Es curioso como funciona el tiempo.

EEs curioso cómo funciona el tiempo. De jóvenes, los días parecen chicles que se estiran infinitamente; de viejos, los años se vuelven arena fina que se escapa entre los dedos, sin importar cuánto cerremos el puño.

El Estreno de los Anteojos

Don Julián siempre pensó que la vejez llegaba como un tren: con ruido, humo y una estación final claramente marcada. Pero no fue así. Para él, la vejez llegó como una marea baja, retirándose de a poco hasta revelar caracoles que antes no veía.

Todo empezó con los ruidos. No los de afuera, sino los de adentro. Un día, al levantarse del sillón, sus rodillas emitieron un crujido seco, como el de una rama vieja quebrándose bajo el peso de la nieve.

—Ya estoy en la edad del «¡ay!» —se dijo a sí mismo, riendo bajito.

El Paisaje en el Espejo

Lo más extraño no eran las arrugas, que al final no son más que el mapa de los caminos recorridos, sino el cambio de prioridades. Julián descubrió que ya no le interesaba tener la razón en las discusiones del café. Prefería el silencio de su jardín o el sabor exacto de un durazno maduro.

Dejó de mirar el reloj para saber qué hora era y empezó a mirarlo para recordar cuánto tiempo le quedaba para la siesta. Descubrió que la memoria es un mueble mañoso: olvidaba dónde había dejado las llaves hacía cinco minutos, pero recordaba con una claridad insultante el perfume de la primera novia que tuvo a los diecisiete.

La Cosecha

Una tarde, sentado en el porche, su nieto le preguntó si le daba miedo «ser abuelo de los años». Julián lo miró, le revolvió el pelo y le contestó:

«Mira, hijo. Llegar a viejo no es irse apagando, es ir soltando lastre. Uno deja de cargar con orgullos tontos y ansiedades ajenas. Al final, lo que queda es lo que realmente importa: el sol en la cara y haber querido bien.»

Julián se dio cuenta de que no estaba llegando al final de nada, sino que finalmente se estaba instalando en el presente. Por fin, después de tanto correr, tenía todo el tiempo del mundo para no hacer absolutamente nada.

Llegar a viejo es, en el fondo, el arte de volverse sabio a la fuerza, pero con la elegancia de quien ya lo ha visto casi todo.

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