No me gusta hablar de robos, porque nombrarlos es concederles una segunda victoria. Sin embargo, debo confesar que he sido víctima del más perfecto de todos, del único crimen que deja huellas visibles pero sin sospechosos que puedan ser señalados con el dedo de la indignación.

No ocurrió en una sola noche. Nadie forzó cerraduras ni rompió ventanas. No hubo pasos furtivos ni respiraciones contenidas detrás de las cortinas. Fue, por el contrario, un saqueo lento, minucioso, de una paciencia casi divina. Los ladrones no tenían prisa, porque sabían que el tiempo trabajaba para ellos, y el tiempo es el cómplice más fiel que existe en este mundo de tres dimensiones y olvidos.

Se infiltraron en mí sin violencia. Primero, con una discreción apenas perceptible, comenzaron a borrar la elasticidad de mis movimientos. Luego, como quien cambia los muebles de una casa sin despertar al dueño, fueron sustituyendo la firmeza por el cansancio, la ligereza por un peso invisible que se instaló en mis huesos como un huésped definitivo. Nadie me avisó. Nadie gritó alarma.

Cuando quise darme cuenta, el robo ya estaba consumado.

¿Qué me robaron?

Me robaron el cuerpo.

El mío, el verdadero, el que corría sin permiso del aire, el que amanecía sin dolores, el que ignoraba la existencia misma de la palabra “lumbalgia”, como si fuese un idioma extranjero reservado para los derrotados. En su lugar me dejaron este otro, que cruje al levantarse, que protesta en silencio, que guarda en su espalda una punzada antigua como si fuese el recuerdo de una traición.

Me dejaron una cabeza donde el cabello ha emigrado en silencio, como una población que abandona un pueblo condenado. Los pocos sobrevivientes, convertidos en hilos de plata, se aferran con dignidad a la superficie, como soldados que se niegan a reconocer el final de la guerra. Porque no son canas —no—, son plata. Y la plata, incluso en su tristeza, conserva algo de nobleza.

Me dejaron un rostro donde las arrugas han escrito su propio idioma, un mapa de caminos que no recuerdo haber recorrido, pero que sin duda me pertenecen. Me dejaron un cuerpo más lento, más prudente, más consciente de su fragilidad, como si cada movimiento fuese ahora una negociación con el universo.

Lo hicieron sin odio. Lo hicieron con una eficiencia sobrenatural. Fue, sin duda, el robo más perfecto jamás cometido.

Y lo más inquietante es que nadie los persigue.

No hay cárceles para ellos. No hay jueces. No hay condenas.

Los ladrones siguen libres, caminando entre nosotros con el rostro invisible del tiempo.

Pero ignoran algo.

Ignoran que, en medio de este saqueo magistral, olvidaron lo único verdaderamente valioso.

No pudieron robarme el alma.

La siento intacta, incorruptible, respirando con la misma fuerza de cuando el mundo era nuevo y mi cuerpo no conocía el cansancio. Ella sigue caminando descalza por los corredores infinitos de lo que soy, indiferente al deterioro de la materia, intacta como una promesa que ni el tiempo se ha atrevido a profanar.

Que se queden con el cuerpo.

Es apenas la casa.

Yo sigo siendo el habitante.

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