería era hacer feliz a ese fantasma, terminó el juego y al poco tiempo la casa comenzó a llenarse de policias que pedían a gritos entrar, me asusté y mi única reacción fue correr hasta llegar a mi habitación, él estaba ahí, me decía que al fin podríamos escapar juntos porque ya no había nadie que se interpusiera en nuestro camino, me tomó de las manos para posarme frente a un espejo y decirme que gracias a mí ya éramos libres; mi apariencia era desagradable, mi ropa estaba teñida de sangre y ese fantasma que era mi mejor amigo no podía dejar de alegrarse por lo que había sucedido.

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