LA LEYENDA DEL CAPULIN
Autor: Joel Lozada
Don Aurelio había siempre presumido su valor a toda prueba y lo había demostrado siempre en las circunstancias más adversas, en aquellas que hacen a los hombres más valerosos perder la figura y a veces los hacen llorar como niñitas. Ese no era el caso de Aurelio. Él había recibido dos medallas al valor en la época revolucionaria mientras se estuvo bajo las órdenes del general Mendoza. Su valor se hizo celebre al capturar sin ayuda alguna, al encierro de toros de Mimiahuapan que huyó tras el descarrilamiento del tren que iba rumbo a Saltillo. Aquella vez los toros vagaron sin control durante tres días y atacaron a los descuidados pobladores. En uno de estos ataques perdió la vida mi bisabuelo.
Al triunfo de la revolución, Aurelio regreso a su pueblo y fue premiado en el reparto agrario con una gran extensión de tierras de cultivo ubicadas cerca de San Andrés en las que además de las interminables extensiones de milpas y magueyes mansos , crecían en forma silvestre y sin mayor cuidado árboles de capulín y tejocote. Se lo podía ver a caballo todos los días recorriendo su hacienda con su figura gallarda y su aire severo adquirido mediante años de disciplina militar. No gustaba de ningún vicio a excepción de fumar tabaco de Huatusco y de las mujeres. Algunos decían que se había casado más veces que el general Villa, otros bromeaban sobre la cantidad de hijos que se le atribuían.
Lo cierto es que a nadie le constaba ninguna de las cosas que de Don Aurelio se decían, solamente una, una que todo el un pueblo había presenciado y la que el mismo Aurelio protagonizó, en el pueblo de Cañada, cuando negando la paternidad de un hijo, le pidió a una jovencita extender su delantal, dentro del que colocó con ambas manos una generosa cantidad de monedas de oro, mismas que la jovencita en medio de un amargo llanto tiró al piso mientras abandonaba el pueblo jurando que aquel hombre iba a arrepentirse de haberla sometido a tal humillación.
-Mira bien este capulín, Aurelio Rodríguez – gritó la jovencita- míralo bien, por qué así como él se está marchitando así mismo tú te irás secando.
¿Cuánto tiempo se necesita para olvidar? A veces los recuerdos del pasado remoto permanecen en nuestra mente tan nítidos como si apenas ayer los hubiésemos vivido, y las cosas que hace tan solo unos días sucedieron, se borran por completo de nuestro pensamiento. A Aurelio le bastaron unos cuantos meses para olvidar lo que había sucedió en Cañada. Conoció a la hija del general Núñez y se olvidó de todas las demás mujeres, se casaron en la iglesia de Orizaba y llevaron una vida tranquila durante seis años en los que su mujer le obsequió con dos varoncitos, al mayor lo llamaron Roque, como a su abuelo, y el bebé, que salvó la vida por milagro, fue nombrado Aurelio, como su padre.
La hacienda de Don Aurelio Rodríguez fue bautizada “La Favorita” en honor a la niña Regina Núñez. La vida no podía ser más perfecta: las milpas se doblaban de tanto maíz, el pulque en gran cantidad se fabricaba en un tinacal que se construyo ex profeso en el viejo jagüey seco y se preparaba diariamente para ser vendido en Puebla, las nopaleras abundaban de tunas y los brotes tiernos de nopal se vendían a buen precio. La Favorita era por mucho la hacienda más próspera de la región, hasta aquella tarde en que la tragedia nubló la vida de Don Aurelio. La niña Regina hizo detener la carreta para que el pequeño Roque pudiera arrancar los capulines maduros del árbol que estaba cerca del puente. Todo fue muy rápido. Los caballos desbocados de una carreta arrastraban la lanza que terminó golpeando el rostro de la esposa del hacendado, quienes atestiguaron el accidente cuentan que la pobre mujer rogaba a voz en cuello que la llevaran al médico, que su vida no importaba, pero que salvaran a su bebé.
Aurelio mostró su fortaleza pero también la ira que de ahí en adelante lo marcaría como el hombre más despiadado de la región. Después de cumplir el deseo de su esposa, mató con su propia pistola a los dos caballos y al dueño de ellos lo fustigó en la plaza del pueblo.
El sueño huyó de Aurelio, cada noche sentía su cabeza arder y pasaba neciamente sus dedos por entre su cabello que se caía a mechones, cabellos blancos crecían en su lugar y en menos de seis meses su cabello era tan blanco como el de un anciano, pero Aurelio se sentía tan joven como antes y trataba de demostrar su coraje para ejemplo de sus hijos.
A un año de la tragedia, el gusano prieto acabó con toda la cosecha de maíz, Don Joaquín Casalla mató, el peor de todos los augurios, al padre Andrade, frente a la entrada de La Favorita, cuando el párroco pretendía estacar a una adúltera y la muerte, por razones misteriosas, se llevó al niño Roque, quien murió enyerbado.
Algunos decían que había comido huesitos de capulín mal tostados. Aurelio golpeo sin piedad a un viejo vendedor de pepitas, que arrodillado suplicaba clemencia. Sin escuchar los reclamos de la gente que le decía a gritos, que no había sido aquel viejo quien se los había vendido al niño. A pesar de todos estos aconteceres, Don Aurelio tenía aún motivos para sentirse feliz, el pequeño Aurelio crecía sano y fuerte. Él sería el báculo de su vejez y el consuelo para sus males, pero ¡qué equivocado estaba!
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