La leyenda del capulín (Parte final)

La leyenda del capulín (Parte final)

joel lozada

21/02/2026

La leyenda del capulín
Autor: Joel Lozada

Mis primeros recuerdos de Cañada Morelos se remontan al día en que llegamos para estar presentes en el velorio de mi tía Guadalupe. El frío horrible que cala los huesos en ese pueblo, el reloj del zócalo que tañía sus campanas cada cuarto de hora, los paseos en bicicleta bajo el sol quemante, la ausencia total de carne por ser semana santa y los jornaleros dedicados por completo a tomar pulque a falta de otro líquido, o de algo mejor qué hacer, el queso de aro, pero sobre todo, la prohibición terminante de acercarse de noche al capulín que se encontraba detrás de la casa de los encinos…

La voluntad de hierro distinguía a Don Aurelio. Su enorme deseo de vivir lo había salvado muchas veces, como en aquella ocasión en Tepeaca, cuando guarecido en el tiro de una mina, mantuvo a raya al enemigo mientras estaba herido de ambas piernas. O cuando la casa de su madre fue incendiada, según contaba su hermana Balbina, por un nahual que había entrado hasta la despensa y había tirado de un coletazo un quinqué de queroseno iniciando así el fuego, ocasión en que ayudado por un arnés improvisado, rescató de las llamas a su madre y a su hermana.
Así que entonces, no resultó extraño verlo repuesto y contraer nuevas nupcias una década después, con la joven Lourdes Juárez con quien paso casi cuatro años de feliz matrimonio hasta que un día su vida tomó un nuevo giro. Acostumbrado como estaba a las faenas del campo se retiró hasta las límites de uno de los arroyos que cruzaban sus tierras y que descienden del Pico de Orizaba, Varios riachuelos cruzan en tiempo de deshielo el pueblo de Cañada, a la orilla de aquel arroyo se encontró con un extraño, a quien sin mediar palabra y con total descortesía interrogó preguntando quién era , hacia dónde se dirigía y por qué cruzaba sin permiso sus tierras, a lo que el extraño sin elevar la mirada y entretenido con los arreos de su mulo respondió que se dirigía a La Favorita a recoger un difunto.
Aurelio temiendo lo peor, espoleó su cabalgadura y emprendió el regreso a la casa que halló por demás tranquila. Al subir a la recamara principal presenció la terrible escena de su honor pisoteado por aquella, su mujer, y su propio hijo. Temiendo la venganza de su marido, Doña Lourdes se arrojó por el balcón de la recámara. El joven Aurelio huyó y no fue encontrado hasta el día siguiente colgado de una rama del capulín del puente.
Aurelio, por primera vez en muchos años, se mostró agotado. Mientras asistía al sepelio le parecía escuchar el eco de los gritos publicando su deshonra y su tragedia, entonces, enloquecido, salió a las afueras del pueblo y con un hacha derribó, para después quemar, el árbol maldito.

En la tierra de Cañada que es árida y mezquina solo sobreviven los más fuertes. Hombres, animales y vegetación. De esta última el capulín es el rey. Resiste el clima extremo de la zona, los embates del viento, soporta reciamente las frecuentes quemas que se hacen para preparar las zonas de cultivo y aunque pierde sus hojas y se seca por completo en el otoño, florece en primavera. Solo las sombras pueden matar a este árbol…

Aurelio se exilió en Ciudad Serdán, en una cómoda casa que alquiló en el centro de la ciudad y aunque él se imaginaba, que todos en el pueblo que abandonaba, conocían su tragedia, lo cierto es que para todos, las circunstancias que rodeaban la muerte de doña Lourdes y del joven Aurelio eran un gran misterio.
Vivió en Ciudad Serdán los cinco años siguientes, tres de los últimos ostentando el cargo de regidor. Su fuerza y su vitalidad poco a poco regresaron a él y lo mismo sucedió con El Capulín, como era conocido ahora aquel árbol que alguna vez fuera talado por Don Aurelio Rodríguez. Algunos racimos de flores aun colgaban de las ramas del Capulín, como bien pudo comprobar Aurelio, el día que regresó al pueblo, aquella tarde de agosto.
Nadie sino él, se atrevía a detenerse cerca de ese lugar y quienes lo hacían se arrepentían, como Polo el hijo del señor Leonardo, quien después de que intentara grabar su nombre en aquel tronco cayó enfermo y murió de disentería.
Algunas noches se podía ver una figura sentada al pie del Capulín, un hombre que mantenía el rostro bajo y que a veces, por la madrugada lavaba su ropa en el arroyo, algunos pensaban que se trataba del alma en pena del joven Aurelio y otros creían que era El Amigo.
Solo doña Patricia Paz, muchos años después, le habló una noche, y compadecida, le acercó un jarro de pulque y un plato de frijoles con tasajo. El hombre, agradecido, inclino la cabeza y le acercó una olla. También le urgió que la llevara rápido a su casa. Patricia se llevó el obsequio cuyo contenido, pudo comprobar, era un bloque de hielo. Al llegar a su casa, su familia atendía a su padre, que había sido asaltado en el camino a Tecamachalco. El hombre intentando protegerse, había perdido una mano de un machetazo. Sin dudarlo Patricia metió la mano cercenada dentro de la olla y se llevó a su padre a Orizaba, de allí fue trasladado a México, donde finalmente, le restituyeron la mano.
Aurelio caminaba una madrugada al lado de su montura cuando pasó frente al Capulín. La figura de un hombre salió de entre las sombras.
-¡Epa amigo! ¿A dónde va? ¿Y porqué entra en mi tierra?, dijo el hombre
-Voy para San José, respondió Aurelio.
-Pa´ San José… San José… -dijo pensativo el hombre-. Dizque papá del mero mero. Hasta allá no lo puedo seguir, pero desde aquí lo diviso.
-Sí, voy para allá ¿por?…
-Pos que se acostumbra pagar peaje cuando atravesamos tierra ajena o al menos dar santo y seña, pero como lo que de usté quiero no me lo he de llevar hoy, nomás deme un cigarro y ahí siga viviendo.
Aurelio entregó un cigarro y ofreció fuego a aquel hombre, quien tranquilamente regresó a sentarse al pie del Capulín.
Unos metros más adelante, Aurelio sintió un frío inmenso que se extendía por toda su piel y helaba lo más profundo de su cuerpo, volteó para mirar al hombre, que sentado y fumando, no le quitaba la vista de encima. Los cabellos de Aurelio se erizaron al recordar esa voz, el sonido de los arreos de un mulo… al recordar como brillaban con la débil luz del cigarro esos ojos de serpiente.
Después de aquel encuentro al pie del Capulín, Aurelio cayó en cama por varias semanas víctima de un mal cardíaco, su salud se fue deteriorando y meses después le amputaron el pie derecho y luego la pierna hasta la altura de la rodilla a causa de la diabetes que desde hacía muchos años, padecía sin saberlo. Vendió La Favorita al ingeniero Miguel Luna, un hombre próspero que había llegado ese mismo año a Cañada procedente de Tehuacán. El ingeniero Luna mandó construir un terraplén de veinte metros de alto junto al río, sembró una hilera de encinos que circundaban la propiedad y que proporcionaban una sombra que refrescaba toda aquella zona en al que los niños se ponían a jugar pelota.
A la sombra de aquellos árboles el Capulín se fue secando y aunque no florecía ni daba fruto, nadie se atrevía a cortarlo. Don Aurelio se mudo a su casa del centro del pueblo y todas las mañanas un peón lo sacaba a tomar el sol. Unos días antes de cumplir cincuenta y cinco años, fue invitado a la fiesta de la bendición de la casa de los encinos y pidió que lo llevaran. Ahí, desde la terraza de la casa del nuevo amo del pueblo, Aurelio miró por última vez la torre de la iglesia, el chorrito de agua y el Capulín. Sus ojos se sumieron para siempre en la oscuridad a causa de la ceguera que le provocara la diabetes. Aurelio sintió con pesar que junto con la luz se le escapaba también la vida.
Estas son las historias que me contaba mi madre mientras cocinaba en un fogón alimentado con leña de pirul, la historia de la gente de Cañada, la historia de mi abuela, hija bastarda del general Rodolfo Núñez, media hermana de Regina, víctima y victimaria de Aurelio Rodríguez.

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