Persiguiendo mariposas

Persiguiendo mariposas

Mata de Patos

20/02/2026

Este era el tercer pueblo que visitaba siguiendo el rastro del tipo que había matado a mi novia, y el primero en tierra caliente. Según una prostituta con el espíritu tan caído como las tetas que conocí en el pueblo anterior, medio investigando medio pasando el rato, el tipo, cliente relativamente frecuente de aquel establecimiento de mala muerte y buena vida, le había contado a una de las chicas que allí trabajaban que iría a cobrar una plata a X y volvería más rico y más ganoso dentro de poco por ella. Pensé que podía quedarme allí, esperándolo, pero no tenía ninguna certeza de que en verdad fuera a regresar. Lo cierto es que también yo, como tantos, le he prometido la luna y las estrellas a más de una, y conozco a ciencia cierta que pocas veces se les entregan, y no siempre por un sobrio arrepentimiento, pues en realidad ¿qué haría una puta con la luna y las estrellas sino atender astronautas y extraterrestres? Sabía, pues, que debía seguir adelante, a X, y no correr el riesgo de perder su rastro, así que le dejé mi número a la de tetas caídas y le dije que me llamara si volvía.

Había llegado, según la información recolectada y mis malos cálculos, unos 3 días después que él. Sentado, comiendo raspado en un andén de la plaza, miraba con detenimiento de un lado a otro, confiando simplemente verlo andar por ahí sin preocupación alguna. Mis tardes se habían vuelto un trágico juego de “dónde está Waldo”, donde cada persona que se veía y no era él significaba un trago y una puñalada en el corazón. Movía los talones de mis pies clavados al suelo con rapidez de arriba a abajo mientras apretaba, decididamente, con mi mano derecha la pistola en el bolsillo de mi sudadera y sostenía mi raspado y un cigarrillo que era más que nada cenizas con la izquierda. No estaba muy seguro de cómo procedería cuando lo encontrara, pues estaba seguro que lo encontraría. En mi cabeza me imaginaba acercándome a él con cautela y, estando a pocos pasos, gritar su nombre (o el nombre que me había dicho que era el suyo, pues en todos los bares y burdeles que había visitado en las últimas semanas lo conocían con distintos nombres), y cuando se volteara diría algo valeroso o ingenioso como: “esta bala te la manda ella hijo de puta”, o “no debiste dejarme vivo, pues yo no te devolveré la cortesía compañero”, aunque esto segundo era muy largo y le daría tiempo para reaccionar, pero bueno, sin duda lo más probable es que no dijera nada y fallara mis primeros dos o tres tiros, así que dejé de pensar en aquello y cambié mi raspado por media botella de frío aguardiente, pues estoy convencido de que únicamente en un pueblo, y de tierra caliente, es apropiado beber aguardiente.

Hacía poco menos de un mes que mi chica y yo lo habíamos conocido. Fue en un prestigioso bar swinger en la capital, donde un par de veces al año, cuando mi ego y depresión se empezaban a desbordar, íbamos a buscar una nueva polla para ella que me devolviera la calma y me anclara de nuevo a la realidad. Aquella vez posamos nuestras miradas sobre él inmediatamente. Estaba solo y, aunque ahora me cuesta decirlo, vaya si se veía espléndido. Era alto, muy alto. Acuerpado y de rostro delicado. Usaba gafas, sus ojos eran de un café claro, su barba a raz igual que su pelo. Vestía un traje azul oscuro con zapatos marrones. ¡Hasta llevaba un corbatín el desgraciado!, y lo cierto es que le lucía terriblemente bien, pero lo mejor de todo es que su piel era casi tan negra como su alma. Y no es que mi mujer no hubiera estado ya con un negro; si mal no estoy la había visto con dos o tres. Recuerdo gritar “!dale azabache, acábala!” mientras se la follaban, pero este era diferente. A este jamás podría decirle aquello. Tenía clase y una espeluznante elegancia que me aterrorizó desde que lo vimos por primera vez. Sabía que debía ser él quien se la follara esa noche, y desafortunadamente así fue.

Acabé mi aguardiente sin haberlo encontrado, así que, derrotado, me fui a mi carro, que hacía también de casa por aquel entonces, y tomé una corta siesta. El plan era el mismo que todas las noches desde que inicié mi búsqueda: visitar bares, burdeles y, de ser posible, colarme a fiestas en clubes y residencias privadas. Lo único que sabía de aquel hijo de puta es que tenía una verga que triplicaba la mía en tamaño y funcionalidad, que tenía tanto carisma como polla, y que era un auténtico degenerado. Si otras hubieran sido las circunstancias hasta podríamos haber sido buenos amigos. Olí varias líneas de cocaína, que aunque siempre me ha encantado en ese momento lo hacía porque era la única forma de seguir saliendo de fiesta y bebiendo noche tras noche. Claro, no tenía que tomar para cumplir mi misión, pero tampoco la orca tiene que lanzar a la foca de un lado a otro antes de comérsela. Era el brindis anterior a la cena. Además, mi agonizante alma necesitaba estar constantemente confundida para seguir adelante. La sobriedad hacía mucho había dejado de ser una opción. Una vez muerto el negro tal vez. Entonces al despertar puse en aleatorio la lista de Spotify que teníamos juntos como hacía cada noche y, lo que duraba un cigarrillo, escuchaba mientras pensaba en ella. Fue la única bendición de mi vida y yo era tan culpable de su muerte como él. 

Esa noche, la última de su vida, estábamos peor que nunca aunque ella no lo supiera. Yo ya no soportaba nuestra vida en pareja. La quería, por supuesto que sí, pero mi espíritu tan inquieto como terco se había cansado del cautiverio. Los meses anteriores a su asesinato fueron una auténtica tortura para mí. Sus palabras eran el más corroncho de los vallenatos para mis oídos, y sus caricias ácido para mi piel. No aguantaba el cariño, y en vez de terminar le dije que necesitaba verla con otro hombre una vez más. Igual que siempre, con una piadosa sonrisa en sus labios accedió. Por supuesto que sentir a otros hombres adentro le producía gran placer, pero nunca lo hicimos por iniciativa suya, y siempre dudó de si era lo mejor para ambos. Sabía que su alma se pudría cada vez que lo hacíamos, pero entendía que era mi medicina, y ahora yo entiendo que por miedo a perderme nunca se rehusó. Rompí en llanto escuchando alguna canción playera de aquellas que le encantaban y le aullé a la luna un lamento que aún resuena en la noche eterna del arrepentimiento. La supe amar mejor muerta que en vida.

El bar, si es que se le puede llamar así a aquel cuchitril, estaba a reventar aquella noche. Debía ser viernes o sábado, pero había perdido la noción del tiempo hacía mucho. Pedí una cerveza y me senté en la barra dándole la espalda a la tetona que servía los tragos, observando detenidamente los rostros en la multitud. Las mujeres supieron distraerme más que las noches anteriores. Mi búsqueda se vio complejizada por el clima, pues la mitad inferior de un sinfín de culos me llamaban y me sonreían, como diciéndome “ey, cabrón, acá tienes otra distracción más fácil”. Pedí más y más cerveza y la realización de que pronto me quedaría sin plata me angustió más de lo que esperaba. ¿Y si no lo encontraba antes de acabar con todos mis fondos? Decidí que mi mejor opción sería vender mi carro en dado caso, pero mi angustia no duró mucho, pues lo vi a pocos metros de mí bailando con una tipa más empelota que vestida. Elegante y sonriente igual que aquella terrible noche. Me puse frío. Mi corazón cayó al suelo y me paralicé. El miedo y la ebriedad se hicieron uno solo y el mundo empezó a girar a una velocidad insoportable. Quise llorar pero la voz de mi amada me susurró al oído “mándame a ese malparido y me lo follo acá en el otro lado”. Entonces, con una fuerza imposible me puse de pie. Uno, dos, tres pasos y al suelo.

Desperté tirado en el andén de la calle frente al bar cuando el sol empezaba a asomarse. Soledad y silencio sepulcrales. Vómito en mi camisa. Un terrible retumbar en mi cabeza. Milagrosamente mi billetera, teléfono y pistola conmigo. Alabados sean los pueblos. Me puse de pie lentamente y caminé sin destino fijo por horas y horas hasta la cima de una bonita montaña llena de árboles y flores y me tumbé allí. Miré las nubes y todas eran ella. El viento se las llevó como él.

Lo último que recuerdo de esa noche es su mirada clavada en la mía y su dulce vocecita que me decía: ‘te quiero”, como lo hacía siempre que alguien más se disponía a hacerla suya, mientras se elevaba por los aires entre sus enormes brazos, y aquella monstruosa verga lista para acabarla a ella y curarme a mí. Lo siguiente que vi fue su cuerpo apuñalado tirado en el suelo, bañado por los rayos del sol que se colaban por entre las persianas. Sangre por doquier y un pequeño charco de semen en su boca abierta como esperando una pareja de pececitos. Un trago de whisky casi completo sobre la mecita de noche a mi lado. Decidí que no había sido mi alcoholismo el que me había llevado a abandonarla cuando más me necesitaba -quizás la única vez que en realidad me necesitó-, y que el trago había sido envenenado, pero no me atreví a comprobarlo. Y aunque su muerte me dolió tanto como mi fracaso, me dolió más la tranquilidad que me invadió al saber que ya nunca volveríamos a estar juntos.

Puse el cañón de la pistola en mi boca y antes de tirar del gatillo sonó mi teléfono. Era mi amiga de tetas caídas del pueblo anterior y me dijo que el tipo acababa de llegar al burdel. Le pedí que lo entretuvieran mientras llegaba allí, pero entonces de repente se me iluminó, y sin darle más vueltas al asunto le pregunté inmensamente apenado si podían drogarlo.

-Te lo ruego. Prometo que te compensaré enormemente-

-Tranquilo cielo, en estos lugares es como si nos pidieran una pola michelada-

-Gracias. Te garantizo que este malparido se lo merece-

-No lo dudo. Acá te espero amor-

Tardé poco menos de hora y media en recorrer los ciento y pico kilómetros que me separaban de mi destino. Volando entre las curvas montaña arriba, cual río andando contracorriente, la ansiedad abrazó cada célula de mi demacrado cuerpo. Los enormes precipicios que aparecían a un lado y a otro supieron tentarme, pero mi determinación pudo sobreponerse. Solo debía aguantar un poco más.

Cuando aparqué frente al establecimiento el sol aún no estaba en su punto más alto. El frío seco de la altura sirvió para revitalizarme. Saqué el celular de mi bolsillo y vi la foto que veía cada mañana para no olvidar su rostro. Aquella foto que él mismo tomó como diciéndome: “ya que te lo perdiste, y para que no digas que no soy un tipo de palabra, heme aquí penetrando a tu chica”. Su sonrisa de oreja a oreja, presumiendo aquella enorme blanca dentadura, y el cuerpo desnudo e inerte de ella bajo el suyo. Me picó como enjambre de abejas en las tripas pensar que no me consideró amenaza suficiente como para matarme a mí también. Sería el último error que cometería.

Bajé del auto y me recibió mi amiga, extrañamente animada. Me indicó cuál era su auto y en qué habitación se encontraba, y me entregó la llave.

-¿Qué tan drogado está?-

-Podrías patearle las bolas con todas tus fuerzas y ni siquiera se enteraría. Aunque a lo mejor le gustaría si sí je je-

-Ah… ¿es uno de esos?-

-Todos son de esos, amor-

Abrí la habitación y lo vi tendido sobre la cama boca arriba en ropa interior. Su ropa y pertenencias regadas por el suelo. Su cuerpo era menos majestuoso que antes, aunque su paquete igual de impresionantemente. A lo mejor sí sintió mi aliento en su nuca. Una culposa felicidad me invadió. Saqué el arma y pegué el cañón a su frente, pero rápido supe que no podía hacerlo allí. Por poco que me importara lo que fuera de mí, no quería meter en problemas a quien se había convertido en mi única y mejor amiga, entonces tomé los documentos de su billetera, mi trofeo, y su celular (por simple y vergonzosa curiosidad) y dejé el resto donde estaba. Llamé a mi cómplice y entre los dos lo subimos a mi carro. Le dije que hiciera con sus pertenencias lo que quisiera, incluido su carro, le transferí los pocos millones que quedaban en mi cuenta y la besé.

-Buena suerte, mi pedacito de cielo. Que encuentres otra mariposa a la cual perseguir-, susurró en mi oído.

Anduve un buen rato por caminos destapados y me detuve en un solitario pastizal. Me bajé del carro y lo bajé a él. Lo arrastré unos metros y lo solté sobre la hierba. Observé su cuerpo semidesnudo, completamente a mi merced, pero no sentí ni una pizca de felicidad. Entonces, como un rayo lanzado por algún dios enfermizo, sobre mí cayó de repente la realización de que hacía años no me había sentido tan vivo como en las últimas semanas. Destrozado, apabullado, hambriento, y recordé las palabras con las que me había despedido mi hada madrina.

Saqué el cuchillo que cargaba siempre en la guantera y bajé sus bóxers. Corté su legendario miembro, ante lo cual el pobre no pudo hacer más que reaccionar con espasmos y chillidos involuntarios propios de un animal moribundo. Entonces saqué su celular de mi bolsillo, me tomé una foto frente a su cuerpo y, junto con 100 mil pesos en efectivo, lo dejé en el suelo bajo una de sus piernas. 

En el camino de regreso a la capital, donde planeaba reunir un poco de dinero antes de reiniciar la cacería, deseé que no fuera a morir desangrado, y no pude sino pensar que a lo mejor iría tras de mí o mi triste compañera. Una leve sonrisa decoró mi rostro por primera vez en una eternidad. 

Vuela, vuela, mariposa.

-M

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