Chontaduro y Dana: los bandidos del jueves

Túquerres, 1932. El mercado de los jueves era un hervidero de voces, aromas y colores. Desde antes del alba, los campesinos bajaban de las veredas con sus mulas cargadas de papas, habas, quesillos y gallinas vivas. Las mujeres tendían mantas sobre el suelo empedrado, y los pregones se mezclaban con el silbido del viento que bajaba desde el cerro de Cumbal.

A esa hora, cuando el sol apenas asomaba su corona tras los tejados, Chontaduro —un perro rojizo, ágil y con mirada de pícaro— se desperezaba frente a la casa de don Mesías Sánchez. Sobre su lomo, como si fuera su trono, se acomodaba Dana, la mona de la casa, vestida con un chaleco de lana y una bufanda tejida por doña Eufrosina, la panadera.

Juntos salían por el camino del partidero, rumbo al mercado, no como compradores, sino como saqueadores profesionales.

Personajes del mercado

– Don Ezequiel, el carnicero, con su delantal manchado y su machete afilado, era el primero en notar la llegada de los bandidos.
– Doña Tomasa, la quesera, intentaba proteger sus ruedas de cuajada con una escoba.
– El joven Ananías, que vendía frutas con su madre, se reía cada vez que Dana le robaba un mango maduro.
– Don Liborio, el vendedor de yerbas medicinales, decía que el perro y la mona eran reencarnaciones de dos bandidos del siglo pasado.
– La señora Eufrosina, que vendía pan de piso, fingía no conocerlos, aunque todos sabían que eran de su casa.

Los jueves se convirtieron en espectáculo. Algunos iban al mercado solo para ver la carrera de Chontaduro y el salto acrobático de Dana. Pero cuando los robos se volvieron costumbre, los comerciantes decidieron seguirlos. Así llegaron a la casita con humo mañanero, donde el pan de piso se cocía en horno de barro.

Don Mesías, con su sombrero en la mano, aceptó la cuenta con resignación. Desde entonces, cada jueves, le pasaban la factura de lo hurtado. Él la pagaba como quien paga el precio de tener dos criaturas con alma de leyenda.

Intentaron amarrar a Chontaduro, pero Dana aprendió a desatarlo. Luego lo arriaba como si fuera una mula, dándole palmadas y chillidos. El perro, obediente, salía de nuevo al mercado, aunque ahora con más cautela.

La vez que Chontaduro se disfrazó de cura

Un jueves particularmente frío, cuando la neblina cubría el mercado como un velo de novia, Chontaduro apareció con un pedazo de sotana vieja que había encontrado en el lavadero de la parroquia. Dana, siempre creativa, le había amarrado el trapo al cuello como si fuera una capa, y le puso una cruz de madera colgada con cabuya. Así disfrazado, el perro caminaba solemne entre los puestos, como si fuera el mismísimo padre Restrepo en procesión.

Los vendedores, al principio, no lo reconocieron.

—¡Ave María Purísima! —exclamó doña Tomasa—. ¡Ese perro viene a bendecirnos!

Chontaduro, aprovechando la confusión, se acercó al puesto de don Ezequiel, el carnicero, y mientras Dana distraía al dueño con una reverencia exagerada, el perro se llevó una morcilla entera entre los dientes. Luego, con la dignidad de un obispo, se retiró lentamente, sin correr, como si fuera parte de un ritual sagrado.

Cuando don Ezequiel se dio cuenta, ya era tarde. Solo alcanzó a ver la cola del “cura” perdiéndose entre los toldos.

—¡Ese perro es un hereje! —gritó, mientras los demás estallaban en carcajadas.

Desde entonces, cada vez que alguien en el mercado decía “¡ahí viene el padre Chontaduro!”, todos sabían que era jueves, y que la misa del saqueo estaba por comenzar.

La vez que Chontaduro se metió a misa

Una mañana de jueves, mientras el mercado bullía y Dana ya había hecho su ronda de hurtos menores, Chontaduro decidió tomar un desvío inusual. En lugar de regresar a casa con el botín, se metió por la puerta lateral de la iglesia de San Pedro, justo cuando el padre Restrepo comenzaba la misa de siete.

El templo estaba lleno de fieles, muchos de ellos comerciantes que ya habían sido víctimas de las travesuras del dúo. Chontaduro, con la lengua afuera y la cola en alto, caminó por el pasillo central como si fuera parte del cortejo litúrgico. Llevaba en la boca una empanada robada del puesto de doña Eufrosina, y al llegar al altar, la dejó cuidadosamente a los pies del sacerdote, como si fuera una ofrenda.

El padre Restrepo, sin perder la compostura, miró al perro y dijo:

—Hermanos, el Señor recibe hasta las ofrendas de los más humildes… aunque vengan con patas y cola.

La iglesia estalló en carcajadas. Dana, que lo había seguido trepando por las bancas, se subió al púlpito y comenzó a imitar los gestos del padre, alzando las manos como si también estuviera predicando. Fue tal el alboroto que la misa tuvo que suspenderse por unos minutos.

Desde ese día, los feligreses comenzaron a llamar a Chontaduro “el sacristán peludo”, y a Dana, “la mona predicadora”.

El Mundial de la Memoria

Teresa se queda en silencio, como si el tiempo se detuviera en la esquina del recuerdo. Mira el pueblo desde su ventana, donde el jazmín aún florece sin pedir permiso. Dice que los mundiales no son solo fútbol, son estaciones del alma. Cada gol, cada derrota, cada televisor encendido fue una página más en el libro invisible de su vida.

“Uno no vive por los años que pasan, sino por los momentos que se quedan”, murmura. “Y si el mundo gira cada cuatro años para ver quién mete más goles, yo giro cada día para recordar quién me hizo reír, quién me abrazó, quién partió sin despedirse. El fútbol me enseñó que hay belleza en la gambeta, pero también en la espera. Que hay arte en el pase, pero también en el silencio después del partido”.

Luego se levanta, acaricia el marco del radio Phillips, y dice:

“Como escribió Cortázar: ‘Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo.’
Y como dijo Borges: ‘El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.’”

Y entonces, como si el alma le susurrara desde lejos, recuerda la parábola del retorno de Barba Jacob. Aquel viajero que vuelve al pueblo después de haberlo recorrido todo, y al ver la misma calle, el mismo árbol, el mismo silencio, comprende que el viaje no fue hacia afuera, sino hacia adentro. Teresa dice:

“Yo también he vuelto. No al lugar, sino al sentido. He vuelto como Barba Jacob, con los ojos llenos de mundo y el corazón lleno de pueblo. Porque todo lo que fui, lo fui aquí. Y todo lo que seré, lo seré recordando.”

Y como si el recuerdo le cantara desde una radio lejana, Teresa tararea con voz suave:
“Quiero cantar muy alto, soy un italiano…”
Y ríe, porque esa canción sonó en algún mundial, en alguna casa, en algún corazón.
“Tal vez no soy italiana —dice— pero he cantado alto, y he vivido como si cada partido fuera una página de mi alma.”

Entonces, cierra los ojos y dice:
“El mundo huele a mandarina cuando hay alegría, a banano cuando hay infancia, a naranja cuando hay esperanza. Y yo he vivido entre esos aromas, como quien camina por la memoria con los sentidos despiertos.”

Y cuando recuerda el Mundial de España 82, no piensa solo en Zico o Sócrates, sino en aquel himno que sonó como oración:
‘Quiso Dios con su poder, fundir cuatro rayitos de sol en una mujer.’
Teresa dice que esa frase le recordó a su madre, a su abuela, a todas las mujeres que sostuvieron el mundo con ternura y coraje.

Antes de cerrar los ojos, Teresa toma un sorbo de café.
“El café —dice— es el testigo silencioso de la memoria. Su sabor me recuerda que estoy viva, que he amado, que he llorado, que he esperado. El café no pregunta, solo acompaña. Y en su aroma está todo lo que no se puede decir.”

Entonces, una brisa entra por la ventana y trae consigo los aromas del pueblo: el eucalipto del patio de la escuela, el pan recién horneado en la casa de doña Elvira, el sancocho del mediodía que huele a infancia, el jazmín que florece sin pedir permiso, y el café que Teresa acaba de preparar, fuerte y dulce, como sus recuerdos.

Finalmente, se sienta, mira el horizonte y susurra:
“Mi vida fue hecha de frecuencias irreconciliables: el canto y el duelo, el gol y la ausencia, el pan salado y el jazmín. Pero en cada contradicción hubo una verdad, y en cada verdad, una forma de seguir cantando.”

Teresa sonríe. El mundo sigue girando. Y ella, como Funes, sigue recordando.

Caigo y me levanto (versión para Pablo Antonio Guerrero Patiño)

Caigo,

como cae la uva del racimo,

como cayó el zapatero estafado,

como cayó el fusil en diciembre del 95

sin que la bala me llevara.

Caigo en la celda de Kennedy,

en la soledad del cementerio,

en la lágrima de Stefania

que danza sin saber que arde.

Caigo,

como cae el juez que escribe en la noche,

como cae el hermano que perdió su trabajo,

como cae el que recuerda a Heinz Kaiser

y al hermano Omar en la tumba de su padre.

Pero me levanto.

Con la harina que absorbe la muerte,

con la Palabra que baja del Alef,

con la puerta de Josías,

con la piedra de Eben-Ezer.

Me levanto,

porque hay un juego que espera ser jugado,

una habitación esquinera que será semilla,

una obra que se escribe con frutas y códigos,

una ensalada que reúne los fragmentos

de todo lo que fui,

de todo lo que aún soy.

Me levanto,

porque aunque el cielo se parta sin lluvia,

aunque la Virgen se dibuje en una lámina,

aunque el alma diga que la soledad es fuerte,

yo sé que hay un saludo final

y una danza que no termina.

En el año que no fue, en un juzgado que no figura en los mapas, se dictó una sentencia contra un hombre que no existía. El expediente, numerado con cifras que se repetían como un eco, contenía pruebas de una deuda alimentaria contraída por un sujeto sin cédula, sin domicilio, sin rostro.

El juez, apellidado como un verbo transitivo, redactó el fallo con solemnidad. Citó jurisprudencia de casos que nunca ocurrieron, invocó doctrinas de autores que jamás escribieron, y concluyó que el acusado debía pagar una suma equivalente al salario mínimo multiplicado por los años que no vivió.

El acta fue firmada por un notario que había muerto tres meses antes, y sellada con tinta invisible. Nadie apeló. Nadie celebró. Nadie lloró.

El fallo fue ejecutado por un alguacil que entregó la orden a una casa vacía, donde solo quedaba un espejo. El espejo, según consta en el acta, se negó a recibir la notificación.

Desde entonces, el expediente reposa en una gaveta que no se abre, en un archivo que no se consulta, en un sistema que no se actualiza. Y sin embargo, cada año, el sistema judicial le cobra intereses.

Así comienza nuestro museo: con una sentencia que condenó al vacío, y con un sistema que, por no saber detenerse, aprendió a juzgar la nada.

El Código del Cultivo

Toda su vida fue un jurista de los márgenes, un reformador de códigos que no se escriben en gacetas sino en corazones. En su escritorio, los libros de derecho no eran herramientas de poder, sino lienzos para la misericordia. Tergiversaba, sí, pero no por malicia: lo hacía por compasión. En su mente, bastaban quinientas semanas de trabajo para que un hombre pudiera descansar. ¿Por qué exigir más, si el sudor ya había pagado el precio?

Si alguien debía dinero, no era necesario embargarle el alma. Bastaba con que podara el césped del acreedor durante un par de semanas, y la deuda se disolvía como rocío en la mañana. En sus reformas mentales, las sucesiones incluían una hijuela para mascotas, porque también ellas eran parte de la familia. Y el trabajador, ese peregrino del jornal, podía pedir a su empleador una parcela para sembrar su propio cultico, como quien pide un rincón de tierra para sembrar esperanza.

Sus reformas eran ilusorias, sí, pero también eran proféticas. Cada parche que añadía al código era una costura de justicia poética. Hasta que un día, el código que más había intervenido, el que había convertido en un tapiz de sueños, cayó del estante. No fue un accidente: fue una sentencia. El golpe fue seco, pero no cruel. Lo mandó al paraíso, como quien es absuelto por la misma ley que había transformado.

Allí, en el paraíso, lo recibieron con un césped recién podado, una hijuela para mascotas, y una parcela donde brotaba un cultico de justicia. Y en el centro, un libro abierto, sin tachaduras, sin reformas, sin parches. Era el código original, el que no necesita interpretación porque está escrito en la lengua del amor.

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