Muchos años después, cuando la memoria de la escuela se había vuelto un territorio nebuloso —más cercano al sueño que a la biografía—, algunos antiguos alumnos recordaban un episodio que, por su persistencia, parecía pertenecer menos a la vida que a una doctrina secreta. Ocurrió el día en que la maestra preguntó dónde estaba el cielo.
María, Olga y Roberto señalaron hacia arriba, obedeciendo a esa geometría ingenua que asocia lo divino con la vertical. La maestra sonrió, satisfecha de que el mundo siguiera siendo simple.
Entonces habló José.
No levantó la mano. No miró al techo. No buscó aprobación. Dijo, con la serenidad de quien recita una verdad aprendida antes del nacimiento:
—El cielo no está arriba. Está en otra vibración. Está dentro.
La frase cayó en el aula como un objeto imposible: no hacía ruido, pero alteraba la disposición de las cosas. La maestra, que había enseñado catecismo y sabía de ángeles, no supo qué hacer con aquella afirmación que parecía anterior a cualquier teología. Los niños rieron, aunque ninguno entendió por qué.
Desde ese día, José quedó marcado por una soledad que no era tristeza, sino exilio. Hablaba de energías, de oscilaciones, de un universo mental donde las almas elegían sus cuerpos como quien elige un instrumento para una obra efímera. Decía que la materia era una costumbre, no una necesidad.
—Somos proyecciones —insistía—. Lo sólido es un acuerdo, no un hecho.
Lo escuchaban con la misma mezcla de temor y fascinación que se reserva para los espejos que devuelven más de lo que reflejan.
Pasaron los años. José creció, trabajó, envejeció. A simple vista, se volvió un hombre común, uno más entre los millones que aceptan la realidad sin sospechar su arquitectura. Pero quienes lo conocieron de cerca afirmaban que, a veces, en medio de una conversación trivial, sus ojos parecían recordar un lugar que no figuraba en ningún mapa.
Un día, ya adulto, pronunció una frase que nadie supo interpretar:
—Si cargas agua, has de ser polea.
La dijo como quien revela un axioma universal. Algunos la tomaron por metáfora; otros, por locura. Pero quienes lo habían visto niño sintieron un estremecimiento: era la misma voz que había hablado del cielo como si lo hubiera habitado.
José murió sin estridencias. En su velorio, un antiguo compañero —quizá Roberto, quizá otro que lo había olvidado casi todo— comentó que, si el cielo era una vibración, entonces José debía haber regresado a su frecuencia original.
Nadie respondió.
Nadie rió.
Sin embargo, todos sintieron un leve temblor en el aire, como si una cuerda invisible hubiera sido pulsada.
Años después, en una biblioteca provincial, un archivista encontró un cuaderno escolar sin nombre. En la primera página, escrita con letra infantil, había una frase:
“El cielo está dentro.”
En la última página, escrita con la misma letra pero con una caligrafía más firme, aparecía otra:
“Si cargas agua, has de ser polea.”
Entre ambas, no había nada.
Ni una palabra.
Ni un rastro de vida cotidiana.
El archivista, intrigado, llevó el cuaderno a un especialista en manuscritos. Este, tras examinarlo, dijo algo que nadie supo cómo interpretar:
—La tinta de la primera frase tiene once años. La de la segunda… no tiene edad.
El cuaderno fue devuelto al archivo, donde aún permanece. Algunos aseguran que, si se lo abre en silencio absoluto, puede oírse un leve zumbido, como el de una vibración que insiste en recordarnos que el cielo —o lo que sea que nombramos así— no está arriba ni afuera.
Sino en la página que falta.
En la que nunca estuvo.
En la que José quizá sigue escribiendo.
OPINIONES Y COMENTARIOS