De la vida y sus maromas.

Nadie recuerda con precisión cuándo comienza una vida. Algunos sostienen que empieza con el primer llanto; otros, con el primer recuerdo. Yo sospecho que comienza antes, en una región sin calendarios, donde alguien —que podría ser uno mismo, o Dios, o el sueño de Dios— elige el animal que nos enseñará a existir.

Fue allí donde escuché aquella revelación. No sé quién me la confió. Quizás un anciano que nunca envejeció, quizás una voz que aún no ha nacido en mi memoria. Me dijo, sin solemnidad, como quien enumera las estaciones inevitables de un tren:

—La vida no es una línea. Es una metamorfosis.

En los primeros años, somos un pollito. No uno en particular, sino el arquetipo de todos los pollitos posibles. Habitamos un universo de migas infinitas y peligros inconcebibles. Picoteamos el mundo no por hambre, sino por asombro. Cada objeto es una revelación, cada sombra una promesa o una amenaza. No sabemos que somos frágiles, y por eso somos invencibles.

Luego, sin que nadie anuncie la transición, el pollito desaparece.

Y aparece el gato.

El gato es la adolescencia, que es una forma elegante de la soberbia. Se mueve con la convicción de quien ha descubierto el secreto de la gravedad. Cree —y ese es su privilegio y su condena— que siempre caerá de pie. Sus ojos ven en la noche, pero no ven el tiempo. Ama el riesgo porque ignora el precio. Su cuerpo es un instrumento perfecto y, como todos los instrumentos perfectos, desconoce su propia caducidad.

El gato no sabe que está siendo observado por el buey.

El buey es la madurez. No llega con estrépito, sino con peso. Es la criatura que ha aceptado la tierra. Sus pasos no son ligeros, pero son verdaderos. Ara el porvenir con una paciencia que el gato habría despreciado. Lleva sobre sí el invisible yugo del amor, que es la más digna de las cargas. El buey no busca el infinito; lo construye, surco a surco, en los rostros de sus hijos, en la memoria de quienes dependen de su persistencia.

Pero el buey también es transitorio.

Porque un día —y ese día no figura en ningún calendario— el hombre descubre que algo en su interior ha comenzado a elevarse.

Es entonces cuando aparece el águila.

El águila no es la vejez. Es su revelación.

Sus ojos ya no pertenecen al cuerpo, sino al tiempo. Ven no solo lo que es, sino lo que fue, y lo que, de algún modo secreto, siempre será. El águila no juzga, porque ha comprendido. El rencor, que fue una forma de la ignorancia, se disuelve en una lucidez sin esfuerzo. Perdona no por virtud, sino por conocimiento.

Ha aprendido que todos fuimos pollito. Que todos fuimos gato. Que todos fuimos buey.

Y que ninguno de ellos era definitivo.

El águila vuela sin urgencia, porque ha descubierto que el destino no es un lugar, sino una forma de la conciencia. Sus alas no desafían la muerte; la acompañan. Comprende, con una serenidad que habría sido incomprensible en sus otras formas, que la muerte no es el final del vuelo, sino la última metáfora de la altura.

Alguien me dijo —y sospecho que ese alguien era el águila que seré— que la muerte no nos arrebata el ser, sino la gravedad.

Y que, al llegar a la última estación, descubrimos que nunca hubo estación alguna.

Que siempre estuvimos volando.

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