
Este fue el primer sueño
Los sueños son una secuencia
aleatoria de escenas,
triviales o trágicas,
aderezadas con detalles grotescos.
Nabokov
¡Ahora estoy más tranquilo!, pero esto ha sido así desde apenas unos cuantos minutos.
Esta enmarañada circunstancia comenzó alrededor de las diez de la mañana. Allí en la facultad de medicina. Habíamos sido convocados por las altas autoridades para ser examinados. Exalumnos egresados desde hacía muchos años. En mi caso, cuarenta años.
—Con carácter de obligatorio, así decía el documento.
Una mañana nebulosa, con un dejo de melancolía. Reconocí a mis viejos profesores. Ahora ya ancianos y enfermos.
—Usted irá al pasillo superior, junto a los siguientes doctores, dijo uno de los profesores. Y empecé a caminar hacia donde me señaló con la mirada. Delante de mí, caminaban con lentitud dos o tres condiscípulos. En algún recoveco, colina arriba, se enredó el asunto.
De pronto me hallé fuera de los límites del campus. En un mercadillo turco. Hombres y mujeres mirándome atentos, murmurando, pero sin ánimo de ofenderme. Ofrecían sus productos, sonreían. Yo desentonaba con mi bata blanca, pero sobre todo con la seriedad en mi rostro. Pregunté si sabían cómo podía regresar a la escuela de medicina. Como si fueran una sola persona, todos señalan hacia abajo.
¡Un cementerio!
Si, un cementerio colorido. Cada tumba cuidadosamente arreglada. Flores hermosas, jarrones de cristal y, allí entre cada tumba, ahora un mercado hippie. Mujeres y hombres maduros, ropaje florido, camisas de blanquísima manta. Sonrisas francas. Dulces que se deshacen en la boca. Aroma a café recién hecho.
Mi pregunta de cómo volver a la facultad de medicina, y ahora dos jóvenes que se ofrecen a acompañarme. Y los sigo. Caminamos entre las tumbas. Subimos por alguna barda, vemos largos estantes con libros.
—Hasta aquí podemos llegar, dijeron los jóvenes, deteniéndose en una reja metálica. Allí una joven mujer me toma por el brazo y la cintura. Cruzamos un torniquete.
Anuncia:
—Es doctor y viene al examen.
—¿A qué hora es su cita?, me pregunta
—A las diez de la mañana-, le respondo.
Ella me mira y me dice que casi son las ocho de la noche. Miro hacia el cielo, el sol en el cenit la contradice.
Descendemos unos pocos metros. Allí veo de nuevo a los doctores, mis condiscípulos. El profesor sonríe conmigo.
—Doctor, acomódese donde usted guste, me dice.
—¿Es usted cirujano, cierto?
Asiento con un discreto movimiento de cabeza.
Me mira de nuevo y me indica:
—Describa usted el ciclo de Krebs
Un zumbido intenso en mis oídos, la obnubilación de mis sentidos, de nuevo los chicos que me ayudaron a volver, las tumbas engalanadas y limpias, la mujer turca y su marido con una insana cantidad de vellos en los antebrazos (al fin turco), los hippies y sus sonrisas cálidas, la joven mujer que me sostuvo de la cintura y de mi brazo. El aroma que se desprendió de sus cabellos.
¡El ciclo de Krebs, doctor!, el ciclo de Krebs, de Krebs, de Krebs…
Mi mujer, -acostada a mi lado-, me da un codazo en las costillas, y despierto.
Este fue el segundo sueño
En mi sueño el universo era
una gota azul en el hueco
de la palma de mi mano.
Nabokov
—He tenido nostalgia de algo, dije. Y clarito vi una mirada de asombro en mi mujer.
Era una tarde más bien bochornosa por esa mezcla tan habitual de lluvia y sol que se cierne entre los meses de mayo y septiembre.
La lluvia mojaba mi espalda, pero los que estaban empapados, eran mis pies y las pantorrillas. Corrimos a guarecernos debajo de la cornisa de un edificio. Al parecer una escuela.
—¿Nostalgia de algo o de alguien?, dijo mi mujer. Y otra vez esa mirada inquisitiva.
—Tengo frío, dije y empecé a frotarme las palmas de las manos.
—Seguramente fue porque nos topamos con ella, dijo mi mujer, sin dejar de hablar del tema de la nostalgia. Y al referirse a ella, susurró el nombre de Faustine.
Todo por un desafortunado desliz. Una auténtica estupidez que ni caso tenía. Un beso furtivo, una cariñosa muestra de afecto que, juro y rejuro, no pasó a ninguna otra cosa.
—No pasó nada, dije. Mientras arreciaba la lluvia. El sonido es cada vez más fuerte, y esa sensación que recorre por la espalda. Un trueno tan cerca de nuestra casa. Me despierto bruscamente y me levanto de la cama. Corro al baño con unas ganas irresistibles de orinar, y orino.
Al regresar del baño me topé de frente con mi mujer despierta.
—¡Faustine!, exclama. ¿Soñabas con ella?, me pregunta.
—No lo recuerdo, pero en todo caso, fue un sueño, agregué.
—¿Si, pero porqué con ella?, y otra vez esa mirada tan molesta en su cara.
—Se ve que te gusta mucho, ¿la deseas?, dijo. Porque de acuerdo con Freud, los sueños son deseos reprimidos. Son imágenes del subconsciente. Y de nuevo ese tono mientras hablaba de ello.
—Ya duérmete, le digo. Y le doy la espalda.
—¡Pinche cerdo!, escuché que dijo, pero más que nada, sentía su mirada de rabia clavada en mi nuca.
Por qué carajos tiene uno que hablar dormido, pensaba entre mí. Y es que Faustine es alguien conocido, una persona muy cercana a nosotros dos.
Nota: cambié el nombre real de la susodicha por el de Faustine, por el tema de los otros amigos.
Este fue el tercer sueño
“El charlatán de Viena”, (Freud)
redujo los sueños
al mundo indecente,
con sus embrioncitos resentidos
espiando,
la vida amorosa de sus padres.
Nabokov
Jardines y agua, muchos jardines y mucha agua. Plantas de ornato y árboles frutales. Fuentes y arroyuelos artificiales. Gente bella. Música suave y canto de pájaros. El sol apacible.
Algún amigo y el saludo festivo. Las amigas arribando sonrientes. Una especie de danza, el movimiento de sus manos.
Camino en silencio, alejándome. Allí está ella sentada. Sola, esperando. El torso desnudo, los pequeños senos al aire. Me mira y ríe de forma discreta. Extiende sus brazos. Me abrazo a su cintura. Dormito en su regazo, ella acercó sus labios, estaban tan cerca de los míos.
—Es ella, alcancé a decir en medio de un suspiro profundo mientras abría los ojos, despertando.
A mi lado, mi mujer duerme tranquila. Son las cinco cuarenta de la mañana. Oigo la respiración pausada de mi mujer.
—Es ella, pienso, y vuelvo a hacer el intento de dormir y sobre todo a volver a engancharme al sueño, justo donde lo dejé.
—Era ella, pienso una y otra vez el resto del día. Era ella y me desperté así porque sí. Era ella, y ni siquiera en el sueño pude tenerla. Era ella, he estado repitiendo todo el día, pensando en lo que pudo haber pasado, y no pasó.
En mi pecho anida desde entonces, una especie de malestar por haber despertado.
Este fue el cuarto sueño
«La vida es un gran amanecer.
No veo por qué la muerte
no debería ser uno aún mayor”.
Nabokov
Estoy de nuevo en el anfiteatro de la facultad. Pero las paredes tienen la textura de la piel humana y el techo es una cúpula de cristal que deja ver un sol detenido; un mediodía perpetuo que me quema la nuca.
—Llega usted tarde, doctor —dice el profesor. Su rostro es una amalgama de todos los hombres turcos del mercado. Tiene los antebrazos cubiertos de un vello negro y grueso que se agita como si buscara algo en el aire.
En la mesa de disección, el cuerpo está cubierto por una sábana de manta blanquísima. Me acerco. El olor es inconfundible: café recién hecho y el aroma del cabello de Faustine.
—Proceda —ordena mi mujer desde las gradas. Está sentada junto a mis viejos profesores, vestida con ropajes floridos. Me mira con esa rabia silenciosa, sosteniendo un cuaderno donde anota mis dudas.
Retiro la sábana. El torso del cadáver es de cristal transparente. Dentro, en lugar de vísceras, veo el jardín del tercer sueño. Arroyuelos artificiales que fluyen rítmicamente. En las paredes internas del tórax, grabado a fuego sobre el vidrio, está el Ciclo de Krebs. Las letras brillan con un azul eléctrico, pulsando como un corazón.
—Identifique el punto exacto de la nostalgia —me ordena el profesor, acercándome una lupa.
Me inclino sobre el cuerpo. El rostro del cadáver cambia con el ritmo de mi respiración. Es Faustine, luego es mi mujer, luego es una máscara de yeso sin ojos. Intento tocar el cristal, pero mis manos no responden. Mis dedos se han vuelto líquidos, gotas azules que caen sobre el pecho del cadáver y resbalan hacia el suelo, perdiéndose.
—¡El ciclo, doctor! ¡El ciclo no se detiene! —gritan todos a coro.
El zumbido regresa. Un zumbido de miles de abejas atrapadas en mis oídos. El jardín dentro del cuerpo empieza a inundarse. El agua sube por el cristal.
—No pasó nada —grito en el sueño—, ¡juro que no pasó nada!
De pronto, el cristal se rompe. El agua del jardín inunda el anfiteatro. Es una marea tibia que huele a flores de cementerio. Me llega a las rodillas, a la cintura, al cuello. Justo antes de ahogarme, el profesor me toma de la muñeca.
—¿Es usted cirujano, cierto? —me pregunta con una sonrisa de dientes de oro—. Entonces sabe que no se puede cerrar una herida que todavía sueña.
Despierto.
Es de mañana. La luz entra por la ventana con una violencia blanca. Mi mujer ya no está en la cama, pero el hueco de su almohada todavía guarda el calor de su cuerpo. Al levantarme, noto algo extraño.
En el hueco de la palma de mi mano izquierda, hay una pequeña mancha azul, del tamaño de una gota. Al cerrarla, siento el universo entero latiendo en mi puño.
@ 2025 By Oscar Mtz Molina
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