Son las tres y seis de la mañana y todavía no consigo dormir. Es de esas noches calurosas, húmedas, en las que el colchón parece tener un corazón y temperatura propios. El verano me cae sumamente antipático. Hace que todo me moleste y, como si fuera poco, mi trabajo se vuelve insufrible ¡Quién me mandó a dedicarme a esto! Absolutamente nadie; creo que ni siquiera lo decidí. Pienso que fueron ellas las que me escogieron a mí, absorbiendo todas mis capacidades y alternativas.
En fin… ¡Ah! ¡Cómo me tiran los cuádriceps! Bueno che, no se llega limpio a los sesenta. Cierro los ojos, siento su peso, inhalo: un, dos, tres, cuatro. Retengo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y exhalo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… ¡Ahhhhh! ¡Ese ruido! Desde hoy a la tarde arrancó; desde entonces no paró y ni siquiera sé por qué. Mejor me levanto, voy al balcón, tomo un poco de aire para calmarme y después reviso en qué estado se encuentran… tengo la boca seca; está para que me prepare unos tereres. ¡Así va a estar mejor!
La luna está llena, de un tamaño enorme que presagia más calor. El cielo, completamente despejado y de un azul intenso, en su oscuridad se detallan mejor las estrellas. Pero la luna… siempre me sentí hipnotizado por ella. Tiene como una especie de energía que logra remover hasta la emoción más recóndita de mí. A veces llego a sentir esa conmoción que siente la gente cuando se enamora y me dibuja, inconscientemente, una tierna sonrisa en los labios. ¡Mirá las boludeces que te pones a pensar a esta hora Javier! Pero bueno, cada tanto está bien que presente algún vestigio de humanidad ¿no? sino me siento una piedra.
¡Cierto que tengo que ir a dónde el ruido! A ver, a ver… acá están. Ordenadas en el canasto según la sección que les corresponde, conservan su tamaño y su tipografía, pero aumentaron el ruido. Es como si tuviera una colonia de abejorros. Las “o” y las “u” siguen en silencio, como es natural. ¿Qué voy a hacer mañana, cuando salga a vender? ¡La gente no me va a querer comprar ni un ziploc de diez!
¡Pensá Javier! A-E-I… no, nada que se conecte… no puede ser ¿ella? ¡No! De ninguna manera… quizás fue por la luna. ¡Ya estás delirando, Javier! Mejor sigo con mi intento de dormir.
Solo dos horas dormí… peor es nada. A ver la temperatura. Veinticuatro de mínima y treinta y ocho de máxima. ¡Insufrible! Encima estas tipas siguen con el mismo ruido. Bueno voy a dejar de pensar, sino no hay manera de que me levante y haga algo.
Encima el cielo continúa completamente despejado, ni una nube que tape al sol un rato. También tengo que cambiar la cadena de la bici, ya está demasiado oxidada. Y, por qué no, conseguir una especie de silbato: por más falsete que utilice, la garganta ya no responde como antes.
― ¡JAVIER! ― Ahí me llama el primero.
― ¡Buen día Lucio! ¿Cómo le va? ¿Qué se le ofrece hoy?
― Todo bien, ¿usted? ―me mira intrigado, seguro que por el ruido―. ¿Y eso? ¿Por qué suena como si hubiera una colmena de abejas dentro de su canasto?
― ¡Así que lo notó! Le comento: por alguna extraña razón, empezaron a sonar así desde ayer a la tarde.
― ¡Qué fiaca! Justo necesitaba un ziploc de cien de las “a” y un ziploc de cincuenta de las “o”
― Las “o” y las “u” son las únicas que no hacen ruido. Si quiere puede llevarse el ziploc de cincuenta. En cuanto a las “a” me gustaría inventar cualquier excusa acerca del sonido o decirle con alguna certeza de que va a frenar, con tal de venderlas, pero sinceramente no tengo ni la menor idea de cómo va a continuar.
― Mmm… ―mientras se queda pensando si llevar o no las “o”, me recorre con su mirada todo el rostro, en sus ojos no hay desconfianza alguna. Tengo suerte de que no me tilde loco ― Bueno Javier, por hoy le llevo solo las “o” ¿Cuánto están?
― Mil pesos.
― Me llevo dos entonces, así ya tengo.
― ¡Gracias! Igual ya sabe que si surge algún inconveniente, me lo dice y le devuelvo la plata. Paso todos los días.
― Lo sé Javier, no se preocupe, cualquier cosa le chiflo mañana―
― Tome, acá tiene ― Le extiendo los ziplocks y en simultáneo me da la plata ― Sigo el recorrido.
― ¡Buena jornada Javier! ¡Éxitos!
― ¡Gracias e igualmente!
A ver… arranqué a las nueve, casi son las once y media ya. Me queda el último trayecto del barrio y vuelvo a casa. No doy más, falta poco igual. A pesar de todo los ziplocks de las “o” y “u” los vendí. De los doscientos que llevo de cada uno, solo me quedan de la “o” cinco paquetes de diez, veinte de cincuenta y treinta y cinco de cien. De la “u” me quedan muchos más, pero es lo normal ya que no la utilizan tanto. Nada mal Javier… nada mal.
¡Ah! La casa del jardín. ¡Por fin la vendieron! ¿Por qué siempre me llama la atención esa casa? No sé… es verdad que su complexión me transmite confort de alguna manera y el jardín está bien diseñado, bien cuidado. El conjunto me produce una armonía que me…¡Otra vez pensando pelotudeces Javier! A ver si mejor me pongo a laburar
― ¡SEÑOR!
¡Uh! es la nueva dueña, seguro me entra a putear o algo por observar la casa durante tanto tiempo.
― ¿Usted es Javier verdad?
― El mismo ¿Se le ofrece algo señora?
― Todavía no se acuerda de mí, ¿verdad?
Y esta… ¿Quién es? Debe tener entre veinticinco y treinta años. Petiza, de cuerpo menudo, pelo liso y oscuro, a la altura de los hombros. Corte de cara redondo y unos ojos de color miel, en forma de almendra, igual que los de…
― ¡Julia! Disculpá, creo que la última vez que te vi tenías alrededor de quince años ¡Cómo pasa el tiempo, che!
― ¡Por fin cae! Me mudé hace poco, cuando lo vi pasar no lo podía creer. Luce muy cansado ¿quiere pasar a tomar unos tereres?
― ¡Sí! Muchas gracias. Entre que pasé una mala noche y el calor insoportable. Esos teres van a funcionar como un mimo al alma.
― Vení, pasá. Dejá la bici adentro si querés… ¿Y ese ruido?
― Son las A-E-I, que vienen chillando de una forma insoportable desde ayer, pero ahora que me doy cuenta, bajó considerablemente.
― ¡Qué bajón! ¿Y las ventas cómo andan?
― Por fin algo fresco, gracias. Las ventas andan bien, no es que me pueda dar miles de lujos, pero se anda un poco holgado. Vos lo sabés mejor que nadie.
Con razón me transmitía confort la casa. La luz natural que entra es espectacular. Las plantas de interior están bien elegidas, los muebles no son avasalladores, todo encaja de forma cálida… tiene buen gusto.
― Ahora contame algo tuyo, Julia ¿Cómo llegaste acá?
— Y… después de lo de mamá me fui a vivir a lo de mi abuela.
― Teresa ¿verdad?
― Sí. Terminé el secundario, me metí en arquitectura y me recibí hace dos años. En el medio fui ahorrando. Entre eso y el préstamo que me dió el banco, conseguí comprarme esta casa. Poco a poco la voy a ir refaccionando, igual no está nada mal.
― ¡Qué bárbaro! Me dejás atónito… Siempre que íbamos a trabajar, tu madre me solía comentar “¡No sabés cómo está Julita! Me crece de rápido. Por suerte es inteligente, independiente, va a ser astuta cuando crezca, le va a ir bien en lo que elija » Tenía toda la razón. ‘De tal palo, tal astilla’, le solía responder… el rostro se le llenaba de ternura.
― Si, ella siempre fue así.
― Sí, Amelie… siempre fue una mujer dulce, hospitalaria. Vos lo heredaste muy bien, igual que los ojos.
Ay Javier, ya dijiste demasiadas boludeces. Mejor me voy retirando.
― Bueno, sigo viaje así no te molesto.
― ¡Por favor Javier! Ninguna molestia, pasate seguido, así nos seguimos poniendo al día. Cómo dijiste, estos teres nostálgicos fueron un mimo al alma.
― ¡Gracias a vos Julita! La próxima traigo unos churros para acompañar.
― Espero con ansias entonces ¡Nos vemos!
― Nos vemos.
¡Qué loco las vueltas de la vida, che! Esto si que no me lo esperaba ni a palo. Por suerte ahora pega una brisa fresca, hasta el andar de la bici se siente ligero. Ni bien llego, me duermo una siesta.
Ahora si che, se está decente. Seis horas de siesta, quizás me excedí un poco, pero que bien que me hizo. Era un tronco en la cama, ni siquiera el ruido de… ¡Uh che! ¿Desde cuándo?… Debo estar gagá, ni cuenta me di… insólito. De todas formas mejor, no soportaba más ese sonido de abejorro. Un día más así y se las tiraba por el balcón a alguien o terminaba volando yo. En fin, un hambre… me quedó pastel de papa de ayer, lo caliento en el microondas y me voy para el balcón que está fresquito.
La luna sigue inmensa, parece más transparente que la de ayer. Transparente… igual que aquel par de almendras. Esa sonrisa amplia, suave, parecía que podía manipular el tiempo a su antojo, lograba convertir su paso y peso en algo tan liviano como la pluma, o como una vocal misma. Así se pasaba mucho mejor la jornada… ¿Y esta agua salada? ¡La piedra, Javier!… quizás se resquebrajó un poco, se siente hueca por dentro… ¿Qué hay? Silencio ¡Después de tanto! A-E-I. El silencio se siente traslúcido, calmo… Amelie…ya estoy viejo che. Bueno, cortala Javier. Voy a dormir: mañana me levanto temprano, paso a comprar por la panadería, salgo a vender y después me voy para lo de Julita.
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