Malditos hijos del porno

¿Alguien se imagina que su novio va a subir la escalerilla de incendios como Richard Gere en Pretty Woman para recuperar su amor? ¿O que van a besarse empapados en mitad de una tormenta como Ryan Gosling y Rachel McAdams en el Diario de Noah? ¿Verdad que no? Si una chica a día de hoy esperara eso de su novio, tal vez la tacharían de ingenua, clásica o puede que peor: el resultado de una sociedad patriarcal que le ha vendido un producto de romanticismo tóxico. 

Si queréis que os diga la verdad, yo ya estoy harta de tanta película en mi vida. En mi casa el televisor está cubierto con una sábana, no tengo conexión a internet ni redes sociales. Así lo decidí el día en que nació Sara, mi hija. Por desgracia ella ha tenido que vivir una infancia con una madre demasiado joven, viendo solo los dibujos y películas que yo seleccionaba. Bailamos, eso sí. Ponemos la radio y bailamos los sábados como locas, ella como si no hubiera un mañana, yo como si no hubiera un ayer del que escapar.

A veces, he invitado a bailar a hombres a casa, lo admito, he intentado que fueran pocos. Aunque a ellos no se les van las películas de la cabeza. Los ha habido de toda raza y pelaje. Al principio, tonta de mí, los buscaba fuertes. Ésos que marcan el paso y no te dejan echarte atrás. Luego estuve con artistas, de los que sienten la música más que tú y has de seguirle los pasos. También he bailado con hombres buenos, ésos que simulan con torpeza no conocer los pasos, pero saben lo que quieren en realidad. Da lo mismo, todos desean un final de película después del baile. 

Cuando se van de madrugada o por la mañana, Sara me pregunta si van a volver, la pobre nunca se ha quejado. Ella no lo entiende, pero tienen demasiadas películas metidas en la cabeza. En algunas de las que han visto hasta salgo yo, algunos me reconocen, otros no, pero todos se saben la escenografía y el guión. Por eso, decidí también tapar mi casa con una sábana, para que nadie nos viera durante algunos años por lo menos.

Mudarnos a una ciudad pequeña fue más difícil de lo que pensé en su momento. Las mujeres dicen que soy una “valiente” por criar yo sola a mi hija. Otras, no tan comprensivas, piensan que deben ayudar presentándome a algún hombre. Debo parecer una antipática, pero siempre tengo una excusa para no conocerlos. En el café en que trabajo ya siento sus ojos todos los días, esas miradas que imaginan películas conmigo detrás de la barra. Tengo que hacer ver que no me doy cuenta y sonreír a esos malditos hijos del porno. No sé si lo saben en realidad, eso me da igual. La única línea roja es que no se entere Sara.

Este año ha empezado su segundo curso en el instituto del barrio. Mi cuerpo todavía tiembla cada vez que la veo hablando en los corrillos con amigos aferrados a su teléfono cuando voy a recogerla. Sara es una buena chica, ni siquiera me ha pedido un móvil, sabe lo que pienso. Tal vez debería hablar con ella, no lo sé. Creo que le he metido mucho miedo en el cuerpo, debe estar hecha un lío. Veo cómo mira a los chicos con esa curiosidad culpable de la que no sabe si está bien lo que está sintiendo. En el camino de vuelta me cuenta que su amiga Carol se ha enamorado, me mira cautelosa para ver mi reacción, ambas reímos. 

Al menos nuestros sábados son como siempre. Hoy hemos hecho un desayuno digno de reinas. Con los cereales que le gustan y buena cosa de crema de cacao en las tostadas. “Some boys take a beautiful girl”, la música nos acompaña de fondo, “And hide her away from the rest of the world”, hoy la canción no suena igual, “I wanna be the one to walk in the Sun, Oh, girls, they wanna have fun”. 

Bailamos un rato mientras preparamos todo. Es tan divertida, a veces payasa, a veces sofisticada moviendo su cuerpo. Siento un extraño escalofrío cuando la miro. Parece algo más callada de lo habitual cuando comemos. No sé si es fuerte o ingenua, independiente o muy niña todavía. Tiene algo que contarme, pero no quiere decepcionarme. Lo sabía, la conozco muy bien. Dice que quiere invitar a un chico a casa esta tarde. Titubeo un poco, llevo tiempo aguardando un momento así, se me amontonan las ideas. Le hablo de la amistad y del amor, de los preservativos y todas esas cosas que repetimos las madres, ella se ríe, yo también, aunque algo nerviosa. Finalmente, le digo que no tiene nada de lo que avergonzarse, le pregunto quién es el chico. Dice que es solo un amigo, lo dudo bastante, se trata de Éric, el pequeño machito de tercero que suele llevar cazadora de cuero y sonrisa irresistible. Conozco a su padre de la puerta del instituto, por lo menos me mira con respeto, o eso parece. 

Bajo al súper a por algunas cosas para la merienda. De pronto me encuentro con la mirada de unos chicos que ríen en el pasillo de las bebidas. No estoy segura de si están escenificando una felación, prefiero ignorarlos, malditos hijos del porno. Siempre me digo a mí misma que hay que dejarlo correr, pero hoy no parece una impresión. En la sección de perfumería otras dos mujeres me miran de reojo. De pronto siento prisa por acabar la compra, los pasillos se estrechan. La cola en la caja se hace interminable, hasta las cajeras están más de guasa de lo normal. La respiración se aviva. Al salir, acelero el paso sin querer, mi pecho palpita y los pensamientos se arremolinan en mi cabeza. Cuando pasa eso, siento que vivo en una película de terror y no reflexiono bien lo que hago, parezco algo ida. 

Cuando regreso, me encuentro sin darme cuenta retocándome delante del espejo. Eres imbécil, me digo, solo porque viene el padre del amigo de tu hija. Pero voy en piloto automático. Debo fijarme en las partes y no en el todo. En los labios y el carmín, en la sombra y los párpados… Evito mirarme en conjunto, no lo soportaría. Sara parece contenta, va dando saltitos por casa al sonar el timbre. El padre de Éric no se extiende en la conversación, no entra a casa y apenas me ha mirado. Decididamente eres imbécil, pero respiro algo más tranquila. Los chicos pasan al cuarto de Sara, me aseguro de que dejan la puerta abierta. 

Sinceramente no esperaba que dos chavales de trece y quince años tuvieran tanto de qué hablar. Hace un buen rato que les llevé la merienda, no sé con qué pretexto volver a visitarles. Se escuchan risas de forma intermitente y algo de conversación. Tengo un libro en el regazo, pero en dos horas apenas he leído tres páginas. Nadie te cuenta cómo se siente una madre en un momento así. Durante unos minutos apenas les oigo, decido acercarme sin mayor pretexto que preguntarles si necesitan algo, no quiero ser una madre pesada. 

Mientras me aproximo por el pasillo a la habitación de Sara escucho de forma imprecisa el audio de algún tipo de vídeo en el móvil, debe ser el de Éric. Conforme quedan menos metros distingo con claridad lo que deben ser los jadeos y gruñidos de una escena de sexo ¡Lo que me faltaba! Malditos hijos del porno ¿es que no saben ver otra cosa? La ira enciende mi cuerpo, apremio el paso con energía dispuesta a pillarles sin el menor miramiento, pero algo me ralentiza. A medida que estoy más cerca me reconozco en los gemidos. El horror me paraliza. Tras unos segundos, solo atino a encerrarme en mi cuarto, como si una puerta fuera capaz de aislarme de la vergüenza. 

No sé cuánto tiempo pasó. Mi abdomen estaba agotado de tanto llanto, el día había oscurecido. Me pareció haber escuchado como la puerta del rellano se cerraba y mi hija se despedía del chico. Imbécil, imbécil, imbécil… Tenías que haber hablado antes con ella. Solo de pensar en lo que habría visto Sara, se me helaba el cuerpo. Pasó otro intervalo de tiempo indeterminado, hasta que ella dio unos golpecitos en la puerta apenas audibles. Pasó sin mi permiso al cuarto, la observé de reojo, pero no tuve el valor de mirarla a los ojos. Me encontró de espaldas, encogida en la cama. Noté su peso sobre mí y sus brazos buscándome debajo de las sábanas con un abrazo. Me giré para agarrarme a ella y no soltarla. Yo sé quién eres mamá, esos vídeos me dan igual, me dijo mientras su mejilla y la mía se apretaban. Lloramos y dormimos juntas toda la noche. 

Ya es domingo. Solemos pasear por el parque y tomar el sol, pero hoy Sara me encuentra dubitativa. Ella toma la delantera, prepara el desayuno y empieza a arreglarse. Cuando salimos del edificio toma mi mano, hacía años que no lo hacía. Entonces todos en la ciudad pueden reírse si quieren, los malditos hijos del porno pueden desnudarme hasta hartarse y Richard Gere puede guardarse el ramo de flores, la única película que importa camina a mi lado.

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